El Destino

octubre 24, 2011

Título:  El retrato de Dorian Gray.

Autor:  Oscar Wilde.

Editorial:  Círculo de Lectores.

 

Mucho se ha escrito sobre el porvenir.  Algunos lo pronostican, otros lo rehuyen, todos lo esperan.

Esta obra de Wilde con lenguaje e historia romántico-gótica, nos muestra el temible sino de un degenerado personaje.  Con tintes, y pinturas, sobrenaturales, muestra los estragos de la disipación e inmoralidad del protagonista de un retrato fantástico.

Probablemente Wilde no quiso sólo hablar del alma y su reflejo en el rostro.  Bueno es recordar aquí aquella sentencia:  “El hombre al nacer tiene la cara que le da Dios, en la madurez la cara que le da la vida, y en la ancianidad, la cara que se merece”.  Más allá de la historia fantástica está la intención última del personaje de enmendar su vida y su incapacidad de conseguirlo, con el resultado fatal que sobreviene.

Buena historia para reflexionar sobre nuestro porvenir, nuestro pasado y nuestro presente, y no dejar para mañana, cuando ya quizá sea demasiado tarde, lo que debamos enmendar sin tardanza.  Después de todo, puede que nuestro destino tenga aún remedio.


El principio

septiembre 17, 2011

Título:  Stephen Hawding, Una vida para la ciencia

Autor:  Michale White, John Gribbin

Editorial:  RBA

 

LLevaba Hawkings años durmiendo en los estantes.  Le llegó su hora.

Quizá Hawkings haya hecho que nos llegue la hora, el tiempo, a toda la humanidad.  Porque si antes de él se entendió la Gravedad, la relatividad y los fenómenos cuánticos, una comprensión teórica formal acompañada de incomprensión profunda, como Feyman confesaba, Hawkings hizo por fin entenderse a los antagonistas;  Hawkings hizo que teorías irreconciliables, como la Palestina e Israel actual, por primera vez se dieran su primer abrazo en el abismo de los agujeros negros.  Física cuántica y relatividad general de la mano en el horizonte de la sigularidad.

Hawkings, mente privilegiada que vuela libre de sus ataduras físicas, llegó al origen de los tiempo para mostrar que tal vez, ni el tiempo ni el universo tengan un origen.  Inventando nuevas exotéricas teorías, ayudó a dotar al vacío de capacidad creadora.  Un vacío que deja de serlo al definirlo, dotarlo de propiedades matemáticas que están dispuestas a ayudarles a salir de su vacío existencial.  El vacío es inalcanzable, inimaginable, intangible, y cualquier vacío en que pensemos automáticamente se llena de existencia.  La nada inalcanzable se escabuyó de la mente de Hawkings, como antes lo hizo con cualquier inocente pescador de vacíos.

Hawkings viajó del agnosticismo al ateismo, en un trayecto que le hizo perder su estabilidad familiar.  Llegó, igual que mucho pensadores y teólogos previos, al concepto de infinito temporal y espacial y vacío con capacidad creadora.  Los antiguos utilizaron muchos nombres para el Verbo.  Dijo Juan, en el principio era el verbo; y Hawking le llamó vacío energético.

Hawkings, que tuvo el coraje de hablar en el vaticano de su visión, y al que Juan Pablo II rindió honores, es hoy un ferviente ateo, que cree en el universo eterno, infinito.  Hawkings es un hombre que cree firmemente en sus teorías, y en el que muchos confiamos.  Hawkings es el apostol nuevo de la ciencia, que permitirá a otros muchos creer cómo funcionan las cosas, sin entenderlas.  Como Feyman antes creyó en la física cuántica y evangelizó al mundo, Hawkings nos ha desvelado el misterio, y el pueblo le cree.

Hacen falta muchos apóstoles de la ciencia, que permitan al resto de mortales entender cómo funciona el mundo.  Hacen falta también apóstoles verdaderos que hagan vislumbrar la humanidad de Dios -con múltiples nombres y formas- que responde al porqué de la existencia, y encontrar hayá al fondo, quizá destrás de los agujeros negos de Hawkings, en la singularidad desnuda, tras el tiempo y el espacio, la física y las matemáticas, el soporte universal de todo lo creado.

 


La Mente de Dios

abril 17, 2009

Título: God’s Mechanics

Autor: Brother Guy Consolomagno

Editorial:  Jossey-bass

Recién terminada la Semana Santa, publican en muchos periódicos del mundo el magnífico hallazgo de un grupo de científicos.  Se trata del lugar dónde Dios reside, muy lejos de las alturas infinitas del cielo que nos cubre sin desplomarse, y mucho más cerca de los límites del universo conocido, fuera de cualquier círculo Dantesco, más allá del Cielo, purgatorio e infierno, y tan cerca que casi podemos tocarlo: en un grupo de neuronas del cerebro humano. Parece que la ciencia ha conseguido así en semana tan emblemática despojar a Dios de su pedestal divino, humanizarlo y confinarlo a una porción reducida de nuestra mente.

El Gen de Dios

El Gen de Dios

Nada más lejos de la realidad.  Ya reconocía en algunas de sus conferencias Carl Sagan, famoso divulgador, científico y pensador, que la consciencia propia experimentada por el ser humano, quedaba fuera de toda demostración científica y ante la pregunta sobre la facilidad/dificultad de la demostración de la existencia de Dios y la comparable y hercúlea tarea de demostrar la existencia propia, no encontraba otro camino que asentir como Descartes que la consciencia propia, solo puede ser reflexivamente demostrada por el ente que la experimenta:  pienso luego existo (ojo a lo que los amigos de Google acaban de presentar:  según ellos el primer ente consciente en internet, Cadie.  Habrá que seguirlo de cerca).

En el caso que nos ocupa, los científicos no han buscado demostrar la existencia propia, o del mundo que les rodea o de alguna de sus leyes físicas.  Más allá de eso han intentado mostrar un origen psicológico a la existencia de Dios.  Pero un buen pensador como Sagan, o Gould, o Santo Tomás, o San Agustín bien podría decirles que su propósito ha sido vano.  O tal vez no.

Porque en el fondo, cualquier persona creyente encontrará miles de razones para entender que Dios se manifieste de múltiples maneras, y que su experiencia personal haya sido revelada ahora a los científicos a través de la mente humana, y los genes que la generan.  Hoy día tenemos genes para cualquier cosa que se nos ocurra, no solo para el color de los ojos, o del pelo, tez, altura y anchura:  hay genes para la alegría, el amor, la depresión y tristeza, el liderazgo, la timidez, y para las más terribles enfermedades conocidas.  Y en el fondo, la cuestión es simple:  buenos genes dotaron a Mozart de unas capacidades excepcionales para la Música.  Y otros muy diferentes permitieron a El Greco, Rembrandt, Goya, da Vinci, Miguel Ángel y otros tantos a crear obras sublimes.   ¿Podrá el descubrimiento y selección exacta de esos genes hacer desaparecer el arte?  ¿Permitirá  el conocimiento exacto de los genes que desarrollan el órgano auditivo indicar dónde reside la música y su naturaleza exacta? ¿Mostrará este gen quizá la naturaleza psicológica del Dios en que creemos?

Gods Mechanics

God's Mechanics

Temática tan interesante nos conduce al libro de Consolomagno, que se inscribe en este ámbito preciso del diálogo entre fe y razón.  En palabras del autor, pretende el libro responder algunas preguntas planteadas por viejos amigos y camaradas antaño escépticos en su etapa de estudiantes inconformistas del MIT.  Así, pretende Consolomagno explicar de manera muy sencilla algunas buenas razones personales que llevan al autor, astrónomo y científico de profesión, además de Jesuita de formación y militancia, a creer en un Dios vivo y personal, sin perder de vista su modo de pensar como científico-técnico (la visión del típico “techie” en jerga americana, que compatibiliza su trabajo con su fe).  Presenta esta obra de forma didáctica argumentos utilizados por otros autores, similares a la idea del Universo como simulación, y la posible existencia de un “programador” de este macro simulador.  Utiliza referencias al mundo científico-técnico, de modo que los profesionales de este ámbito se sientan cómodos en terreno tan delicado.  Aborda el concepto de la nada, el todo, la buena ciencia, la mala filosofía…y la existencia de Dios.  Notable libro para mentes inquietas.

Hablando de mentes y volviendo a la noticia de portada, es curioso descubrir cómo la mente de Dios dejó su huella en el genoma humano que a su vez dió lugar a mentes pensantes que descubrieran el gen milagroso.  Pero si usted no cree nada de esto, no se preocupe.  Quizá no tenga el gen en cuestión, o simplemente perdió esa fe que el gen le otorgó en sus primeros años de vida, como un premio de lotería.  Otros muchos hubo que perdiendo otras capacidades básicas, y aún así fueron capaces de continuar y superar su limitación, confiando en sus experiencias y habilidades previas (recuérdese el Beethoven sordo que siguió componiendo genialmente, sabiendo que su música era real, aunque fuera ya incapaz de percibirla).

Ahora que la Semana Santa acaba, y entre manifestaciones culturales y religiosas, olor a incienso y sonido de cornetas, despedimos esta época tan significativa en nuestro calendario, bien vale la pena echar un ojo a la Mecánica de Dios, y quizá, volver al origen en otro libro interesante:  El Evangelio, con unas ideas y modos de vida, que comparadas con el modo habitual en que el homo sapiens se conduce, tienen un aroma suprahumano.


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