Christmas Carol

noviembre 29, 2008

Para mi la Navidad siempre ha sido algo especial, una época del año diferente, que hay que vivir con otro espíritu -porque lamentablemente el resto de meses no prestamos mucha atención a lo importante, sino a lo urgente.  Y año tras año, cuando unos y otros intentan desnaturalizarlas en aras del progreso yo me planteo lo contrario: estirarlas, ampliarlas, anticiparlas, extenderlas, comenzar a vivirlas lo antes posible, para que lo fundamental del espíritu navideño comience a contagiarse cuanto antes.  Por eso hoy día 28 de Noviembre, recién pasada el día de acción de gracias americano, me toca a mí hablar de libros Navideños.

Y no es que no me gusten las fiestas americanas.  Me encantan Halloween, y el 4 de Julio … si estoy en Estados Unidos, claro, igual que me gusta la tortilla de patatas y gazpacho en mi pueblo, y hamburguesas con papas fritas allí, en las américas.  Cada fiesta en su lugar, y el turismo gastronómico un deber, todo sea dicho.  Menuda gracia tendría viajar al fin del mundo y que nos plantaran  unos huevos fritos con chorizo, y te cantaran “de la uva sale el vino y de la aceituna el aciete” para recibirte.  Por eso me ponen negro las modernas fiestas de Halloween en mi tierra.  Y la acción de gracias con su pavo, si es allá lejos, bienvenida.  De hecho la disfruté en Boston el año pasado.

Edificio diseñado por F. Gehry

Edificio diseñado por F. Gehry

Ese viaje a Bostón nos permitió visitar los edificios de cuento de hadas que Gehry ha construido en el MIT.  Sí, el mismo Gehry que el del Guggenheim en Bilbao.  Pero he de recocerlo, pasamos un frío de mil demonios mi amigo Gustavo y yo, con la ventisca barriendo la costa Este Americana, sin cadena ni formación montañosa que paren estas ventoleras nacidas en el norte y que puedan protejer las ciudades que encuentran a su paso. Estos frios que arrecian y los Noviembres que marchitan siempre me han recordado que las Navidades se desperezan.

Buenos libros navideños deben ser ingredientes imprescindibles en el opulento menú especial que las familias disponen con esmero en estas fechas.  La Navidad ha inspirados hermosas páginas literarias desde hace 2000 años, y ha conformado una manera de vivir el cambio de año en occidente.   Y esta particular forma de entender nuestro presente, que fomenta un clima especial de solidaridad y fraternidad hacia nuestro prójimo en fechas tan señaladas, viene siendo abonada con dedicación y esmero por escritores conscientes de la importancia de valores humanos fundamentales, que más allá de las modas y el progreso, siguen siendo válidos 20 siglos después de su publicación en uno de los libros más editados, vendidos y leídos.  Pero no hablaremos hoy de libros antiguos, nos acercaremos un poco más a nuestra época, aunque no tanto que nos impida saborear otro siglo.

La historia de hoy comienza con otro viaje, aunque este año no a Boston.  Suelo aprovecho mis viajes, para visitar mundos pasados a través de la máquina del tiempo.  Sí, la máquina del tiempo existe, y no son necesarias nuevas teorías físicas para encontrar la idea genial que permita su ensamblaje:  basta acercarse a una buena librería y elegir la ventana temporal hacia un mundo pasado, presente o futuro, real o imaginado:  un buen libro que nos permita convertirnos en aventurero singular, marinero que surca los mares del ayer o del mañana, acompañados y conducidos por el autor en un rumbo mágico y desconocido.

En mi último viaje a Toronto, allá por finales de Octubre, participé con unos colegas y amigos en el congreso PACT 2008, dónde mezclamos una buena dosis de trabajo, organizando el Workshop sobre Arquitecturas Paralelas y Algoritmos Bioinspirados, con la diversión propia de un lugar como Toronto, con su fantástica torre y la visita de rigor a la madre de todas fuentes, las Catarátas del Niágara.  Cuando uno está allí delante, viendo caer ese mar de agua, no comprende que exista grifo tan descomunal que soporte el caudal que allí se derrama.  Este viaje a Toronto me permitió presenciar esta transición mágica hacia la Navidad.  En esta época del año, el color bermejo de los bosques de arce y roble canadienses nos transmiten una sensación de cercanía del fin de año, como los reflejos rojizos del ocaso nos anuncian el fin del día.  Los bosques otoñales de Canada pregonaban la llegada de la Navidad.

Depertaban en aquellos días de finales de Octubre las primeras luces Navideñas en los grandes almacenes. Aunque todavía irreales y muy mezcladas con el ruido del dinero desbocado arrollando las cajas registradoras -la otra cara triste de la Navidad- el ambiente permitía vislumbrar y percibir el aroma de la Navidad, el auténtico.

Y hete aquí, que en este vagar por las calles de la urbe se nos cruza una librería con sabor antiguo, con suelos y paredes recubiertas de madera, lámparas fabulosas y peldaños de caoba -o quién sabe si de roble o arce-  para acceder a libros remotos, libros llenos de poesía y magia, de palabras esculpidas por artistas.  Pero no solo de palabras viven los libros, otros artistas que no son narradores, prosistas o poetas imprimen una imagen especial a las buenas ediciones.

Este ambiente fue el que me empujó a seleccionar “A Christmas Carlol”, versión original del bien conocido Canción de Navidad o Cuento de Navidad, de Dickens.   Pero esta vez no sólo fueron la novela y el ambiente de la tienda los que me subyugaron, sino también la fantástica edición de Blue Heron, y más aún, las geniales ilustraciones de Robert Ingpen las que doblegaron mi voluntad.

Robert Ingpen es una suerte de artista ilustrador.  Y digo suerte, porque a pesar de sus más de 70 años, es un privilegio que siga ilustrando obras como ésta.  Creo yo que Ingpen a pesar de su edad debe tener alma de niño.  Porque para captar la esencia del cuento de Dikens hay que ser como un niño.  Ingpen lo ha logrado, pero no solo con esta obra.  Si por algo recomendaría a Ingpen es por la serie de novelas que ha ilustrado;  es decir, recomendaría las novelas, pero además en sus ediciones ilustradas por Ingpen.

Ilustración de R. Ingpen para El Libro de la Selva

Ilustración de R. Ingpen para El Libro de la Selva

Por casualidad cayó en mis manos una edición de la Isla del Tesoro, ilustrado por él.  Luego vino El Libro de la Selva, y recientemente conseguí el viento en los Sauces y la que aquí comentamos.  Es un placer inmenso tener un buen libro en las manos, disfrutar de un buen papel, de calidad, con gramaje, satinado, que contenga un clásico, y además si está ilustrado por un artista, mejor.  Así llegó a la fama el El Maravilloso Mago de Oz, de Baum, cuyo texto está indisolublemente unido a sus ilustraciones de Denlow en su primera edición.  Pues Ingpen es un mago, su magia nos permite sumergirnos más aún en los cuentos que ilustra.  Y esa magia ha sido reconocida en su trayectoria:  Ha recibido el Premio Hans Christian Andersen de ilustración.  Basta asomarse a sus láminas para captar su alma de niño.  Y bien vale la pena una buena edición de un libro para disfrutar de la lectura.  Los lectores electrónicos de libros serán muy útiles, pero nada placenteros.  Cada cosa en su lugar, los lectores para trabajar, y los libros, los buenos libros para disfrutar.  ¿Quién dijo que el libro moriría?

Ilustración de R. Ingpen

Ilustración de R. Ingpen

Bueno, pues volviendo a nuestro cuento, Dickens escribió el cuento de Navidad en una época difícil, pleno siglo XIX, siglo en que la industria pasaba una factura terrible a la población humilde.  El señor scrooge protagonista de la historia, es el tipo al que no le importa nadie.  Señores Scrooge bien podrían encontrarse sin dificultad en aquel tiempo.  Hoy también hay muchos Scrooge sueltos.  Para el señor Scrooge la Navidad eran días como cualquiera otros del año.  Días de invierno.  Quizá si hubiera dado vacaciones a su sobrino en ese período, impensable en aquella época, las hubiera llamado simplemente vacaciones de invierno. Me pregunto qué corazón tendrán los que hoy día llaman a las vacaciones de Navidad vacaciones de Invierno…


Galdós y Jarifa.

noviembre 22, 2008

Nunca me ha gustado seguir modas, tendencias, anuncios, campañas, … Por eso  había decidido no escribir mi blog, en la era de los blogs, de la blogosfera y de los blogonautas.  No es que tenga blogofobia, aunque confieso que no soy asiduo lector de blogs.  Lo cierto es que me daba una pereza terrible tener que empezar el día con una nueva carga, la de volcar varias líneas en un blog, añadida al ya de suyo bien ajetreado quehacer diario que comienza con el café de madrugada, y las tristes noticias del telediario;  bastante tenemos con los telediarios, una suerte de masoquismo moderno que nos hiere hasta el tuétanos con todos los detalles de la horrible realidad, y al que como adictos le rendimos pleitesía diaria, haciéndole rey del hogar, tributándole un impuesto terrible:  el silencio de nuestras familias a la hora de compartir los más sagrados momentos, la reunión en torno al mantel.

Además, esta suerte de blog que ponga en órbita planetaria será leído posiblemente por nadie:  tal es la hazaña de internet, nos inunda y desborda de cifras y letras que incapaces de procesar dejamos fluir ante nuestros ojos, mientras ayudamos como miembros de la manada a que el caudal crezca con nuestras nimiedades infumables.

Pero he aquí que llega la mudanza de las ideas, el cambio de parecer, los nuevos propósitos.  Y no precisamente por la llegada de la crisis postvacacional, ni siquiera por el año nuevo, no.  Tampoco porque el último proyecto I+D incluya como recurso un fantástico blog y sea necesario registrarse para estar al día.  Ni lo uno ni lo otro.  Estamos hoy en Noviembre, un bonito día 22 de Noviembre Extremeño, de esos en los que si te expones al sol en la recachera, probablemente acabes acatarrado, cuando tras un agradable rato sobrecalentado cual lagarto absorviendo los efluvios del astro, cambies a una sombra traicionera y fría.

Ya digo que tampoco me sedujo la tiranía del proyecto que me impuso una cuenta blog.  Ahí quedó arrinconada, solitaria y aburrida hasta hoy, desde hace ya varios meses.

No, nada de esto me impulsó a escribir.  Pero he aquí que como parte de mi jornda sucedió algo que puso punto final a más de dos años de tarea:  Acabé mi lectura gozosa de los Episodios Nacionales de Benito Perez Galdós.  Sí, dos años, producto de la entrega periódica de las 4 series de Episodios, 12 volúmenes, y un sinfin de historias de nuestro siglo XIX, el siglo XIX Español.  Buena forma de conocer nuestro pasado, un paseo tranquilo por esta obra del genial Galdós.

Es curioso que mi interés en los Episodios tenga su inicio en mi niñez, en la que alguien no muy versado en literatura infantil y juvenil -o quizá sí- decidió regalarme la primera novela de la primera serie:  Trafalgar.  Y resulta que la leí, y ahí quedo un poso, una levadura, que con el tiempo emergió, maduró, fermentó y produjo el fruto.  Siempre odié la historia que me enseñaron.  Creo yo que los escritores de libros educativos de historia viven una galaxia muy muy lejana de la galaxia literaria que habitaba Galdós.  Pués, sí esta esta la razón por la que me decidí a abrir este blog cuyo título será “La Biblioteca de Alejandría”, porque hablaremos de libros, aunque no solo de libros.

La Biblioteca de Alejandría debió ser una fuente de conocimiento inmensa en la antiguedad, tan vasta que más que fuente sería catarata, por su caudal de conocimiento.  En una era pretecnológica sería lo más parecido al Internet de hoy en aquella época.

Pues resulta que en esta fantástica biblioteca moderna, en la que hay que dedicar muchas horas para tamizar y filtrar el grano, también está disponible Galdós, y cualquiera podría deleitarse buscando algunas líneas de los Episodios.  De uno de estos episodios tomamos prestado el nombre de una herramienta tecnológica a la que voy a referirme en esta primer capítulo de la Biblioteca.

En la cuarta serie, trata Galdós la guerra en África y la participación de O’donell.  Y como fiel narrador de la época, no solo describe con pincelada magistral la vida del Español de entonces, ya fuera liberal, apostólico, Isabelino, Carlista, de los Prim, Narváez, O’Donell …, sino que también retrata en parte la vida del moro en África.  Y aquí llegamos al miajón del asunto.

Teníamos lista después del verano de 2008 una bonita herramienta que desarrolló Daniel Lombraña, con una idea que gestamos hacía ya tiempo, para poder preñar de proyectos el Cliente BOINC.  Pero vamos por partes, que no solo de libros vive el hombre, también de tecnología.

Hace más de una década, un muy interesante proyecto de la Universidade de Berkeley se quedó sin financiación por parte del gobierno americano.  Esto suponía que no tenían acceso a grandes computadores para procesar la ingente cantidad de datos que obtenían del radiotelescopio de Arecibo.  El proyecto pretendía buscar vida inteligente en el Universo, más allá de la tierra.  La idea del proyecto había surgido hacía tiempo, a propuesta de científicos como Sagan y Drake.

Ni cortos ni perezosos, los científicos del proyecto, denominado SETI (Search for Extra Terrestrial Intelligence) decidieron pedira ayuda al mundo.  Para ello pidieron voluntarios y desarrollaron una herramienta sencilla con la que los usuarios desde casa podían colaborar a través de Internet con SETI, analizando datos que les eran enviados desde Berkeley.  Así nació SETI@home.  Lo bueno es que todos esos recursos aprovechados serían de otro modo desperdiciados, porque SETI@home solamente utiliza lo que sobra al usuario, nunca le quita recursos cuando este lo necesita.  Es una suerte de proceso de reciclaje de ciclos de reloj tirados a la basura:  Papel, plástico, vidrio, orgánico y …BOINC… un segundo de paciencia y lo entendemos.

A finales de los 90, SETI engendró BOINC.  BOINC es una tecnología, vamos a decirlo así, que permite por un lado a científicos preparar proyectos en el estilo SETI@HOME, y a los usuarios colaborar cómodamente con cualquiera de esos proyectos.  La cosa fue tan bien que hoy día hay varios millones de usuarios en el mundo ayudando a la ciencia vía BOINC.

Y érase una vez que en la Universidad de Extremadura nos planteamos la pregunta:  ¿podríamos utilizar los ordenadores de sobremesa de los laboratorios de estudiantes para ayudar a los proyectos?  Sí, claro.  Sólo que la cosa era un poco incómoda.  Cada PC con BOINC requiere que el usuario le diga a qué proyecto unirse, con qué proyecto colaborar.

No podíamos ni queríamos que los estudiantes hicieran esto en cada PC (no queríamos darle más tarea de la que ya tienen con sus estudios :-).  Más bien queríamos que la propia institución seleccionar sus proyectos de interés.  Y así llegamos a la idea de desarrollar una herramienta centralizada que controlara y asignara la tarea a cada cliente BOINC.  Es una especie de manijero, que dicen en mi tierra al capataz que asigna trabajo y vigila a los jornaleros.  Pero también podríamos asimilarla a la Jarifa, que según Galdós, y así nos vamos de nuevo a nuestra fuente de inspiración, los libros, siempre los libros, era la anciana encargada de las mujeres de harén.  La Jarifa, descrita en los episodios nacionales, se rige así como figura tecnológica preponderante, y encargada de tomar decisiones institucionales sobre los clientes BOINC.  Y nace así nuestra Jarifa que viene en la ayuda de las instituciones interesadas en Reciclar recursos de cálculo tirados a la basura.

Bueno, pues creo que lo anterior ya es suficiente para comenzar un BLOG, con buenos libros, muchos buenos libros, en realidad 4 series que encarnan los Episodios Nacionales, y una herramienta, que creo que también será buena y mejorará con el tiempo, gracias a su filosofía libre, y que creemos que puede ayudar a muchos a gestionar recursos de computación que se desperdician en las instituciones.  En la época del reciclaje y del medio ambiente la Universidad de Berkeley nos está ayudando a difundir Jarifa, basta leer las noticias BOINC de los día 15 de Septiembre y 20 de Noviembre.

Jarifa tiene mucho recorrido, y cualquiera nos podrá ayudar a mejorarla.  Y los Episodios Nacionales de Galdós han merecido su pausada lectura.  ¿Llegará Galdós a otros lectores vía Jarifa?