Christmas Carol

Para mi la Navidad siempre ha sido algo especial, una época del año diferente, que hay que vivir con otro espíritu -porque lamentablemente el resto de meses no prestamos mucha atención a lo importante, sino a lo urgente.  Y año tras año, cuando unos y otros intentan desnaturalizarlas en aras del progreso yo me planteo lo contrario: estirarlas, ampliarlas, anticiparlas, extenderlas, comenzar a vivirlas lo antes posible, para que lo fundamental del espíritu navideño comience a contagiarse cuanto antes.  Por eso hoy día 28 de Noviembre, recién pasada el día de acción de gracias americano, me toca a mí hablar de libros Navideños.

Y no es que no me gusten las fiestas americanas.  Me encantan Halloween, y el 4 de Julio … si estoy en Estados Unidos, claro, igual que me gusta la tortilla de patatas y gazpacho en mi pueblo, y hamburguesas con papas fritas allí, en las américas.  Cada fiesta en su lugar, y el turismo gastronómico un deber, todo sea dicho.  Menuda gracia tendría viajar al fin del mundo y que nos plantaran  unos huevos fritos con chorizo, y te cantaran “de la uva sale el vino y de la aceituna el aciete” para recibirte.  Por eso me ponen negro las modernas fiestas de Halloween en mi tierra.  Y la acción de gracias con su pavo, si es allá lejos, bienvenida.  De hecho la disfruté en Boston el año pasado.

Edificio diseñado por F. Gehry

Edificio diseñado por F. Gehry

Ese viaje a Bostón nos permitió visitar los edificios de cuento de hadas que Gehry ha construido en el MIT.  Sí, el mismo Gehry que el del Guggenheim en Bilbao.  Pero he de recocerlo, pasamos un frío de mil demonios mi amigo Gustavo y yo, con la ventisca barriendo la costa Este Americana, sin cadena ni formación montañosa que paren estas ventoleras nacidas en el norte y que puedan protejer las ciudades que encuentran a su paso. Estos frios que arrecian y los Noviembres que marchitan siempre me han recordado que las Navidades se desperezan.

Buenos libros navideños deben ser ingredientes imprescindibles en el opulento menú especial que las familias disponen con esmero en estas fechas.  La Navidad ha inspirados hermosas páginas literarias desde hace 2000 años, y ha conformado una manera de vivir el cambio de año en occidente.   Y esta particular forma de entender nuestro presente, que fomenta un clima especial de solidaridad y fraternidad hacia nuestro prójimo en fechas tan señaladas, viene siendo abonada con dedicación y esmero por escritores conscientes de la importancia de valores humanos fundamentales, que más allá de las modas y el progreso, siguen siendo válidos 20 siglos después de su publicación en uno de los libros más editados, vendidos y leídos.  Pero no hablaremos hoy de libros antiguos, nos acercaremos un poco más a nuestra época, aunque no tanto que nos impida saborear otro siglo.

La historia de hoy comienza con otro viaje, aunque este año no a Boston.  Suelo aprovecho mis viajes, para visitar mundos pasados a través de la máquina del tiempo.  Sí, la máquina del tiempo existe, y no son necesarias nuevas teorías físicas para encontrar la idea genial que permita su ensamblaje:  basta acercarse a una buena librería y elegir la ventana temporal hacia un mundo pasado, presente o futuro, real o imaginado:  un buen libro que nos permita convertirnos en aventurero singular, marinero que surca los mares del ayer o del mañana, acompañados y conducidos por el autor en un rumbo mágico y desconocido.

En mi último viaje a Toronto, allá por finales de Octubre, participé con unos colegas y amigos en el congreso PACT 2008, dónde mezclamos una buena dosis de trabajo, organizando el Workshop sobre Arquitecturas Paralelas y Algoritmos Bioinspirados, con la diversión propia de un lugar como Toronto, con su fantástica torre y la visita de rigor a la madre de todas fuentes, las Catarátas del Niágara.  Cuando uno está allí delante, viendo caer ese mar de agua, no comprende que exista grifo tan descomunal que soporte el caudal que allí se derrama.  Este viaje a Toronto me permitió presenciar esta transición mágica hacia la Navidad.  En esta época del año, el color bermejo de los bosques de arce y roble canadienses nos transmiten una sensación de cercanía del fin de año, como los reflejos rojizos del ocaso nos anuncian el fin del día.  Los bosques otoñales de Canada pregonaban la llegada de la Navidad.

Depertaban en aquellos días de finales de Octubre las primeras luces Navideñas en los grandes almacenes. Aunque todavía irreales y muy mezcladas con el ruido del dinero desbocado arrollando las cajas registradoras -la otra cara triste de la Navidad- el ambiente permitía vislumbrar y percibir el aroma de la Navidad, el auténtico.

Y hete aquí, que en este vagar por las calles de la urbe se nos cruza una librería con sabor antiguo, con suelos y paredes recubiertas de madera, lámparas fabulosas y peldaños de caoba -o quién sabe si de roble o arce-  para acceder a libros remotos, libros llenos de poesía y magia, de palabras esculpidas por artistas.  Pero no solo de palabras viven los libros, otros artistas que no son narradores, prosistas o poetas imprimen una imagen especial a las buenas ediciones.

Este ambiente fue el que me empujó a seleccionar “A Christmas Carlol”, versión original del bien conocido Canción de Navidad o Cuento de Navidad, de Dickens.   Pero esta vez no sólo fueron la novela y el ambiente de la tienda los que me subyugaron, sino también la fantástica edición de Blue Heron, y más aún, las geniales ilustraciones de Robert Ingpen las que doblegaron mi voluntad.

Robert Ingpen es una suerte de artista ilustrador.  Y digo suerte, porque a pesar de sus más de 70 años, es un privilegio que siga ilustrando obras como ésta.  Creo yo que Ingpen a pesar de su edad debe tener alma de niño.  Porque para captar la esencia del cuento de Dikens hay que ser como un niño.  Ingpen lo ha logrado, pero no solo con esta obra.  Si por algo recomendaría a Ingpen es por la serie de novelas que ha ilustrado;  es decir, recomendaría las novelas, pero además en sus ediciones ilustradas por Ingpen.

Ilustración de R. Ingpen para El Libro de la Selva

Ilustración de R. Ingpen para El Libro de la Selva

Por casualidad cayó en mis manos una edición de la Isla del Tesoro, ilustrado por él.  Luego vino El Libro de la Selva, y recientemente conseguí el viento en los Sauces y la que aquí comentamos.  Es un placer inmenso tener un buen libro en las manos, disfrutar de un buen papel, de calidad, con gramaje, satinado, que contenga un clásico, y además si está ilustrado por un artista, mejor.  Así llegó a la fama el El Maravilloso Mago de Oz, de Baum, cuyo texto está indisolublemente unido a sus ilustraciones de Denlow en su primera edición.  Pues Ingpen es un mago, su magia nos permite sumergirnos más aún en los cuentos que ilustra.  Y esa magia ha sido reconocida en su trayectoria:  Ha recibido el Premio Hans Christian Andersen de ilustración.  Basta asomarse a sus láminas para captar su alma de niño.  Y bien vale la pena una buena edición de un libro para disfrutar de la lectura.  Los lectores electrónicos de libros serán muy útiles, pero nada placenteros.  Cada cosa en su lugar, los lectores para trabajar, y los libros, los buenos libros para disfrutar.  ¿Quién dijo que el libro moriría?

Ilustración de R. Ingpen

Ilustración de R. Ingpen

Bueno, pues volviendo a nuestro cuento, Dickens escribió el cuento de Navidad en una época difícil, pleno siglo XIX, siglo en que la industria pasaba una factura terrible a la población humilde.  El señor scrooge protagonista de la historia, es el tipo al que no le importa nadie.  Señores Scrooge bien podrían encontrarse sin dificultad en aquel tiempo.  Hoy también hay muchos Scrooge sueltos.  Para el señor Scrooge la Navidad eran días como cualquiera otros del año.  Días de invierno.  Quizá si hubiera dado vacaciones a su sobrino en ese período, impensable en aquella época, las hubiera llamado simplemente vacaciones de invierno. Me pregunto qué corazón tendrán los que hoy día llaman a las vacaciones de Navidad vacaciones de Invierno…

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