Robert L. Stevenson (1/2) y la TDT

Me ha sorprendido como nunca un anuncio publicitario que escuché hace una semana en las ondas.  Circulaba en coche mientras amanecía,  y cuando mi cerebro comenzaba a planificar la jornada de trabajo, lanzaba nuestro señor gobierno (eso decía, el gobierno de España) un mensaje apocalíptico:  Regala para Navidad TDT o nadie responderá de lo que le sucedan a tus circunvoluciones cerebrales.  Bueno, literalmente lo decía de otro modo, pero en el fondo transmitía el ahora o nunca.

El hombrel del saco.

El hombrel del saco.

Antiguamente nos asustaban con dragones de siete cabezas, o con el hombre del saco, o el sacamantecas, e incluso con el infierno o versiones light como el limbo y el purgatorio, que gente había para hacer mal uso de los conceptos antes, y la sigue habiendo ahora.   Porque ya ven como nos atemorizan con la soledad en que nos sumirá la falta de esa imagen sutil y sugestiva que nos envía la televisión.  Es paradójico que un Gobierno se dedique a estos menesteres.  Quizá trate de salvar al sector de los electrodomésticos con catástrofes mileniaristas, aunque a decir verdad ya hace rato que pasamos el 2000.  El fin del mundo ya no está tan cerca, pero sí lo está el de la televisión tradicional, si no te pasas a la TDT claro.  Puestos a salvar a Bancos e  industria del automóvil, quizá ahora le toque al fabricante de televisores.  Porque en realidad, si los gobiernos buscaran de veras salvar a los ciuadanos, quizá lo que debieran es acabar con la televisión que conocemos.  Otros modelos de televisión pudieran funcionar (descarga gratuita de los programas que de verdad interesan, sin cortes, con calidad…)  pero el sistema actual es una auténtica estafa.  Estafan el tiempo a los ciudadanos, que en verdad podrían utilizarlo de un modo mucho más productivo, y a la vez controlan el pensamiento global con los contenidos, dirigidos a manipular a la ciudadanía.  Han conseguido liquidar gran parte de las aficiones tradicionales, las auténticas, no las que se comercian en kioscos callejeros:  coleccionar sellos, casitas de muñecas, recortables, monedas (difícil en estos tiempos de crisis).   Incluso  acabaron antes con el abuelo cuentacuentos, que antiguamente a la luz de la fogata del hogar reunía a los nietos, y entre pucheros humeantes y olor de encina quemada en la candela narraba historias de antes, con moraleja.   Triple forma de reciclar: el calor del fuego servía para cocinar y para calentar a la concurrencia, y a la vez, los consejos y experiencias el abuelo eran reciclados y absorvidos por las nuevas generaciones.  Pero nada de eso hace falta hoy: ponga TDT en su vida oiga, y a falta de cuentos con moraleja, Educación para la Ciudadanía.

Pues no, prefiero los buenos cuentos, cuentos antiguos, como los de Perrault, o Andersen, o de los hermanos Grimm.  Qué se yo, cuentos con sustento, con buenos cimientos y bien acabados.  Muchos autores han sentido la necesidad de contar cuentos e historias a los niños.  Bienaventurados los niños.  Algunos incluso escribieron para sus hijos historias que han llegado a ser Universales, como la Historia de la que hoy hablaré.

La Isla del Tesoro.

La Isla del Tesoro.

Es la obra que más veces he leído, y que ha envejecido y madurado en las estantería de libreros de todo el mundo, convirtiéndose en obra cumbre en su género.  Quería Stevenson, Robert Louis Stevenson, escribir una historia de aventuras para su hijo adoptivo.  Y no hay aventura para niños que se precie sin unos piratas malvados.  Y sino que se lo digan a los jugadores de Monkey Island, juego de aventuras por antonomasia, con una Guybruth emulando a Jim, y piratas malos, muy malos, aunque con menos recorrido y profudidad que el gran John Silver.  Por cierto, no se pierdan la versión cómica del juego, la isla de lo mono.

La isla del tesoro es una magnífica obra literaria, para niños y mayores,  con un aventura imperecedera.  La historia de Jim y su relación con Silver forma parte de nuestro subconsciente colectivo, quizá no tanto por haber leído el original, sino por haber visto alguna de las muchas películas que han versionado la novela.

Seguramente nadie como Stevenson podía haber escrito la Isla del Tesoro.  Autor y novela se confunden, ficción y realidad se mezclan de algún modo mágico para dar lugar a un compuesto maravilloso, un elixir único.  Los auténticos viajes de Stevenson, originados por su precaria salud, emulan de algún modo los de Jim en la busca del tesoro.  En 1888 abandona Stevenson su tierra natal, Escocia.  La búsqueda del mayor tesoro posible, la salud, condujo al autor por las islas del sur.   Y quizá de estas aventuras personales por mares lejanos, e islas perdidas, surgió Jim y el Tesoro, Silver y su pata de palo, y el viejo Capitán con su sempiterna canción: “quince hombres sobre el cofre del muerto, y un gran vaso de Ron.  El Diablo y el Ron hicieron el resto…”.  El Gato Negro, Joyce, Redruth, el ciego, el doctor Livesey, el capitán Smallet, el Hidalgo… son personajes que pueden acompañarnos en las tardes frías y desapacibles de las Navidades que llegan.  Buen momento para sumergirnos en el calor y la humedad veraniega, tropical, de la Isla del Tesoro.

Qué suerte que Stevenson Jr. no tuviera televisión para pasar el rato, y le pidiera en su lugar a su padre que le contara una buena historia de aventuras.  De haber dispuesto del acertadamente calificado por algunos como  invento del maligno, quizá en su lugar redactara su pedido a los Reyes Magos, como recomienda nuestro Gobierno, incluyendo una actualización TDT, y quizá un Stevenson preocupado decidiera  evitar el “apagón tecnológico”, en lugar de escribir una buena historia de piratas (de la que continuaremos hablando otro día).

Qué suerte que la televisión tardara unas buenas cuantas décadas más en inventarse.

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