Sobre la suerte, la perseverancia y otras virtudes

febrero 27, 2009

Título:  The Drunkward’s Walk

Autor:  Leonard Mlodinow

Editorial:  Pantheon

Hablaba Martin Gardner hace tiempo, en uno de sus libros repleto de divertimentos matemáticos, sobre los conocidos “Random Walks” (caminos al azar) y su discurrir parejos al estilo aventurero de Rocinante cuando era abandonado a su libro albedrío por Don Quijote, para que pudiera así elegir el camino hacia nuevos episodios con gigantes desaforados, doncellas en peligro y entuertos varios que enmendar.

Don Quijote de la Mancha y Rocinante

Don Quijote de la Mancha y Rocinante

De forma similar titula Mlodinow este libro, utilizando en su lugar el símil del borracho de paso torpe y camino vacilante.  El azar, la aventura, el juego y la probabilidad siempre han sido términos hermanados, y la estadística es el padre de familia que ha pretendido educar y entrar en cintura a tan montaraces sujetos, prole llena de términos y conceptos que se diluían y esfumaban hasta  que un buen día Pascal decidió afrontar tamaña empresa de darles forma.

Pretende el autor con este libro mostrar lo natural de esta ciencia, la estadística, que forma parte de la vida cotidiana.  Con ejemplos notorios y sucesos conocidos, ilustra Mlodinov sobre términos que resultan evasivos a estudiantes que desearían no serlo.

Relata Mlodinow como la suerte es a veces un mal entendido sinónimo de una muy frecuentemente olvidada virtud: la perseverancia.  Relacionada directamente con la temática de este blog, el mundo de los libros, cabe destacar el esfuerzo de algunos escritores noveles para llegar cumplir su sueño:  publicar.  Como ejemplos destacados se citan en el libro los casos de J. K. Rowling y su Harry Potter, que necesitó de 9 visitas a editores obtusos que sistemáticamente rechazaron el libro.  Libro rechazado hasta que un décimo editor decidió atender caritativamente el ruego de la novelista amateur, y cuya buena obra -del editor y de la novelista-  dio ciento por uno.

Más lamentable fue el caso de John Kennedy Toole que literalmente murió en el intento de publicar “A Confederancy of Dunces” (La Conjura de los Necios), y que paradójicamente mereció a la postre un premio Pulitzer.  Su intento desesperado de publicar la novela, le condujo finalmente a la amargura del suicidio.  Fue su madre, quién decidió que la muerte no debía ser inútil, y 11 años después consiguió la publicación, con su correspondiente premio, y 2 millones de ejemplares vendidos.

Notables son ambos casos como ejemplos de los frutos producidos por la perseverancia, aunque a veces la suerte tiene un papel protagonista.

Azar

Azar

Podemos así encontrar en este magnífico libro cómo la suerte, a pesar de todo, tiene su importancia.  Y utiliza como ejemplo un caso bien conocido de la industria TIC, cuyos detalles son sin embargo desconocidos por el público. Ahí va la historia:  resulta que Bill Gates fue un buen día contactado, allá por los 80, por un empleado de IBM que trabajaba en un secreto proyecto futurista, que pretendía la descabellada idea de desarrollar un computador personal (quizá no tan descabellada después del éxito de Steve Jobs).  IBM necesitaba un Sistema Operativo, y el bueno de Gates respondió con sinceridad manifiesta, indicando su incapacidad para desarrollarlo, recomendando a su colega hablar con Gary Kildall, a la sazón miembro de Digital Research Inc.

Y resultó que aquellas negociaciones entre Kildall e IBM no prosperaron e IBM seguía con el mismo problema inicial, la falta de un Sistema Operativo para su invento -es un decir.  Justo entonces, Jack Sams, de IBM, se reunió de nuevo con Gates.  Ambos sabían de un Sistema Operativo inspirado por el trabajo de Kildall. Y he aquí que el bueno de Gates preguntó inocentemente:  ¿Quieres obtenerlo… o quieres que yo lo obtenga?  Y la respuesta:  “Haz lo que puedas para conseguirlo…”  Y dicho y hecho.  Gates lo consiguió por unos 50.000$, hizo algunos apaños, y … creó DOS, que fue licenciado por IBM permitiendo a Gates retener los derechos.  El resto de la historia ya la conocemos. Decía Einstein que Dios no juega a los dados.  Pero no dijo nada de cómo aprovechar las jugadas del azar para industriar a nuestro favor.

Sirvan ambos casos de ejemplos tanto para la lucha ante la adversidad , que en ocasiones hace perder confianza a los jóvenes que se abren paso en la vida, como para aprovechar circunstancias fortuitas que la vida nos ofrece.  Debemos inculcar el espíritu de lucha, sacrificio, y confianza en el trabajo bien hecho, que a la postre siempre devuelve los frutos con crece.  Pero no olvidemos que la visión de futuro, y un poco de suerte, son buenos ingredientes para un suculento banquete.

Por cierto, y hablando de banquetes, no se pierdan la descripción de Mlodinov sobre las buenas guías de vinos, que permiten a un mismo ejemplar ser cabeza en una lista, y a la vez cola de listas rivales, y en ambos casos tras exhaustivo análisis de los mejores catadores del mundo (con ejemplos concretos:  The Penguin Good Australian Best Wines, y su rival, On Wine’s Australian Best Annual).

Tengan todo esto en cuenta cuando pidan un buen vino a la mesa de celebración de su último y más exitoso proyecto, y recuerden a sus vecinos que no pueden catar ese vino.  ¿Será asunto de suerte, perseverancia, ambas, ninguna?


La sociedad de la inteligencia

febrero 20, 2009

Título:  The Society of Mind

Autor:  Marvin Minksy

Editorial:  Simon & Schuster

Allá por el 92, año de expos, olimpiadas y crisis en ciernes, escuché hablar por primera vez de Marvin Minksy desde los escaños universitarios que ocupaba en la Avenida Reina Mercedes de Sevilla.  Me llamó poderosamente la atención la anécdota contada por un profesor que entonces nos instruía sobre Inteligencia Artificial (IA).  Decía que Minsky comparaba ésta y la humana concluyendo que lo fácil para una, era hercúlea empresa para la otra y viceversa.

El hombre de hojalata.

El hombre de hojalata.

Pero no fue Minsky el primero en comparar la inteligencia artificial y la humana.  El campo de la Inteligencia mecánica y los robots inteligentes ha sido terreno abonado para la literatura.  Hace más de 100 años, Baum utilizaba la metáfora del hombre de hojalata para hablar de la necesidad de algo más que inteligencia en el ser humano.  Por cierto, la edición anotada del centenario de la publicación, con introducción de Martin Gadner, es un tesoro.  Más recientemente Asimov llevaba la IA y los robots hasta sus límites en sus conocidas series de ciencia Ficción.

Las ideas que abarca la IA han estado presente de un modo u otro en nuestra sociedad desde los inicios de la cibernética, pero fue precisamente Minsky – el autor del libro que nos sirve hoy como pretexto- junto con Papert quienes crearon el término y fundaron el primer laboratorio allá por los años 60 en el MIT.  Es curioso que también Papert, un genio de la aplicación didáctica de la computación, tomara parte en el inicio de esta historia.  El muy utilizado lenguaje LOGO (en la España de los ochenta) surgió de allí, y ha permitido durante varias décadas configurar los cerebros en crecimiento de niños de todo el mundo.  Una pena que haya caído en el cajón del olvido, en esta época en que el aprendizaje basado en el ordenador ha quedado reducido frecuentemente a un mero adorno estético de aulas obsoletas.

The Society of Mind

The Society of Mind

Fue precisamente en la librería del MIT, dónde el pasado Noviembre de 2007 pude adquirir este título que hibernaba en mi “wish list” hace ya muchos inviernos.  Una visita al laboratorio de Minksy, parte del actual Media Lab, y posterior compra de su libro allí es algo que no tiene precio.

La IA ha avanzado mucho desde entonces.  Se ha ensanchado enormemente el campo que labra, aunque quedan aun parcelas vírgenes, en las que los científicos se deleitan encontrando nuevas especies desconocidas, técnicas, ideas y algoritmos que nombran sonoramente, como la propia Sociedad de la Mente de Minsky.

Los investigadores son tenaces y ambiciosos, y siguen persiguiendo infatigables sus objetivos iniciales.  Uno de ellos, quizá el último según muchos, la piedra filosofal de la IA, es llegar a dotar de consciencia al computador (objetivo con resultados ya avanzados por la ciencia ficción en el famoso HAL9000).

Ejército robot.

Fotograma de la película 'Yo, robot'. | Digital Domain

La ficción quizá de nuevo prediciendo un futuro incierto.  Y si no pregunten a los amigos de la marina americana, que evalúan a día de hoy las posibles consecuencias de un ejército de robots inteligentes, y su previsible sublevación cuando comprueben la manifiesta incapacidad y cuestionable inteligencia de los caciques que les mandan hacer la guerra.

Personalmente soy partidario de la IA débil, y aunque posiblemente veremos en el futuro simulaciones precisas de cualquier rasgo superlativo de inteligencia, incluida la consciencia, la mera simulación no indica la existencia real.  Y aunque exista, nadie podrá demostrarlo (como tampoco puede uno aunque lo intente, demostrar a un paisano su propia consciencia, y si me apuran, su pretendida existencia).  Qué será la consciencia que tanto se esconde, y que por mucho que la busquen con ahínco hasta más allá de la física cuántica, como el propio Roger Penrose, se manifiesta testarudamente esquiva (echen un vistazo a su libro, Las Sombras de la Mente, y a un interesante post sobre simulación y consciencia de mi amigo Carlos Cotta:  El Argumento de la Simulación).

Quizá la consciencia de las máquinas, aunque pueda nombrarse y definirse, sea tan esquiva como el famoso “conjunto de todos los conjuntos que no se contienen a sí mismo” de Bertrand Rusell.  No sólo Rusell, sino otros muchos, incluyendo Gödel, nos han hablado desde la ciencia de nuestra incapacidad estructural para llegar al conocimiento absoluto.  Y es que la ciencia es una suerte de “invento”, magnífico, todo sea dicho, creado por el hombre para llegar al conocimiento.  Y seguramente, como cualquier otro instrumento creado por el hombre, los defectos de fabricación nos impiden ver más allá de un límite.

¿Cual será el límite de la IA?


Las ratas

febrero 13, 2009

Título: Obras Completas II. El novelista II.

Autor: Delibes.

Editorial: Galaxia Gutenberg

Han sido muchos los autores que han dignificado y elevado a categoría de protagonistas a compañeros nuestros del árbol evolutivo, antes incluso de que Darwin teorizara sobre nuestras relaciones paterno-filiales. Ya Samaniego y Esopo, entre otros, utilizaron la fuerza, astucia, laboriosidad o cualquier otra rara habilidad animal como argumentos para transmitirnos interesantes moralejas -aunque no se si este término es políticamente correcto hoy.

El Flautista de Hamelin

El Flautista de Hammelin

Muchas fueron, como digo las especies y razas elegidas antaño, incluidas las ratas: Ratas protagonizaron el Flautista de Hammelin, y una rata de agua comparte estrellato con el topo, el tejón y la rana en el Viento en los Sauces, de Kenneth Grahame, y cuyo aniversario de publicación celebramos en 2008.

También eligió Delibes esta especie, para titular una de sus novela, Las Ratas, incluídas en esta edición completa de sus obras, editadas en papel biblia por Galaxia Gutenberg.

Las ratas, junto con los Diarios de Lorenzo, la Hoja Roja, y algunas otras novelitas o relatos cortos, componen este volumen de 1000 páginas que me acompañó este pasado frío y lluvioso mes de Enero. Si quieren que les diga la verdad, he echado de menos, a ratos, el calentamiento global.

Quizá el Diario de Lorenzo ha sido una de sus novelas más aclamadas, para mí una desconocida hasta anteayer. Me quedo no obstante con Las ratas. Y no porque Lorenzo no tenga cosas que decir, que las dice, ya sea en el español rudo de la calle, o en el español chileno que absorbe en su aventura migratoria. La lectura de sus primeros diarios evoca el lenguaje popular de la marquesina de autobús, o de las salas de espera de los ambulatorios -modernos centros de salud. Cuando uno vuelve a escuchar la música del lenguaje castizo, tras años apartado en ambientes de estudio, recuerda la amarga experiencia de Huckleberry Finn, descrita con maestría por Mark Twain, cuando recluido baja el techo que la civilización le ofrece en forma de una buena señora que acota sus desmanes y deslenguada oratoria, siente Huck la imperiosa necesidad de buscar rincones apartados en que dar salida a todo el lenguaje marrullero que se le agolpa en la punta de la lengua y es reprimido con ahinco por la buena señora.

Pero en las ratas hay algo más. Algo más que la propia crítica social que en su día tejió Delibes intentando de este modo sortear la censura pertinaz, para poder así expresar lo que en periódicos era vetado entonces.

El trasfondo de abandono y decadencia mostrado en la vida de los marginados de los pueblos del Norte de Castilla, dice el propio Delibes que sirvió para que alguien se ocupara de los problemas sociales de su tierra allá por los años 50. Y esto está muy bien. Sirva de recordatorio ahora que se nos viene encima una crísis de órdago.

El protagonista de las ratas, el Nini, además de las ratas y el tío ratero, el Nini, digo, nos transmite algo fundamental en esta época de tecnificación y progreso.

Dia de la marmota

Día de la marmota

Este mismo mes de febrero los amigos de Pennsylvania hacían su pronóstico meteorológico para el final del invierno que arrecia en el dia de la marmota. Suena a chiste este invento de predecir el tiempo con una marmota, y en parte lo es. Sobre todo por el uso que los medios de comunicacion hacen de tan pintoresco evento.

Comparen esto con un proyecto como ClimatePrediction.net en el que la fuerza de miles de computadores intentan generar nuevos y mejores modelos de predicción climatológica.  El proyecto se encuadra en los nuevos “proyectos@home” que permiten a los ciudadanos colaborar como voluntarios con la ciencia, aportando tiempo libre de su PC.  Aunque solo sea por esto, el proyecto ya merece la pena.  Y si usted se anima a colaborar, puede hacerlo directamente con este, o con cualquier otro que le guste (vea por ejemplo Extremadura@home).

Pero volviendo al Nini, todos los hombres que trabajan los campos, cuyas raíces ancestrales arraigan en generaciones de labradores estudiosos de la naturaleza, saben que la meteorología no es un fenomeno aislado, sino que está tejido y anudado a la fauna y flora de nuestros campos. Conocía el Nini a la perfección los ciclos naturales en sus múltiples facetas asociadas a la siembra, con la llegada oportuna de la madre lluvia y el precursor anuncio del humo de la hoguera perezoso a remontar el vuelo, o el viento salvador que llegaba a derretir la escarcha helada de los campos florecientes y dar paso a los días de bonanza y sazón para colecta de sembrados.

El Nini, como tantos hombre ya curtidos en los surcos de la tierra, acumula en sus espaldas el saber de los mayores, que recogen y transmiten en cadena la experiencia de generaciones de antepasados, que han observado durante milenios las señales que la flora y fauna nos envían.

Una pena descubrir hoy en día que esta ciencia recogida en la experiencia de centurias se rompe, desbarata y dilapida con frecuencia, al pretender que la técnica sustituya la mano -y saber- del hombre.


Los autobuses de Darwin

febrero 6, 2009

TítuloLa Teoría de la Evolución de las Especies

Autor: Charles Darwin & Alfred Russel Wallace

Editorial: Crítica.  Edición de Fernando Pardos.

Se cumple el próximo 12 de Febrero 150 años de la publicación de uno de los libros que más polémica han creado en la historia editorial.  Desde que Gutenberg inventara la imprenta moderna, pocas obras han causado revuelo mayor.

Darwin

Darwin

Curiosamente la teoría que Darwin nos traslada fue simultáneamente descrita por su contemporáneo Wallace, quien surcando mares en dirección opuesta a la derrota trazada por el Beagle, y analizando especies de lejanas islas orientales, llegó a las mismas conclusiones que el ex-seminarista Darwin.  La correspondencia entre ambos fue fluida, y sus comportamientos los que cabría esperar de caballeros ingleses, con una publicación conjunta sobre la teoría propuesta (les recomiendo esta edición del libro para conocer todos los detalles del proceso).

Sabía Darwin del vendaval que se desataría, no solamente por lo nuevo de la idea planteada, sino también por el tipo de especimen presente en sectores tradicionales de la Inglaterra Victoriana.  Porque en el fondo, la tormenta la desata la inestabilidad de ciertas convicciones ancladas en ideas que pueden ser revisables.  Y es que algunos tomaban los clásicos escritos bíblicos como obras científicas incuestionables (señal inequívoca de la debilidad de un planteamiento científico que prohibía revisiones de ideas previas).

Lamentablemente, esta manera de entender los libros sigue vigente en algunos sectores de la sociedad actual, y como mancha de aceite se ha extendido a ambos lados de la frontera ciencia/religión y encontramos comportamientos similares en ambos extremos:  creyentes que toman la biblia como libros de ciencia y científicos que tornan sus ideas en la religión laica del futuro.

Quizá el ejemplo más reciente es el de los famosos autobuses londinenses  con su famoso eslogan “Probablemente Dios no existe, así que deja de preocuparte y disfruta de la vida”.  La frasecita no tiene desperdicio, como ahora veremos.  Sin embargo, ha sido fácil encontrar presbíteros que actuando como lobos hambrientos de ovejas sin pastor, y fruto de su desinformación, han lanzando dentelladas desde el púlpito a los autores del dichoso mensaje;  y por supuesto también ateos recalcitrantes aplaudiendo majaderamente el despliegue de la campaña en nuestro país.

En primer lugar conviene estudiar el origen y causa de la campaña.  El famoso autobús ateo surge en Reino Unido como réplica a una campaña previa orquestada por los Cristianos Evangélicos.  Y es importante esta apreciación, porque al contrario de lo que muchos piensan, también la actual teoría creacionista, que de forma fraudulenta reviste de ciencia lo que no es tal, surge de las filas Evangélicas Americanas.  Pero luego volveremos este tema.

El problema de fondo es que las autoridades evangélicas lanzaron un mensaje apocalíptico y pesimista:  o con ellos, o al infierno.  Se entiende así esta réplica que intenta tranquilizar a los gentiles.  Y el mensaje, francamente, está bien redactado, porque no niegan que Dios existe: admiten una probabilidad, baja según ellos, de su existencia, pero que les reconcilia con los creyentes.  Se le viene a uno a la cabeza esos meteorólogos que de manera análoga siempre aciertan cuando predicen que hay baja probabilidad de lluvia en períodos asueto, y el público huye de las ciudades a pasar puentes y vacaciones en playas lluviosas.

Sí incluye, sin embargo, un error fundamental, de suerte que  el mensaje podría interpretarse en sentido pesimista inverso:  los que creen no disfrutan de la vida.  Nada mas lejos de la realidad, y si no, pregunten en su entorno.  El disfrute auténtico de la vida no contradice el mensaje del evangelio (que no es lo mismo que evangélico), muy al contrario.  Ni tampoco contradice la ciencia, por cierto, y aquí volvemos a Darwin.

En realidad, el problema de la Teoría de la Evolución no es tal.  Por más que haya científicos fundamentalistas, tales como Richard Dawkins con su ataque frontal hacia la fe, otros grandes científicos evolucionistas han manifestado la coherencia y buen diálogo entre fe y razón.  Sirva de ejemplo S. Jay Gould, al que ya nos referimos anteriormente, y que con su teoría NOMA (los magisterios de la fe y la ciencia no se solapan)  muestran como fe y razón son plenamente compatibles.

Museo de Historial Natural, Londres

Museo de Historial Natural, Londres

Fue una pena no tener oportunidad de conocer personalmente a Gould, que bien habría podido formar parte del debate al que asistimos en Julio de 2007 en Londres.  En la velada organizada por el congreso GECCO 2007 en el magnífico central hall del museo de historia natural, de Londres, tuvimos oportunidad de entablar diálogo con Dawkins, mientras el gigantesco diplodocus observaba en silencio la reunión parroquial.  Una pena que no hubiera tiempo para que todos lanzáramos nuestra pregunta al debate público sobre Complejidad y Evolución. Dawkins estuvo en su línea argumental, suerte que hubiera otros en la mesa, como Lewis Wolpert.  En todo caso es positivo que quienes aplican Evolución para resolver problemas complejos enfrentaran sus puntos de vista tecnológicos con los proporcionados por la Biología.

Pues bien, a pesar de lo que Dawkins diga y piense, nada más lejos de la realidad.  Los líderes católicos, que son caricaturizados con frecuencia por los medios de comunicación bajo el aplausos del público, lo son por falta de conocimiento.  Y han mantenido desde hace muchas décadas un pensamiento positivo hacia la evolución.  El propio Pío XII en su encíclica Humani Generi (29), allá por los años 50 ya decía que la Evolución podía perfectamente ser una teoría correcta, y que los datos científicos mostrarían con el tiempo su validez.  Muchos años después, y a la vista del avance de la ciencia, Juan Pablo II en el año 96 ya informaba a la Academia Pontificia de las Ciencias (36-38 ) del correcto planteamiento de la actual teoría sintética de la evolución, que incluye todos los avances científicos del siglo XX.  Y con buen criterio manifestaba que la verdad no podía estar en contra de la verdad , manteniendo una línea acorde con NOMA (Non-Overlapping Magisteria) en el sentido de que para el creyente los descubrimientos de la ciencia, cuando son correctos, no pueden contradecir la verdad revelada.  Así que los señores científicos debería estrechar la mano de los católicos y los púlpitos de estos ni siquiera entrar en el tema surgido por un trueno evangélico (de la iglesia evangélica queremos decir), seguido por una tormenta de ateos ofuscados.

En resumen, estamos de enhorabuena por la publicación de la teoría de la evolución -y en particular por la edición de Fernando Pardos-, y todos debemos celebrarlo.

Si Darwin viviera hoy día ¿subiría el autobús o más bien continuaría con sus paseos matinales?