El Cielo de nuestros padres

Título:  La Divina Comedia

Autor: Dante Allighieri

Editorial: Galaxia Gutenberg

Hace ya varios meses tuvimos ocasión de hablar del perfecto ciclo de círculos  compuesto por Dante en su trilogía ascendente infierno-purgatorio-cielo.  Ese mes quedé a las puertas del paraíso, que hoy retomamos por varias razones, incluyendo haber concluido su lectura en esta edición para coleccionista, y que ya dijimos mereció premio a la calidad editorial el año de su publicación.  Pero no es esta la razón única.

Esta semana se publica un libro esperado por las masas borreguiles devoradoras de bestsellers insípidos, y que algunos editores, labradores de copiosas fortunas, ofrecen a rebaños sin pastor.  Este libro de cuyo nombre no quiero acordarme, incluye Fátima en su título, y probablemente seguirá rayando la mediocridad estilística y narrativa, en línea del anterior de su serie.  Buen momento es para dirigir la mirada a otra Fátima, la cercana ciudad portuguesa, que rodeada de Azinheiras, nos descubre el mensaje transmitido por tres niños,  descripción del bíblico infierno en llamas incluido.

Infierno novelístico para algunos, metáfora bíblica para otros, se convertía en la niñez de Francisco, Jacinta y Lucía en el drama real y terrible de la gran guerra fratricida entre hermanos de la vieja Europa.   Sirvió el mensaje de Fátima como aliento y esperanza de un final cercano para aquel infierno terrenal.

Hablaba Delibes en una de sus novelas, las Guerras de nuestros Padres, de ese drama que se repite y transmite como herencia macabra de padres a hijos.  Lástima, decía, que cada generación tenga su guerra.  En manos del hombre queda la materialización efectiva del cielo o el infierno en la época que le toca vivir.  Miremos hoy al Cielo.

Sitúa la tradición judeo-cristiana la ubicación del paraíso, no el terrenal bíblico, sino el espiritual, en el cielo.   Este cielo es el que describe colorísticamente y con una figuración diluida Barceló en esta edición.  Cielo bien distinto del que Bosco imaginó, lleno de misterio, surrealismo, sensualidad y color.   En todo caso entre el Bosco y Barceló permitánme elegir al primero.

El Jardín de las Delicias

El Jardín de las Delicias

El cielo fue asunto de discusión perpetua en tertulias y cafés desde época inmemorial, cuando el fútbol y la televisión no eran objetos sagrados.

Nuestros padres ancestrales ya miraron hacia el abismal cielo nocturno buscando respuestas imposibles.  Quizá fuera Galileo quién acercó por primera vez ese cielo inalcanzable y evasivo, a la indiscreta mirada del hombre.  Aunque bien mirado, también sirvió su telescopio para colocar en su sitio, eones de por medio, galaxias, estrellas y constelaciones. Ese universo celeste, tan estudiado hoy, ha sido objeto misterioso, codiciado y fabuloso, llegando en la actualidad a convertirse en soporte de nuestros viajes.

La Astronomía moderna quizá piense que todo sobre el cielo será conocido en breve, una vez la ciencia culmine su trabajo.  Torpe ilusión humana.  Aunque podamos encontrar las razones del cómo, imposible será para la ciencia responder al porqué.  Y aún en su propio terreno, aunque las respuestas mecánicas propuestas sean válidas en nuestro universo observable, el universo conocido, quizá estemos inmersos en un ajuste desmesurado de las teorías científicas, que nos impidan observar la verdad general -una especie de overfitting, que tanto gustan nombrar los creadores de algoritmos de optimización.

Buen resumen de la incapacidad humana para encontrar respuestas es parte del título del libro de Lederman y Teresi:  La partícula divina:  Si el universo es la respuesta, ¿Cual es la pregunta?

No está demás cultivar otros aspectos del saber humano:  literatura, arte y música son imprescindibles para un equilibrio vital, y tampoco huelga hacer caso al viejo refranero:  por boca del niño escucharás la verdad.  Una mirada a los niños de Fátima puede tener su recompensa, y quién sabe si su mensaje nos conduzca al cielo.

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