No hay mal libro que por bien no venga.

Título:  StarDust.  The Bible of the Big Bands.

Autor: Richard Grudens

Editorial: Celebrity

Nunca pensé que un mal libro diera tanto juego.  Porque ya se habrán fijado que en ocasiones los títulos y contenidos de las obras traídas son meras excusas para temáticas diversas.  Puestos a mejorar este pésimo libro, vamos amenizar este blog con la mejor música de la época.

Pues sí, el negocio de los libros está cambiando, en todos sus perfiles.  Este libro, sin ir más lejos, lo compré en la tienda virtual Amazon, que hacen un negocio muy real, y que les está permitiendo diversificar hasta el infinito. Porque, no me dirán que no tienen imaginación los que comenzaron vendiendo libros, y hoy venden nubes.  Sí, sí, nubes, tal cual.  Vean sino su EC2:  Amazon Elastic Cloud (nube elástica, literalmente), y su modelo de negocio basado en vender computadores “virtuales” allá arriba, en internet, para que cualquiera con necesidad de cálculo, pueda literalmente resolver un problema en las nubes.  Esto del Cloud computing tiene su miga.

Libros como éste son los idóneos para que los lectores se pasen a los libros electrónicos.  Porque a ver, si un libro está mal editado, te lo venden con fe de errata impresa en papel fotocopia, el diseño gráfico es una castaña, el texto tiene un interlineado difícilmente digerible, y la tipografía es un asco, ya me dirán para qué queremos el libro. ¿Que porqué lo compré?  Pues simplemente por su información, que siendo completa, obviamente no justifican la adquisición.  Pues eso, para manejar información, meramente, con exclusión absoluta del placer intrínseco y estético de leer un buen libro, efectivamente, mejor un lector electrónico.  Por cierto, que Amazon también vende el suyo: Kindle.  Habrá que echarle un ojo.

Hay otro tema editorial en el que Amazon creo no ha entrado aún:  La edición de libros libres.  Pero ese es otro tema, y por estos lares podríamos recomendar Bubok,  que por cierto ha otorgado su nuevo premio editorial a la novela LujoyGlamour.net, de mi amigo J.  No estaría bien con todos estos condicionantes dejarla fuera de la Biblioteca de Alejandría. Ya la compré, otro día les contaré.

Autobús

Autobús

Pues volviendo al libro de la semana, les contaré.  Allá por los años 80, un abnegado profesor de biología -también existen algunos buenos profesores en secundaria- decidió llevarnos de viaje a la Universidad de Salamanca.  Aquella visita, que incluyó el microscopio electrónico de la facultad, y charla con algunos científicos, fue parte del despertar científico de algunos estudiantes. ¿Y  cuento de qué esto aquí?

Se imaginarán que a la vuelta del viaje, el profesor nos reunió a todos, los tres o cuatro cursos implicados, para comentar la experiencia y enseñarnos las fotografías.  En todas ellas, aparecía un sujeto compañero de estudios y de viajes, que cual niño de teta colgado de los brazos de su madre, seguía de cerca, sin separarse, a tan dedicado profesor, cual impertinente cobrador del frac, y poniendo una sonriente cara ante el objetivo cada vez que este se disparaba.  El profesor le amonestó posteriormente y pidió abono de todos los carretes y fotos reveladas. Y Esta anécdota viene al caso, porque el autor del libro, más que escribir un libro sobre un tema, ha escrito “su libro” sobre el asunto, preocupándose de mostrar siempre cuan dedicado ha estado durante los últimos años a entrevistar a todos los artista y hacerse fotos con ellos.  Con lo que si uno echa un vistazo rápido al libro, pensaría más bien que el libro retrata al autor, antes que a una época o un tipo concreto de música.  Una pena, mayor si cabe por el modo que las imágenes destrozan el texto, cortando líneas dónde sea necesario, cual máquina desbrozadora, y dejando renglones mutilados acá y allá.

Y ya puestos a sacar temas, vamos con algo más positivo sobre ciencia y música.  ¿Pensaba Vd. que la música y la ciencia son conceptos divorciados?  No hay tal.  Pongamos por caso al joven Galileo, de cuyo invento se celebran 400 años. Sirva al menos la música del libro, para hablar un día más de ciencia y tecnología.

Resultó allá por el siglo XVII, cuando el joven Galileo trataba de estudiar mediante planos inclinados el comportamiento de la ley gravitatoria, poniendo así en bandeja a Newton el avance posterior, que su bien afinado oído, y su rítmico sentido de la música, le permitió dilucidar lo que de otro modo, y en ausencia de un preciso reloj -todavía no inventado- hubiera sido imposible.  Conocía Galileo y medía con soltura, los diferentes compases, pulsos y medidas de las notas musicales.  Con un bien entrenado sentido del ritmo, capaz de distinguir la duración de semifusas y garrapateas, con divisiones de hasta 32 notas por segundo, ideó, digo,  Galileo, un experimento ingenioso.  Colocaba primero cuerdas atravesadas sobre un plano inclinado, y separadas por unas determinadas distancias, arbitrarias inicialmente.  Dejaba después rodar una bola y escuchaba el sonido producido a cada paso por la bola sobre las cuerdas.  Posteriormente movía las cuerdas, intentando que el tiempo transcurrido entre cada golpe de la bola sobre cuerdas consecutivas fuera idéntico.  De este modo y tras ajustes progresivos, consiguiendo distancias que hacían los intervalos de tiempo entre golpes idénticos, descubrió algo interesante.  Que las susodichas distancias entre cuerdas aumentaban progresivamente a lo largo del plano inclinado, en razón geométrica del tiempo transcurrido.  ¿Verdad que tiene sentido?

En fin, después de todo lo dicho, convendrán conmigo que no hay mal libro que por bien no venga.  Y sí, de Big Bands contiene 700 páginas de información -que incluye bastante sobre Glenn Miller, Benny Goodman, Ella Fitzgerald, Duke Ellington, Frank Sinatra… ya digo, contaminadas por el autor.  Espero que hayan disfrutado el la preciosa Canción grabada por la Banda de Duke Ellington, en una época difícil:  Jump for Joy.

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