¡Que comience la función!

Título:  Functional Programming

Autor:  Bruce J. MacLennan

Editorial:  Addison Wesley

Los libros de programación no son novelas.  Ni falta que les hace.  Ni se leen como tal.  Más bien suelen utilizarse como libros de consulta, con capítulos leídos de manera caprichosa, elegidos por el interés particular del programador:  la duda marca el punto de lectura, y las circunstancias aconsejan sabiamente el capítulo al que acudir.

El libro de hoy viene a cuento por dos o tres razones diferentes.  Primero porque lleva varios años sobre mi mesa, y es momento de refrescar la memoria.  Segundo, porque continúo mi infatigable lectura de las obras completas de Delibes, y conviene no explotar la caza en demasía, evitando el riesgo de agotarla, que en palabras de Delibes del año 95 era un proceso inevitable por la pasiva actuación de las administraciones públicas, y el indecoroso proceder de los furtivos toca-huevos y rompe-nidos (esto último lo digo yo).

En varias ocasiones he comentado con mis colegas, que puestos a elegir, si tuviera que enseñar programación a estudiantes vírgenes -en términos académicos- elegiría la programación funcional, que particularmente resumiría como la aplicación recursiva de “hagamos poco ahora, y más adelante resolvamos el problema”.  El Currículum propuesto por IEEE-ACM de hecho no hace distingo ni prefiere la Orientación a Objetos, tan cacareada hoy en las aulas primerizas de estos pagos, y que por mi parte relegaría a etapas posteriores, si acaso.  Con sorpresa he encontrado un buen número de académicos más expresivos que yo con esta particular visión de la programación: alguno la compara con el recolector de bananas, que para conseguir una -programa- necesita cargar con el Gorila que la porta y con toda la selva dónde vive.  Buen ejemplo.  ¡Viva la programación funcional!

El libro en cuestión, que presenta de forma teórica el concepto y práctica de la programación mediante programación funcional -utilizando LISP-, descansa sobre mi mesa por razones sentimentales:  me fue regalado por el progenitor de Miguel Ángel Guillén Banaloche, el mismo día en que la biblioteca técnica de este último era trasladada a la Universidad de Extremadura.  Vamos por partes.

Miguel Ángel Guillén

Miguel Ángel Guillén era reconocido en el mundo del software libre por sus “know-how” -como se dice ahora- y trabajos en electrónica, hardware, programación y proyectos de calado.  Fue un electrónico pionero en su incursión al mundo del software libre, con un interés por la ciencia en general, la tecnología, y una capacidad de trabajo que le llevó a proyectos importantes en Tele 5, o el Aeropuerto de Barcelona, por nombrar solo algunos.

Pero el bueno de Miguel Ángel, que tenía su oficina cerca del madrileño Paseo del Prado, cansado un día del ajetreo de la gran ciudad, decidió junto con su esposa buscar un paraíso en el que continuar teletrabajando.  No crean que no miró.  Recorrió parte de la península buscando y sintiendo el pálpito de cada rincón de nuestra geografía, para decantarse finalmente por un paraíso desconocido para muchos:  la montaraz sierra de Montánchez, y la villa con su mismo nombre, dónde se estableció rodeado de naturaleza: riscos, encinas y alcornoques, jaras y tomillos, ovejas y retinto, grullas y cigüeñas.  Allí ubicó su nuevo laboratorio, y allí conoció la Universidad de Extremadura.

Tube el placer de invitarle a departir con los estudiantes en un Curso Internacional de Verano, y allí nos cantó las maravillas del OLPC, y el estudio que gustosamente estaba realizando sobre las posibilidades de Linux -Fedora- sobre el invento.

Fue un encuentro en el que su carácter conquistó a la audiencia, y una plétora de futuros proyectos que nacían no pudieron llevarse a cabo:  un dolor de espaldas prematuro, que se manifestaba en aquella época, fue a la postre el anuncio de un final inesperado.  Miguel Ángel nos dejó antes de que la siguiente edición de los cursos de verano permitiera de nuevo su presencia.  Y en su testamento donó toda su biblioteca técnica a la Universidad que conoció y le acogió.

Todos sus libros residen hoy en el Centro Universitario de Mérida.  Esperemos que sirvan para despertar otras tantas vocaciones como la suya, y que los jóvenes puedan encontrar en Miguel Ángel un referente para desarrollar proyectos que lleven a Extremadura al lugar que merece.

Ojalá que sus libros inspiren a nuevas generaciones de estudiantes para que puedan así comenzar con su particular función vital.

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