Los dones

Título:  El último Don

Autor:  Mario Puzzo.

Editorial:  Grupo Correo de Comunicación

El término Don se ha asociado siempre a una cualidad natural, congénita, que permite a un individuo realizar alguna actividad con particular brillantez.  Don o “gift” han sido términos positivos que encerraban un tesoro, y que permitía al heredero -porque en términos genéticos, el portador recibe siempre información de sus progenitores- disfrutar alguna cualidad que en ocasiones le resolvía la vida, y que las más de las veces, era desconocida en los antecesores.

El Don en el libro de hoy también es título hereditario, y permite lucrarse bonitamente al individuo -y su familia- a costa del mundo.  Puzzo describe los entresijos familiares de la mafia, y sus tentaculares ramificaciones por múltiples empresas, incluida la decadente Hollywood.  Una pena constatar que el mundo se rige en gran medida por este tipo de dones, y que el público sustenta inevitablemente estos turbios negocios.

Los 7 dones

Sin embargo, los dones pueden tener diferentes orígenes.  Para los evangelistas, el Espíritu Santo es fuente de los mayores dones, y como regalos de Dios, deben estar al servicio del pueblo.

Para los genetistas, por otro lado, es indudable que la carga genética de un individuo -fuente de todas sus virtudes y carencias- son el fruto de las leyes hereditarias que se asientan en un grupo: su especie.  Sin la población, el conjunto de individuos que forman la especie, la evolución no funciona.  Coinciden en cierto modo las bases científicas aquí con las teológicas:  los dones que uno recibe en sus genes, son debidos no sólo a sus padres y abuelos, sino a toda la población que ha ido evolucionando de modo gradual.

Los estudiosos de la evolución artificial también son conocedores del hecho:  es imprescindible una población de individuos para que surja el líder, el más apto.  Así pues, el portador de los “dones” los debe a la sociedad que la dio la vida, y no es mérito propio ni de sus padres ni de sus parientes.  Sin el resto de su especie, él no existiría.  Bonita conclusión que en el fondo coincide con las bíblicas enseñanzas que nos llaman a compartir nuestras fortalezas con los demás.

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