El principio

Título:  Stephen Hawding, Una vida para la ciencia

Autor:  Michale White, John Gribbin

Editorial:  RBA

 

LLevaba Hawkings años durmiendo en los estantes.  Le llegó su hora.

Quizá Hawkings haya hecho que nos llegue la hora, el tiempo, a toda la humanidad.  Porque si antes de él se entendió la Gravedad, la relatividad y los fenómenos cuánticos, una comprensión teórica formal acompañada de incomprensión profunda, como Feyman confesaba, Hawkings hizo por fin entenderse a los antagonistas;  Hawkings hizo que teorías irreconciliables, como la Palestina e Israel actual, por primera vez se dieran su primer abrazo en el abismo de los agujeros negros.  Física cuántica y relatividad general de la mano en el horizonte de la sigularidad.

Hawkings, mente privilegiada que vuela libre de sus ataduras físicas, llegó al origen de los tiempo para mostrar que tal vez, ni el tiempo ni el universo tengan un origen.  Inventando nuevas exotéricas teorías, ayudó a dotar al vacío de capacidad creadora.  Un vacío que deja de serlo al definirlo, dotarlo de propiedades matemáticas que están dispuestas a ayudarles a salir de su vacío existencial.  El vacío es inalcanzable, inimaginable, intangible, y cualquier vacío en que pensemos automáticamente se llena de existencia.  La nada inalcanzable se escabuyó de la mente de Hawkings, como antes lo hizo con cualquier inocente pescador de vacíos.

Hawkings viajó del agnosticismo al ateismo, en un trayecto que le hizo perder su estabilidad familiar.  Llegó, igual que mucho pensadores y teólogos previos, al concepto de infinito temporal y espacial y vacío con capacidad creadora.  Los antiguos utilizaron muchos nombres para el Verbo.  Dijo Juan, en el principio era el verbo; y Hawking le llamó vacío energético.

Hawkings, que tuvo el coraje de hablar en el vaticano de su visión, y al que Juan Pablo II rindió honores, es hoy un ferviente ateo, que cree en el universo eterno, infinito.  Hawkings es un hombre que cree firmemente en sus teorías, y en el que muchos confiamos.  Hawkings es el apostol nuevo de la ciencia, que permitirá a otros muchos creer cómo funcionan las cosas, sin entenderlas.  Como Feyman antes creyó en la física cuántica y evangelizó al mundo, Hawkings nos ha desvelado el misterio, y el pueblo le cree.

Hacen falta muchos apóstoles de la ciencia, que permitan al resto de mortales entender cómo funciona el mundo.  Hacen falta también apóstoles verdaderos que hagan vislumbrar la humanidad de Dios -con múltiples nombres y formas- que responde al porqué de la existencia, y encontrar hayá al fondo, quizá destrás de los agujeros negos de Hawkings, en la singularidad desnuda, tras el tiempo y el espacio, la física y las matemáticas, el soporte universal de todo lo creado.

 

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