Acomplejados

abril 15, 2014

Título:  Los Cipreses creen en Dios

Autor:  J.M. Gironella.

Editorial:  Círculo de lectores.

 

En una reciente visita, un colega portugués me preguntaba extrañado sobre las rejas que encierran toda ventana baja en cualquier localidad española, incluida la mía.  La razón es obvia, le dije:  pretenden evitar los robos.  Su extrañeza aumentó con la respuesta.

Como diálogo premonitorio, esta semana sufrimos allanamiento y robo en una casa de campo.  La guardia civil encargada del atestado me decía que el problema en España es que este tipo de delitos sale gratis, y tienen ellos “en nómina” profesionales del hurto con 50 antecedentes paseándose tan ricamente por nuestra geografía, sin que fiscales, jueces ni policía puedan hacer otra cosa, dada las leyes que nos gobiernan.  En Portugal, nos decían, esto no pasa:  allí existe aún el miedo a la autoridad, y el ladrón teme un encuentro con la policía.  En Francia, otro vecino cercano gobernado hoy por el inefable Hollande, si te pillan sin seguro en el coche, por decir algo, (1000 € en España) te requisan el vehículo;  si en un plazo de tres días no se presenta la documentación, lo mandan a desguazar.  Muerto el perro se acabó la rabia.

¿Y qué tiene que ver esto con el libro de hoy?  Aunque estuve a punto de dejar la obra una vez iniciada su lectura (la prosa de Gironella no rezume calidad, y las historias de nuestra guerra siempre son parciales), su prohibición por la censura me hizo continuar, y la muestra de los diferentes roles de cada parte en la precuela de la contienda, y lo que vino después, quizá permita entender la clase de complejos que sufren hoy las leyes Españolas.

Parece que hoy debamos compensar todo lo que sucedió entre la postguerra y la democracia, y en pro de los derechos humanos atenuamos el castigo del malhechor incrementando el sufrimiento de las víctimas.  La paradoja es que  las repúblicas que nos rodean entienden bien que el castigo debe ser proporcional al delito, mientras que aquí,  tratamos lo imposible:  rehabilitar personas con delincuencia congénita.

Bien saben en otros países que en España es gratis robar, por ejemplo, y convertimos así nuestra patria en cueva de ladrones.  ¿Será que quienes redactan nuestras leyes, igual que ayer, no sufren nuestra misma suerte?  ¿Será posible que algún político  concluya que es necesario endurecer la ley sin que el resto le apedree?

Dicen los buenos árbitros, que una vez pitado un penalti injusto, lo mejor es olvidar el error para seguir con el partido.  No hay nada peor que compensar una injusticia con otra.  Antes o después habrá que dar un paso, olvidar complejos, y legislar pensando en la España de hoy, y no en la que surgió del año 36.

 


Traducciones mediocres.

abril 2, 2014

Título:  La Maga de la Montaña.

Autor:  Walter Scott.

Editorial:  Círculo de Lectores.

 

Walter Scott fue un escritor de talento que aplicó su arte a la defensa de un pueblo:  su querida Escocia.   Su prosa fluida y el manejo de la trama personalmente me recuerda a nuestro inolvidable Galdós, aunque la ambientación, temática y época de su obra marcan una distancia notable.   Quizá fuera porque también Galdós se centró en las vicisitudes de su pueblo:  nuestra querida España.  Aunque diferente en los estilos, siendo Scott un referente en la prosa romática,  la temática histórica que domina sus novelas le acercan también a nuestro genio.

Podría servir esta novela, en otras manos, para justificar cualquier tipo de Nacionalismo.   Hay sin embargo una cuestión técnica que justifica este post:  La edición que tengo en mis manos incurre en problemas de traducción.  A un hablante del sur pocas cosas chocan más en el mal uso del español que el generalizado “laismo” de ciertas partes de España.  Aunque podamos entender su uso, nada justifica esta variedad no admitida como correcta por la academia en la traducción de un clásico.  Bien está que un Madrileño se dedique a la traducción, pero su dominio del lenguaje debe evitar deslices inadmisibles.

Hubo una época en que los provincianos eran tildados de catetos por sus modos, hablas y maneras.  ¿Cómo deberíamos calificar al traductor de esta edición, cuyo nombre ni siquiera aparece impreso en la misma?

No quiero pensar que otro tipo de problemas oculto en la traducción nos impiden gozar plenamente del genio de Scott.  Una pena que la lamentable enseñanza de las lenguas en los ochenta impida a muchos hoy acudir al original de la obra.  Esperemos que los actuales esfuerzos en el ámbito educativo permitan a los lectores futuros prescindir de traductores mediocres.