Acomplejados

Título:  Los Cipreses creen en Dios

Autor:  J.M. Gironella.

Editorial:  Círculo de lectores.

 

En una reciente visita, un colega portugués me preguntaba extrañado sobre las rejas que encierran toda ventana baja en cualquier localidad española, incluida la mía.  La razón es obvia, le dije:  pretenden evitar los robos.  Su extrañeza aumentó con la respuesta.

Como diálogo premonitorio, esta semana sufrimos allanamiento y robo en una casa de campo.  La guardia civil encargada del atestado me decía que el problema en España es que este tipo de delitos sale gratis, y tienen ellos “en nómina” profesionales del hurto con 50 antecedentes paseándose tan ricamente por nuestra geografía, sin que fiscales, jueces ni policía puedan hacer otra cosa, dada las leyes que nos gobiernan.  En Portugal, nos decían, esto no pasa:  allí existe aún el miedo a la autoridad, y el ladrón teme un encuentro con la policía.  En Francia, otro vecino cercano gobernado hoy por el inefable Hollande, si te pillan sin seguro en el coche, por decir algo, (1000 € en España) te requisan el vehículo;  si en un plazo de tres días no se presenta la documentación, lo mandan a desguazar.  Muerto el perro se acabó la rabia.

¿Y qué tiene que ver esto con el libro de hoy?  Aunque estuve a punto de dejar la obra una vez iniciada su lectura (la prosa de Gironella no rezume calidad, y las historias de nuestra guerra siempre son parciales), su prohibición por la censura me hizo continuar, y la muestra de los diferentes roles de cada parte en la precuela de la contienda, y lo que vino después, quizá permita entender la clase de complejos que sufren hoy las leyes Españolas.

Parece que hoy debamos compensar todo lo que sucedió entre la postguerra y la democracia, y en pro de los derechos humanos atenuamos el castigo del malhechor incrementando el sufrimiento de las víctimas.  La paradoja es que  las repúblicas que nos rodean entienden bien que el castigo debe ser proporcional al delito, mientras que aquí,  tratamos lo imposible:  rehabilitar personas con delincuencia congénita.

Bien saben en otros países que en España es gratis robar, por ejemplo, y convertimos así nuestra patria en cueva de ladrones.  ¿Será que quienes redactan nuestras leyes, igual que ayer, no sufren nuestra misma suerte?  ¿Será posible que algún político  concluya que es necesario endurecer la ley sin que el resto le apedree?

Dicen los buenos árbitros, que una vez pitado un penalti injusto, lo mejor es olvidar el error para seguir con el partido.  No hay nada peor que compensar una injusticia con otra.  Antes o después habrá que dar un paso, olvidar complejos, y legislar pensando en la España de hoy, y no en la que surgió del año 36.

 

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