Divulga, que algo queda

marzo 22, 2015

Título:  Inteligencia Artificial, Inteligencia Computacional y Big Data.

Autor:  Francisco Herrera Triguero.

Editorial:  Universidad de Jaén.

En línea con lo que comentábamos en el últimos post, este libro, que el autor me dedicó recientemente en nuestro congreso anual MAEB 2015, celebrado en Mérida doce años después de su primera edición, es una nueva excusa para apuntalar mi comentario editorial de viceversa que trasladé aquí la pasada semana.

Que Paco Herrera, probablemente el científico español más citado internacionalmente en el área de Computación, dedique parte de su tiempo a la divulgación de la ciencia debe permitir una reflexión profunda.

Paco es bien conocido por su pasión por la investigación y su dedicación incansable a la misma. Con ocasión de un curso de verano que organizamos en Mérida, me decía Mateo Valero, a quien todos conocemos también por estos lares, que no dudaba en entonar un mea culpa por sus más de 4000 horas de trabajo anuales, que en ocasiones entendía como un demérito que le privaba de pasar más tiempo con la familia.  A Paco Herrera también podemos incluirlo en la lista de los 4000, como se anotan alpinistas en las de 8000.  Junto con Mateo Valero y algunos otros, ese amor por el trabajo ha producido frutos notables en la comunidad investigadora nacional, permitiendo así colocar a nivel internacional productos patrios como referencias.  Gracias que debemos dar no sólo a ellos, sino a sus familias que se han visto privadas con frecuencia de su tiempo.

Este mismo Paco Herrera del que hablamos, ha robado tiempo valioso a su investigación para dedicarlo a lo que en mi opinión es junto con la docencia la tercera vía que necesariamente deben recorrer los profesores universitarios: la divulgación.

El renacimiento en Europa llegó a través de la divulgación:  la caída de Constantinopla hizo que parte de sus fondos bibliográficos llegaran al viejo continente de la mano de los eruditos exiliados.  Los textos de la Grecia clásica fueron así luz que iluminó nuestra oscura Edad Media.

La divulgación sigue siendo hoy tan necesaria como ayer, y libros como el de Paco Herrera, permiten a la sociedad conocer cómo avanza la ciencia y quizá en manos de un joven, permita mostrar un futuro que recorrer.

Ojalá más pronto que tarde también la divulgación sea una tarea asumida por todo el ente universitario, y valorada apropiadamente, para que proyectos como el que con tanta ilusión hemos comenzado, las Escuelas Municipales de Jóvenes Científicos, encuentren el apoyo necesario para así promover vocaciones que son tan necesarias en nuestro sociedad.


Viceversa

marzo 18, 2015

Título:  Viceversa.

Autor:  Varios.

Editorial:  Universidad de Extremadura.

La revista Viceversa de la Uex, nació con el necesario papel de acercar la Universidad a la Sociedad Extremeña, desempeñando así una labor de divulgación que muchas veces es olvidada por las instituciones dedicadas a la ciencia y la investigación.  Este pasado mes tuve la oportunidad de escribir el comentario editorial, invitación que agradezco.  Aprovecho el post de hoy para trasladar aquí lo publicado y animar a todos a visitar la revista digital.

Viceversa, Febrero 2015.

Viceversa, Febrero 2015.  Editorial.

Los extremeños de mi generación, la generación del baby-boom, veíamos desde la cuna viñas, olivos, regadíos o dehesas llenas de ganado: era el panorama que dominaba nuestra infancia y un probable futuro laboral, que aunque noble y necesario en nuestras latitudes, ocultaba otras realidades posibles.

Para los adolescentes de entonces, la ciencia y la tecnología eran algo tan lejano como la Luna y los cohetes Apolo que periódicamente lanzaban países más avanzados que el nuestro. Las misiones lunares, los computadores, el vuelo supersónico… todo esto nos era ofrecido en el único canal de televisión que llegaba a nuestros humildes hogares en los setenta, y eran la ciencia ficción en nuestra infancia, tan imposible como la saga Star Wars.

Michio Kaku, y junto él otros grandes de la ciencia, cuenta que gran parte de la ciencia ficción de hoy, serán tecnología y ciencia real del mañana. Si fuera posible utilizar hoy la tecnología del futuro -cuando sus principios y fundamentos todavía son desconocidos- asistiríamos atónitos a esa magia con mayúsculas. Para muchos como yo, ni siquiera había que pensar en aquellos lejanos años de nuestra niñez en la tecnología del futuro: el presente de otras latitudes era magia inalcanzable.

Pero era precisamente esta ventana al mundo, el canal VHF, el que nos brindaba también entonces el trabajo divulgativo de alguien que con el tiempo llegó a ser un científico conocido de todos: Carl Sagan y su serie Cosmos. La visión del Universo y su evolución, las teorías sobre su nacimiento y sus cuatro dimensiones espacio-temporales, fueron catalizador que también nos permitió pensar que nuestra brújula vital quizá podría orientarse hacia un futuro diferente, en el que la ciencia y la tecnología podrían tener quizá un papel relevante. Este caldo de cultivo, con suerte en algunos casos, pudo luego ser alimentado en el bachillerato por algún profesor de ciencias con vocación. Puedo así recordar una visita a la Universidad de Salamanca y al microscopio electrónico, organizada por un peculiar Biólogo, que se ponía a sí mismo como ejemplo del mecanismo evolutivo, para contarnos que incluso los menos aptos tienen suerte y a veces encuentran pareja y dejan descendientes.  Este profesor nos permitió descubrir en aquel viaje qué era un científico, qué pinta tenía, y cual era su lugar habitual en el ecosistema nacional: la Universidad.

Estas experiencias vitales en una época de carestía, y el interés de nuestros progenitores en lograr un mejor futuro para sus hijos, condujo a muchos a las aulas universitarias, que se llenaron entonces de jóvenes con vocación. Basta un ejemplo: Cuando la Informática llegó a Extremadura en Mérida, una de las tres primeras ciudades de España que ofreció la que entonces se denominó Ingeniería Técnica en Informática, en los inicios de lo que hoy se conoce como el Centro Universitario de Mérida, más de 8 aulas atestadas de jóvenes de todos los rincones de la península iniciaban sus estudios cada año en el primer curso, muchos extremeños entre ellos, y que a pesar de las dificultades de la época, llegaban con conocimientos avanzados en programación que habían cultivado en sus ratos de ocio en el Bachillerato.

Hoy día, treinta años después, la abundancia de información, medios de comunicación, canales televisivos y tecnología, ordenadores, internet y teléfonos inteligentes producen un efecto contrario, y difícilmente encontraremos Grados de áreas de ciencia y tecnología con notas de corte y listas de espera saturadas, por no hablar de jóvenes que sepan algo más que navegar por internet o crear un power-point. La sobreabundancia de conocimiento accesible provoca una saturación tal que impide con frecuencia al joven elegir un rumbo y aplicarse a él con dedicación; y así, a pesar de la demanda del mercado laboral en algunos sectores presentes en nuestra universidad, las áreas de Tecnología de la Información y de las comunicaciones en particular, ni las aulas se llenan, ni tenemos profesionales suficientes. El mercado laboral demanda, y el joven mira para otro lado.

En una conversación pasada entre el actual presidente de Estados Unidos, Barack Obama, y el ya fallecido presidente fundador de Apple, Steve Jobs, Obama recriminaba a Jobs su marcha al gigante asiático para abrir factorías, en lugar de hacer lo propio en su tierra natal. Y Jobs no le respondió hablándole de costes laborales en su apuesta por China: simplemente le dijo que no conseguía encontrar suficientes Ingenieros en su país, porque los jóvenes no querían estudiar. En esto somos bastante modernos: la falta de vocaciones hacia la tecnología y la ciencia en Extremadura está al nivel de los países de nuestro entorno.

La falta de vocaciones en sectores estratégicos de ciencias-ingenierías-tecnología, es un problema detectado y conocido por cualquier gobierno que mire cara a cara la realidad de su entorno. No es algo que sólo afecte a Canadá, Alemania o Estados Unidos. Las grandes organizaciones llevan tiempo alertando, y en algunos casos, como la IEEE (Instituto de Ingeniería Eléctrica y Electrónica) promoviendo y organizando actividades que permitan despertar a la juventud. El resultado en algunos casos ha sido notable: el gobierno estadounidense está dedicando fondos específicos a promover entre los jóvenes el interés hacia las áreas STEM (Science-Technology-Engineering-Maths, Ciencia-Tecnología-Ingeniería-Matemáticas), y en Reino Unido la Programación comienza a ser asignatura obligatoria en secundaria.

En Extremadura, y en nuestra Universidad en particular, poco a poco se va despertando un interés hacia la divulgación de la ciencia, y esta revista es un buen ejemplo. Pero aún estamos lejos de incluir la necesidad de la divulgación en la ecuación que mide la productividad del profesor universitario. Además de la docencia, necesaria para la formación de los futuros profesionales, y de la investigación, es imprescindible una apuesta definitiva por la divulgación que permita por un lado a la sociedad en general conocer en qué se invierten sus recursos, y por otro trasladar con un lenguaje adecuado un mensaje de esperanza de futuro a nuestros jóvenes. Su futuro, y el de nuestra sociedad, depende de lo que seamos capaces de transmitirles, y de las decisiones que luego ellos tomen.

Ojalá que las instituciones se hagan conscientes de esta necesidad, y apoyen con recursos necesarios -emulando así a otros países de nuestro entorno- iniciativas que están ya surgiendo en nuestra región, cuyo futuro es incierto sin un apoyo decidido.


Krommer

marzo 10, 2015

Título:  Clarinet Concert op 36.

Editorial:  IMSLP.

Autor:  Franz Krommer.

Saltándome la regla, hoy hablo de una edición digital de uno de los más conocidos conciertos de Krommer.  En realidad es el material escaneado y dispuesto para el disfrute en IMSLP:  Concierto de Clarinete Op. 36 de Krommer.  Lugares como este hacen a los músicos ponderar las ventajas de las nuevas tecnologías.

Krommer fue en su época rival de Beethoven, y sus composiciones para cuarteto de cuerda rivalizaban con las de Hydn.  Fue la dominancia de Bethoveen tras su muerte, entre otros factores, lo que relegó a Krommer a un segundo plano.

Con un talento inusual en su infancia, estudió música con un tío responsable del coro de Turán, dónde llegó a ser organista entre los años 1777 y 1778.  Posteriormente viajó a Viena en la que encontró un puesto de violinista en la orquesta de la corte del Duque de Styrum en Simontornya.  De este período nos llegan sus primeras composiciones.

Más adelantes se trasladó a la catedral de Pesc, para convertirse en el director de orquesta.  Su reputación como compositor comenzó a crecer y en su retorno a Viena se dedica a la enseñanza.  A partir de entonces comienza su período más fértil, que dura hasta 1810, en la que compone sinfonías, conciertos, y 50 de sus 70 cuartetos para cuerda.  Pocos años después trabaja para el Emperador, viajando con frecuencia a lo largo Francia e Italia.  Es el compositor oficial de la corte y director de música de cámara.

La música de Krommer refleja el espíritu de Hydn y Mozar, más que la de su contemporáneo Beethoven.  El concierto para clarinete op. 36 fue compuesto en 1803, en una época en que su genio era reconocido en Europa, y comparado con el de Mozart.

Su estructura es clásica, con 3 movimientos:  el primero de ellos con doble exposición, la primera con orquesta, y la segunda con el solista.  Este primer movimiento se asemeja a la Sinfonía de Praga de Mozart, con ambiente heroico. El segundo movimiento se asemeja a un aria de la época, y conduce directamente al Rondo final.  El concierto anticipa el movimiento romántico con frecuentes desplazamientos a tonalidad menor.

Con este concierto Krommer pretendía mostrar las virtudes del clarinete como instrumento lírico, y es un buen ejemplo de los conciertos de viento en la época de Beethoven.  Y nada mejor que una buena versión para ver cómo Krommer consiguió su objetivo.