Viceversa

Título:  Viceversa.

Autor:  Varios.

Editorial:  Universidad de Extremadura.

La revista Viceversa de la Uex, nació con el necesario papel de acercar la Universidad a la Sociedad Extremeña, desempeñando así una labor de divulgación que muchas veces es olvidada por las instituciones dedicadas a la ciencia y la investigación.  Este pasado mes tuve la oportunidad de escribir el comentario editorial, invitación que agradezco.  Aprovecho el post de hoy para trasladar aquí lo publicado y animar a todos a visitar la revista digital.

Viceversa, Febrero 2015.

Viceversa, Febrero 2015.  Editorial.

Los extremeños de mi generación, la generación del baby-boom, veíamos desde la cuna viñas, olivos, regadíos o dehesas llenas de ganado: era el panorama que dominaba nuestra infancia y un probable futuro laboral, que aunque noble y necesario en nuestras latitudes, ocultaba otras realidades posibles.

Para los adolescentes de entonces, la ciencia y la tecnología eran algo tan lejano como la Luna y los cohetes Apolo que periódicamente lanzaban países más avanzados que el nuestro. Las misiones lunares, los computadores, el vuelo supersónico… todo esto nos era ofrecido en el único canal de televisión que llegaba a nuestros humildes hogares en los setenta, y eran la ciencia ficción en nuestra infancia, tan imposible como la saga Star Wars.

Michio Kaku, y junto él otros grandes de la ciencia, cuenta que gran parte de la ciencia ficción de hoy, serán tecnología y ciencia real del mañana. Si fuera posible utilizar hoy la tecnología del futuro -cuando sus principios y fundamentos todavía son desconocidos- asistiríamos atónitos a esa magia con mayúsculas. Para muchos como yo, ni siquiera había que pensar en aquellos lejanos años de nuestra niñez en la tecnología del futuro: el presente de otras latitudes era magia inalcanzable.

Pero era precisamente esta ventana al mundo, el canal VHF, el que nos brindaba también entonces el trabajo divulgativo de alguien que con el tiempo llegó a ser un científico conocido de todos: Carl Sagan y su serie Cosmos. La visión del Universo y su evolución, las teorías sobre su nacimiento y sus cuatro dimensiones espacio-temporales, fueron catalizador que también nos permitió pensar que nuestra brújula vital quizá podría orientarse hacia un futuro diferente, en el que la ciencia y la tecnología podrían tener quizá un papel relevante. Este caldo de cultivo, con suerte en algunos casos, pudo luego ser alimentado en el bachillerato por algún profesor de ciencias con vocación. Puedo así recordar una visita a la Universidad de Salamanca y al microscopio electrónico, organizada por un peculiar Biólogo, que se ponía a sí mismo como ejemplo del mecanismo evolutivo, para contarnos que incluso los menos aptos tienen suerte y a veces encuentran pareja y dejan descendientes.  Este profesor nos permitió descubrir en aquel viaje qué era un científico, qué pinta tenía, y cual era su lugar habitual en el ecosistema nacional: la Universidad.

Estas experiencias vitales en una época de carestía, y el interés de nuestros progenitores en lograr un mejor futuro para sus hijos, condujo a muchos a las aulas universitarias, que se llenaron entonces de jóvenes con vocación. Basta un ejemplo: Cuando la Informática llegó a Extremadura en Mérida, una de las tres primeras ciudades de España que ofreció la que entonces se denominó Ingeniería Técnica en Informática, en los inicios de lo que hoy se conoce como el Centro Universitario de Mérida, más de 8 aulas atestadas de jóvenes de todos los rincones de la península iniciaban sus estudios cada año en el primer curso, muchos extremeños entre ellos, y que a pesar de las dificultades de la época, llegaban con conocimientos avanzados en programación que habían cultivado en sus ratos de ocio en el Bachillerato.

Hoy día, treinta años después, la abundancia de información, medios de comunicación, canales televisivos y tecnología, ordenadores, internet y teléfonos inteligentes producen un efecto contrario, y difícilmente encontraremos Grados de áreas de ciencia y tecnología con notas de corte y listas de espera saturadas, por no hablar de jóvenes que sepan algo más que navegar por internet o crear un power-point. La sobreabundancia de conocimiento accesible provoca una saturación tal que impide con frecuencia al joven elegir un rumbo y aplicarse a él con dedicación; y así, a pesar de la demanda del mercado laboral en algunos sectores presentes en nuestra universidad, las áreas de Tecnología de la Información y de las comunicaciones en particular, ni las aulas se llenan, ni tenemos profesionales suficientes. El mercado laboral demanda, y el joven mira para otro lado.

En una conversación pasada entre el actual presidente de Estados Unidos, Barack Obama, y el ya fallecido presidente fundador de Apple, Steve Jobs, Obama recriminaba a Jobs su marcha al gigante asiático para abrir factorías, en lugar de hacer lo propio en su tierra natal. Y Jobs no le respondió hablándole de costes laborales en su apuesta por China: simplemente le dijo que no conseguía encontrar suficientes Ingenieros en su país, porque los jóvenes no querían estudiar. En esto somos bastante modernos: la falta de vocaciones hacia la tecnología y la ciencia en Extremadura está al nivel de los países de nuestro entorno.

La falta de vocaciones en sectores estratégicos de ciencias-ingenierías-tecnología, es un problema detectado y conocido por cualquier gobierno que mire cara a cara la realidad de su entorno. No es algo que sólo afecte a Canadá, Alemania o Estados Unidos. Las grandes organizaciones llevan tiempo alertando, y en algunos casos, como la IEEE (Instituto de Ingeniería Eléctrica y Electrónica) promoviendo y organizando actividades que permitan despertar a la juventud. El resultado en algunos casos ha sido notable: el gobierno estadounidense está dedicando fondos específicos a promover entre los jóvenes el interés hacia las áreas STEM (Science-Technology-Engineering-Maths, Ciencia-Tecnología-Ingeniería-Matemáticas), y en Reino Unido la Programación comienza a ser asignatura obligatoria en secundaria.

En Extremadura, y en nuestra Universidad en particular, poco a poco se va despertando un interés hacia la divulgación de la ciencia, y esta revista es un buen ejemplo. Pero aún estamos lejos de incluir la necesidad de la divulgación en la ecuación que mide la productividad del profesor universitario. Además de la docencia, necesaria para la formación de los futuros profesionales, y de la investigación, es imprescindible una apuesta definitiva por la divulgación que permita por un lado a la sociedad en general conocer en qué se invierten sus recursos, y por otro trasladar con un lenguaje adecuado un mensaje de esperanza de futuro a nuestros jóvenes. Su futuro, y el de nuestra sociedad, depende de lo que seamos capaces de transmitirles, y de las decisiones que luego ellos tomen.

Ojalá que las instituciones se hagan conscientes de esta necesidad, y apoyen con recursos necesarios -emulando así a otros países de nuestro entorno- iniciativas que están ya surgiendo en nuestra región, cuyo futuro es incierto sin un apoyo decidido.

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