Genio

junio 25, 2016

Título:  Lous Armstrong, An American Genious.

Autor:  James Lincoln Collier.

Editorial:  Oxford University Press.

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Mi primer recuerdo de Salvador Dalí me trae a la memoria un anciano con bigotes imposibles, arrojando huevos crudos sobre un lienzo.   El discurrir gelatinoso de tan natural producto era contemplado luego por la desafiante mirada del genial artista.  Y así, con un par de huevos, con muchos pares, construía una serie que debidamente firmada era luego puesta en el mercado.

A los que en nuestra niñez sorprendía el excéntrico comportamiento de un “artista”, el tiempo ha permitido comprender porque un personaje así podía permitirse tal lujo.

La biografía de hoy, que describe el genio encerrado en el alma de Armstrong, me recordó el documental que emitiera “la primera” hará más de cuarenta años sobe Dalí.  Porque el autor no sólo muestra las luz brillante que Armstrong despedía con sus Hot Fives y Hot Seven.  También cuenta las sombras de la industria interesada más en la caja de caudales que en la esencia del arte que Armstrong ayudó a definir:  el Jazz.  Pero son esta sombras las que ayudan a perfilar y dar contraste, como en un claroscuro, la calidad deslumbrante del que cambió la música del siglo XX;  la música que todos podemos escuchar aún hoy con deleite.  Se nota que el autor no sólo es periodista y escritor, sino una persona que vive y ama el jazz practicándolo profesionalmente.

Los lectores interesados no sólo encontrarán datos nuevos que son habitualmente olvidados en documentales sobre el artista.  Encontrarán análisis minuciosos de muchos de sus temas definitivos y sus sólos más subyugantes.

Lástima que en la música “oficial” todavía pese más Schoenberg que Armstrong.  Y que el Jazz siga siendo una asignatura marginalmente incluida, como “por compromiso”, en algunos conservatorios de España.  Una pena, digo, que muchos jóvenes de hoy no hayan tenido aún ocasión de experimentar el vocabulario del jazz.  No digo yo que Dalí no pueda mostrar nuevas formas artísticas de cocinar los huevos; ni que lo que Schoenberg y sus acólitos produjeran fuera quizá una premonición de la más rutinaria e indiferente música que pueda generarse por computador, que para las series y los números random no hay quién les gane.  Pero de eso, a la música que llega el alma, la música de verdad, hay un abismo.

Y para mustra Armstrong interpretando West end Blues.