Su sitio.

diciembre 31, 2016

Título:  La Ciudad de los Prodigios.

Autor:  Eduardo Mendoza.

Editorial:  Seix Barral.

Aunque sabía del autor, conocía su existencia, no había tenido aún oportunidad de leerle.  El reciente premio Cervantes fue la excusa necesaria.

Mendoza tiene una prosa fluida y una capacidad narrativa que permite con facilidad al lector entrar en la trama.  El hecho de utilizar paisaje urbano patrio e historias tejidas al hilo de acontecimientos notables -como son en este caso sendas exposiciones universales celebradas en Barcelona- ayudan a conocer más de cerca nuestra historia reciente.

Dicho esto, tengo que reconocer que prefiero a Galdós o Delibes.  Estilos aparte, que ya son algo, personalmente entiendo que la distancia es un extra:  los casi doscientos años que nos separan de las historias recogidas en los Episodios Nacionales nos acercan a un vocabulario y una estética que  sorprende en cada relato.

Creo que toda la crítica esta de acuerdo en el Cervantes de este año -quizá no tanto con el Nobel-, pero por mi parte dejaré pasar un poco el tiempo para Mendoza,  y adquiera así solera, y un mucho para Bob Dylan -hasta que para bien o para mal, haya acuerdo sobre su poesía.  El tiempo siempre pone las cosas, los escritos y sus autores, en su sitio.

 

 


Una de piratas.

diciembre 28, 2016

Título:  Bolsa de viaje.

Autor:  Julio Verne.

Editorial:  RBA.

Con la excusa de un premio a los mejores estudiantes, cosa cada vez menos habitual en nuestro moderno sistema educativo, aprovecha Julio Verne para presentarnos un viaje a las Antillas interceptado por una banda de piratas.

El término pirata, según los diccionarios más extendidos, se asocia con el robo, aunque en época de bucaneros y filibusteros, incluía entre los delitos practicados el asesinato y otras lindezas.  Conocemos piratas de esta índole en la actualidad, pero son más los que actualmente asocian el término a la industria tecnológica, y el pirata es así habitualmente descrito como el que practica el robo de datos, ya sea por cuestiones monetarias o de disfrute personal.  Pero no siempre fue así. De hecho convendría distinguir el término hacker, acuñado a finales de los 70 por el de pirata.

El hacker se inició como el paria que lucha por sus derechos en un mundo dominado por las grandes corporaciones;  cuando éstas negaban información importante a los programadores, estos se veían abocados a la ingeniería inversa para extraer de los dispositivos lo que sus fabricantes les negaban.  Además, un sentimiento de hermandad permitía luego compartir esos datos, y ahí surgían los conflictos con el establishment:  unos outsiders podían construir lo que hasta el momento solamente el fabricante suministraba.

Estas luchas de poder, que se iniciaron quizá por razones moralmente aceptables, devinieron en lo que hoy conocemos:  aunque siguen existiendo estos hackers de guante blanco sin fines lucrativos cuyo objetivo es aprender y compartir conocimientos, son muchos más los que buscan con su conocimiento sacar tajada caiga quien caiga.  Aquí como en tantos otros ámbitos, es el uso que se hace del conocimiento el que determina su bondad.

Así que no tenga miedo de ser un hacker;  Tema más bien caer en el “lado oscuro”.


La máquina vital.

diciembre 11, 2016

Título:  The machinery of life.

Autor: David S. Goodsell.

Editorial:  Springer.

Libros como éste hacen comprender al lector cuán complicado es el universo en que vivimos.

Por mucho que algunos lo intenten, la falsa ilusión de estar cada vez más cerca de la teoría del todo, del conocimiento último de las leyes fundamentales que rigen la material, la vida, el universo… no es más que eso, una falsa ilusión.  Si algo nos enseña la historia de la ciencia es que cuando parece que alcanzamos la fórmula que nos falta, de la partícula final, el elemento vital, más distancia y profundidad descubrimos en nuestro desconocimiento.

La ciencia resulta así un mundo fractal encerrado en sí mismo.  Cuanto más nos acercamos a sus maravillas, y más claras nos parecen sus fórmulas;  cuanto más ampliamos el objetivo y vemos más lejos en el universo, o más cerca en el fondo de los átomos, nuevas formas de complejidad surgen en los márgenes y recovecos aún no explorados, como curvas de mandelbrot aumentadas repetidamente.

Este libro, con su intento de ilustrar la compleja maquinaria celular, nos devuelve a la realidad de nuestro pretendido conocimiento, que nos más que la quimera que envuelve nuestra ignorancia.

La maqunaria vital irá poco a poco, con esfuerzo de la ciencia, mostrando sus piezas.  Pero quién sabe lo que nos queda aún por descubrir escondido entre las moléculas de ADN.  Quizá  el pretendido simple código genético, con sus 4 letras, que algunos creen resuelto, transporte un enigma tan complejo que ni el propio Turing pudiera descifrar.  Quizá Godel nos enseñó con su teorema la profundidad de la paradoja científica:  que su objetivo es inalcanzable, no sólo en las matemáticas.