Tener y no tener, esa no es la cuestión.

marzo 4, 2017

Título:  1984.

Autor:  George Orwell.

Editorial:  RBA.

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Algunas frases son tan directas, sencillas y claras, que han pasado de la literatura o el cine al acervo popular como por arte de magia.  El “Ser o no ser” de Skespeare en Hamlet, que desafía la duda existencial;  o el “Tener y no tener” de Hemingway llevado al cine con maestría por Hawks, título que apela a corazón del capitalismo con la misma escasez de recursos, pero lógica aplastante que el ser o no ser de Hamlet.

Pues también ésta nueva cuestión, la del “tener o no tener” se dirime hoy en la realidad desnuda de la calle; y en sus autobuses.

Es lamentable que podamos utilizar una misma etiqueta, música, para calificar los trabajos de Mozart, Brahms y a la vez para el ruido blanco, sonidos aleatorios o seriales, y cualquier otro resultado del movimiento ondulante de los átomos de la materia.  Los esquimales utilizan más de veinte términos distintos para referirse a lo que para nosotros no es más que nieve, por razones evidentes:  su supervivencia depende de una correcta indentificación de la calidad de la misma y sus características en el ambiente.  Lo que por estos lares es algo anecdótico, una nevada, es de vital importancia para su día a día.  La simplificación del término en nuestra latitud es producto de su falta de relevancia.  ¿Será que para muchos críticos y aduladores, la música no importa nada, y lo único relevante es el engaño colectivo que les permite ganarse la vida?

No sólo en la música sucede tan pernicioso efecto.  Los museos de arte contemporáneo incluyen basura en sus exposiciones temporales.  Han conseguido al fin el arte supremo de vender basura a precio de oro.  Arte y crítica se alían para sacar tajada del Tener y no tener.

Esta lamentable falta de ética llega a su culmen aupada por grupos de presión que consiguen marginar entre lo políticamente incorrecto a los que defienden la importancia del vocabulario, llamando a las cosas lo que son.

Decía Swift en los viajes de Gulliver que los abogados eran los profesionales reconocidos por su capacidad de decir que lo blanco era negro y lo negro blanco;  no sólo decirlo, sino demostrarlo ante tribunal, y ganar dinero con ello.  Pero la realidad tozuda nos demuestra que este modo de proceder se ha extendido desde entonces, y ya ni el arte, ni la música, ni el matrimonio, por decir algo, son ajenos a esta corrupción lingüística.

Si hay algo que desasosiega en 1984, esta reconocida obra de Orwell que nos sirve hoy de pretexto, en mi opinión no es el Gran Hermano, ni el partido.  Es la capacidad para cambiar hechos, definiciones, la historia en sí misma.  Lo más preocupante de la obra de Orwell es que acierta en mostrar como grandes grupos de presión pueden cambiar no ya la historia, que también se reescríbelo en ocasiones, sino la misma naturaleza de las cosas:  el arte, la música, el bien y el mal, los masculino y lo femenino.

Pronto llegará el día que nos digan que XX y XY son quimera;  incluso podrán plantear operación de cromosomas.  ¿Me cambia una X por una Y?  ¿Podría incluirme una W?   ¿Habrían censurado al famoso autobús del eslogan de marras si en lugar de decir que los niños tienen pene hubieran dicho que los niños son XY?  Quizá quieran reescribir los libros de ciencia, como ya han conseguido transmutar lo que es música o arte.

Llegará el día que busquen operaciones transcromosómicas, para suprimir aquello que dicte el grupo.  ¿Idiotizarán a las masas para convencerla de que es mejor ser haploide?  Llegará el día que la ciencia permita convertir a quién lo desee en ave del paraíso, o en flor  de lis, o en gato, con una sencilla operación en el ADN.  Bastar cortar y reconstruir.  Cada uno será lo que desee.

Terrible camino el que nos dictan al amparo de lo políticamente correcto, consiguiendo que tener o no tener no sea ya la cuestión.


Are you ready?

febrero 27, 2017

Título:  Ready Player One.

Autor:  Ernest Cline.

Editorial:  Nova.

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En ocasiones varias he manifestado mi oposición a ciertas formas de arte y cultura, que aunque aclamadas por la crítica y el establishment, me parecen cualquier cosa menos arte humano.  Quizá una de las razones se deba a esa capacidad desmedida de algunos “artistas” para transgredir la norma, con el único propósito de salirse del terreno de juego buscando la novedad, y de los estudiosos, por ensanchar hasta el infinito el término que los une.  El siglo XX ha sido paradigma de lo anterior.

Pero también es cierto, que la cultura de masas me asquea.  Cuando el objetivo único es complacer a la marabunda, eliminando cualquier atisbo de alimento intelectual, de nuevo, el arte o cultura hace aguas y nos queda en ayunas.

Pues bien, el libro de hoy se inscribe en ese terreno de juego abonado para las masas; es un canto a la cultura Pop de los ochenta.  Pero no a la movida ochentera Madrileña, bien conocida por estos lares, y cuyos supervivientes aún se pasean, un poco entrado en años, por los escenarios del país.  Tampoco se ha fijado en movimientos pop surgidos en otras geografías, no.  El acierto del autor ha sido aquí dar con  el pegamento cultural que une ciudadanos de toda la sociedad occidental, y que precisamente nació en esa época:  los videojuegos.

Si algo distinguió a los jóvenes de los ochenta de todos sus predecesores, fue la posibilidad de utilizar por primera vez los computadores personales y videoconsolas.  De utilizar los videojuegos como una de las principales formas de ocio y relación.  Es fácil encontrar hoy conversación común en los videojuegos.

Hay que decir también que el cine de los ochenta también forma parte de la ruta seguida por el personaje de la obra, y son por tanto los videojuegos y el cine, quienes conectan y guían al lector a través del libro.

Una vez dicho esto, diremos lo demás: la obra entretendrá a lectores del perfil señalado, joven de los ochenta, videojugador y amante del cine.  Pero ahí acaba todo.  No busquemos literatura profunda, que no la hay.  No busquemos comparación con otros autores serios, ni de la ciencia ficción ni fuera de ella.  Nada que ver con Scot Card, Lovecraft o Asimov.  Aunque la novela haya sido ya adquirida por Spielberg para llevarla al cine, con un argumento muy factible para ese medio, y precisamente esto sea motivo de ventas, junto con el boca a boca que también funciona entre las masas, no pasará a la historia de la literatura ni el libro, ni su autor.

 

 

 


Héroes

noviembre 13, 2015

Título:  La invasión del mar.

Autor:  Julio Verne.

Editorial:  RBA.

En épocas de colonialismo, plantea Julio Verne en esta novela el problema técnico de convertir en mar parte del desierto del Sahara.  El transporte marítimo evitaría las peligrosas caravanas de la época.

Más allá de las posibilidades del asunto, que siempre en el caso de Verne dan para mucho, se trata aquí de analizar de nuevo el problema del desarrollo de un continente.

Cuando la novela fue publicada, todavía la vieja Europa dominaba África.  Entonces no se cuestionaba la autonomía de los países, y todo se perdonaba en aras del desarrollo económico propio, que a veces implicaba el del país dominando.  Pero el fin del colonialismo llevó a la autonomía y gobierno propio de cada territorio cuyas fronteras mal trazadas han generado no pocos de los problemas presentes hoy.  En esta nueva etapa, una pregunta persiste:  ¿Porqué la gran mayoría de países del tercer mundo no consiguen salir de su lamentable situación económica?

Alguna de las lecturas de posts pasados nos dan las claves, con las luchas ocultas del primer mundo para poder seguir dominando de algún modo sus antiguos territorios.  Pero aún solucionando este problema, harían falta héroes nacionales que en pro del bien común decidieran intentar acabar con el perverso sistema político corrupto que arraigó en la etapa post-colonial.  Sin héroes nacionales será imposible el cambio.  Todo país moderno cuenta con una larga serie de personajes imprescindibles que lucharon por su patria.  ¿Cuántos siglos hicieron falta a Europa para llegar a su estabilidad actual?  ¿Cuántos héroes nacionales?

En África tenemos a Mandela, y pare usted de contar.  No estaría de más que las a veces tristes historias de las invasiones, sirviera para estudiar el devenir histórico de las naciones prósperas, y el sacrificio de quienes fundaron las bases de su bienestar actual.  Es imposible cambiar y modernizar un pueblo por la fuerza, y con Irak nos basta como ejemplo.  El cambio debe nacer del convencimiento, y serán imprescindibles para ello muchos héroes y muchos años para lograrlo.


Aterrizando en el presente

octubre 26, 2015

Título:  El alma se apaga.

Autor:  Lajos Zilahy.

Editorial: Círculo de lectores.

Este título perfectamente olvidable, busca su trama narrativa en el encuentro del presente con el pasado, y en aquello que el protagonista experimenta al recordar sus vivencias en un lugar de encuentro.  Aunque no recomendaría el libro a nadie, sirve hoy para recordar una efeméride que ha sido mundialmente celebrada este mes de Octubre:  el viaje del Delorean al 21 de Octubre del presente.

Han sido muchos los artículos comentando las similitudes y diferencias entre lo que los guionistas pronosticaron a finales de los ochenta y el mundo de hoy.  Pero hay que agradecer al director, Robert Zemeckis, oscarizado por Forrest Gump, su intento por describir del modo más científico posible, consultando a Carl Sagan incluso, lo que entonces y hoy sigue siendo sólo ficción:  el viaje en el tiempo.

Viajar al pasado tiene su intríngulis, y no son pocas las paradojas temporales que pueden surgir. Múltiples soluciones han sido propuestas para evitarlas, como la de universos paralelos que van surgiendo y ramificándose cada vez que se produce un viaje al pasado, impidiendo así imposibilidades manifiestas en la historia; también hay científicos como Hawkins que han planteado conjeturas que evitan estos problemas, y que plantean que el viaje al pasado tiene un límite:  nunca se podrá ir más atrás del momento en que se inventa la máquina, razón demás por la que no hemos recibido aún visitas del futuro.

Pero quizá, y tal como sucede en otras áreas de la ciencia, los viajes en el tiempo pudieran clasificarse:  1.- aquellos que habiéndose producido ya forman parte de la historia que conocemos, y que permitirá el viaje hacia atrás provocando la historia que ya conocemos…  En definitiva, un ciclo estable. 2.- aquellos viajes que al producirse provocan un cambio en el hilo único de la historia que haría que nuestra memoria recordara algo diferente a lo que se ha producido, y que haría que nuestro presente no es en el que vivimos, y que los cambios producto del viaje provoquen un futuro diferente con un viaje al pasado que vuelve a cambiarlo, ad infinitum:  una historia inestable e imposible.  3.- viajes que hacen que el hilo de la historia se ramifique creando presentes alternativos infinitos.  El principio de economía de Occam parece estar en contra de esta posibilidad.  4.- La imposibilidad física de los viajes hace que el única historia posible es la que vivimos.   ¿Habrá alguna relación entre estos 4 modelos y los ya descritos para clasificar la complejidad de otros fenómenos físicos, como los que surgen en los autómatas celulares?

Aunque bien mirado, tan increíble como el viaje en el tiempo es la física cuántica, con sus múltiples historias simultáneas, y su gato vivo y muerto a la vez, inexplicable pero aceptado como mal menor.

No obstante, quien realmente se ha llevado esta pasada semana el gato al agua ha sido el presentador Jimmy Kimmel, en cuyo programa y en directo aterrizó el Delorean proveniente del pasado y aterrizando en el presente.  Para todos los amantes de la saga aquí está el vídeo que lo demuestra.


Paliza de Seguros

diciembre 30, 2013

Título:  El color de la magia.

Autor:  Terry Prachett.

Editorial: Debolsillo.

Alan Poe 1, Terry Prachett 0.

Asimov 1, Terry Prachett 0.

Terry Prachett 0, Lovecraft 1.

Mery Shelley 1, Terry Prachett 0.

Terry Prachett 0, Tolkien 1.

Lo siento, pero no veo por dónde cogerle, siendo lector asiduo de la ciencia ficción.  Lo único que me ha hecho cierta gracia del libro es la “paliza de canguros”, con la que el traductor español supongo que sigue el juego al original en inglés para cachondearse de los seguros.  Apuestas, según la descripción en el libro:  una compañía apuesta contra ti (y siempre gana) por eso de la estadística de los grandes números.  Las compañías ganan mucho dinero a cambio de que el público esté más tranquilo.  Y esto es en general así, e incluso te atienden, a veces, cuando les necesitas.  Pero no siempre.

Sin ir más lejos, y por una cuestión de fechas, Direct Seguros, se negó a reconocer que un seguro de automóvil estaba en vigor, aún habiendo recibido el pago del seguro (unos 40 días después del vencimiento, pero dentro de los seis meses en los que aún se tiene derecho al restablecimiento del mismo, según las condiciones generales del seguro).  Conclusión:  multa de tráfico, protesta del asegurado ante la compañía y …. “lo lamentamos mucho, pero no podemos reconocer que el seguro estuviera en vigor”.

Y la pregunta es:  ¿Por qué al cliente no le hacen caso y a la oficina del consumidor sí?  El asegurado, quien suscribe, interpuso una denuncia en la Oficina Municipal de Información al Consumidor, y en menos de 15 días le devolvieron el dinero y le abonaron el importe de la multa.  Total, más de 700€, que se dice pronto.

En el comercio tradicional, la máxima rige:  El cliente siempre tiene la razón.  Si el empresario se equivoca en el precio al marcar una prenda y el cliente quiere abonarla, nunca sucederá que le cobren el precio correcto.  El empresario asume la pérdida y se gana al cliente.   En los nuevos tiempos, el cliente nunca tiene la razón,  y a menos que entre en litigios, el empresario nunca reconocerá el error, ni dejará de ganar unos céntimos mientras pueda.

¿Qué hemos hecho en el mundo globalizado, los negocios telefónicos y las compras por internet para merecer tal castigo?  Afortunadamente no todas las empresas funcionan así, y quizá algunos empresarios modernos tuvieran abuelos en la tienda del barrio que sí estudiaron la sicología del cliente sin haber cursado en la universidad.

En fin, tomen nota y reclamen cuando lo necesiten.  No merecemos la paliza que de seguro nos dan muchas compañías que dicen preocuparse de nosotros.  Incluyendo las aseguradoras.


Misma mona

noviembre 16, 2012

Título:  La Isla de Hélice.

Autor:  Julio Verne.

Editorial:  RBA.

 

Esta novela absolutamente prescindible de Julio Verne es significativa hoy, cuando algunas autonomías Españolas repudian al resto.  La historia se repite.

Un cuarteto de músicos ambulantes, suerte de ellos cuando el público no tenía la opción de sustituirlos por sucedáneos enlatados, llegan cerca de  San Diego a una ciudad desconocida;  son invitados y, tras una estancia cortam descubren hayarse en una isla, capaz de navegar a su antonjo con sistemas propios de propulsión.

Más allá de la ficción, se descubre en la trama la eterna lucha de dos familias, que sin tener sangre real, emulan muy a las bravas los acontecimientos típicos de la historia Europea durante la formación de sus pueblos.  Desastre y punto final.  No desvelemos el poco misterio que tiene la obra.

Moraleja:  el espíritu humano en su más dañina expresión vuelve de nuevo a emular lo peor de sus líderes, la lucha por el poder y la tierra.  Si otro día hablamos de la hipócrita liberación sexual moderna, hoy toca el afán soberanista.  Los reyes luchaban por su poder, el pueblo elimina a los monarcas y vuelve a luchar por el poder.  República, Monarquía… Tanto monta.  Otros géneros, misma mona.

 


La tecnología del futuro

septiembre 22, 2012

Título:  El Fin de la Eternidad.

Autor:  Isaac Asimov.

Editorial:  Ediciones Martínez Roca.

Nadie sabe a ciencia cierta que pinta tiene la Eternidad.  Los creyentes confían en ella sin plantearse su principal problemática:  cómo evitar el aburrimiento con tanto tiempo por delante.  Pero hay que reconocer que en la España actual muchos se están entrenando:  piaras juveniles tomando el sol en los parques los días laborables, para llegar frescos a las noches sabáticas con subvención paterna;  fagocitadores incansables de engendros televisivos  que ideados por nuestros gobernantes sirven para drogar las neuronas e impedir un pensamiento crítico de la situación que vivimos.

Gran parte de la Ciencia Ficción hace revolverse al lector ante un panorama siniestro. Aparte de paradojas temporales bien servidas y aderezadas en esta obra, echa uno en falta un plan de pensiones futuro, algo que permita pensar en el siglo siguiente con tranquilidad.  Quizá falta a los autores fe:  fe en el género humano que permita una mejora auténtica de la humanidad;  y falta de fe en Dios que nos consuele en las llanuras eternas ante tanta incapacidad propia.

Ojalá que no lleguemos perder la fe y sigamos esforzándonos, ora et labora, por una mejor sociedad futura.