No me digan “ahorita no”

junio 28, 2017

Título:  Don Quijote de la Mancha.

Autor:  Miguel de Cervantes.

Editorial:  Planeta.

La última vez que leí este voluminoso ejemplar del Quijote, profusamente ilustrado por Mingote, fue allá por el 2005, antes de que este blog naciera.  Cada relectura del Quijote le aporta al lector múltiples experiencias y detalles que antes pasó por alto.  Y hoy me quedo con uno, asociado al uso del lenguaje.

La primera vez que hice una estancia prolongada en México fue en Ensenada, Baja California.  Mis amigos de allá me sorprendían con frecuencia al utilizar el vocabulario de un modo particular.  No sólo era que ciertas palabras no se usan en estos lares, sino que a veces, un uso diferente crea situaciones cómicas.  Así, me costó comprobar, por ejemplo, que el “Ahorita” de ellos, se refiere en realidad a un momento indeterminado del futuro.  Así cuando la madre reconviene al hijo para que haga una tarea, el niño remolón contesta con el “Ahorita lo hago”, que provoca el habitual cabreo al postponer para un futuro indeterminado la mencionada tarea.  Igualmente cuando al paseante de turno le ofrecen un producto en venta callejera, habitualmente responde el posible comprador “Ahorita no”, lo que en el fondo significa “ni ahora ni nunca”, aunque con una particular diplomacia.

Ahora bien, lo que más extrañeza me causó, fue la respuesta materna al “ahorita” del joven vago:  “lo haces luego luego”.  Y la sorpresa viene por el uso reiterativo del “luego”, más indefinido aún para un castellano, cuya reiteración abunda en la indeterminación.  Muy al contrario, para ellos significa algo así como “ahora mismo”.  Pues bien, entendida la construcción, desde entonces me preguntaba de dónde surgió, y aquí llegamos a Cervantes.  Porque en su Quijote, son al menos dos o tres veces las que aparece la construcción “luego luego” en boca de algún personaje.

Les dejo como tarea, volver a disfrutar con la lectura, y encontrar quién y porqué usa “luego luego”.

Y no me digan “ahorita no”.


Una de piratas.

diciembre 28, 2016

Título:  Bolsa de viaje.

Autor:  Julio Verne.

Editorial:  RBA.

Con la excusa de un premio a los mejores estudiantes, cosa cada vez menos habitual en nuestro moderno sistema educativo, aprovecha Julio Verne para presentarnos un viaje a las Antillas interceptado por una banda de piratas.

El término pirata, según los diccionarios más extendidos, se asocia con el robo, aunque en época de bucaneros y filibusteros, incluía entre los delitos practicados el asesinato y otras lindezas.  Conocemos piratas de esta índole en la actualidad, pero son más los que actualmente asocian el término a la industria tecnológica, y el pirata es así habitualmente descrito como el que practica el robo de datos, ya sea por cuestiones monetarias o de disfrute personal.  Pero no siempre fue así. De hecho convendría distinguir el término hacker, acuñado a finales de los 70 por el de pirata.

El hacker se inició como el paria que lucha por sus derechos en un mundo dominado por las grandes corporaciones;  cuando éstas negaban información importante a los programadores, estos se veían abocados a la ingeniería inversa para extraer de los dispositivos lo que sus fabricantes les negaban.  Además, un sentimiento de hermandad permitía luego compartir esos datos, y ahí surgían los conflictos con el establishment:  unos outsiders podían construir lo que hasta el momento solamente el fabricante suministraba.

Estas luchas de poder, que se iniciaron quizá por razones moralmente aceptables, devinieron en lo que hoy conocemos:  aunque siguen existiendo estos hackers de guante blanco sin fines lucrativos cuyo objetivo es aprender y compartir conocimientos, son muchos más los que buscan con su conocimiento sacar tajada caiga quien caiga.  Aquí como en tantos otros ámbitos, es el uso que se hace del conocimiento el que determina su bondad.

Así que no tenga miedo de ser un hacker;  Tema más bien caer en el “lado oscuro”.


Sobre zánganos y obreros

octubre 31, 2016

Título:  La colmena.

Autor:  Camilo J. Cela.

Editorial:  Espasa.

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Nos explicaban en la escuela que una colmena es una comunidad,  dominada por una reina,  en la que todos los componentes trabajan por el bien común de la misma.   Cada ejemplo de insecto social sigue,  más o menos,  el patrón,  sean abejas,  avispas,  termitas,  hormigas…

Pero la colmena de Cela,  si bien  integrada por una numerosa colectividad,  describe un panorama algo menos regular,  más holgazán,  tirando a sórdido.   Comenzando por el que huye del café ahorrando el pago,  el “sinpa” que diría hoy la juventud,  Cela nos ofrece un tejido social deshilachado,  en el que el bien común es el concepto olvidado,  y el beneficio propio,  salvo excepciones poco honrosas,  todo sea dicho cuando el fin no justifica los medios,  es el principio vertebrador del laboratorio humano.

Los rotos y descosidos sociales se manifiestan de forma múltiple:  rufianes, golfos,  usureros,  chicas dadas a la vida,  infieles empedernidos…  de todo hay en esta lamentable colectividad humana. Una pena que un retrato más bondadoso, de aquellos que como las hormigas obreras lucha cada día por el bien de sus familias,  no venda.

También hoy tenemos chulos,  golfos,  prostitutas,  ladrones,  asesinos,  y rufianes,  pero afortunadamente parecen minoría,  y nuestras calles y barrios discurren habitualmente con diligencia, y el trabajo honrado de sus gentes permite superar las crisis que nos afectan.

Sirva esta colmena para constatar que ayer como hoy,  el esfuerzo personal de cada uno ayudará a mitigar el descalabro que ocasionan los zánganos infiltrados en cada estrato social.


Una vez en la vida

agosto 12, 2016

Título:  La Biblia de nuestro pueblo.

Autor:  Varios.

Editorial:  Loyola.

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Hace ya varias décadas, visitando una de las muchas iglesias que jalonan el casco antiguo gaditano, un señor que actuaba como guía en sus horas de ocio, apoyaba la validez de sus comentarios en los conocimientos adquiridos al leer hasta 7 veces la biblia.  Supongo que el 7 actuaba allí como símbolo de la exageración y perfección del personaje, pero fueran 3 ó 7, la cultura bíblica de entonces se echa en falta hoy en cualquier programa televisivo basado en preguntas de conocimiento general.  Basta preguntar quién era el padre de Jacob, para que alguno de los nuevos sabios de las ondas, con cientos de programas a sus espaldas quede noqueado súbitamente.  Seguramente el señor de Cádiz, con sus siete recorridos bíblicos, podría echar una mano a estos jóvenes a los que falta leer el libro más editado en la historia.

El asombro que me produjo semejante ejercicio bíblico nunca lo he olvidado;  y acompañado de los elogios que en su día dedicaba la profesora de literatura, que por el porte y circunstancias bien pudiera ser atea, a algunos textos testamentarios, han sido algunos de los elementos que me han impulsado a una lectura completa.

Esta edición “para el pueblo” es notable en su cercanía al público de hoy, con una magníficas introducciones y contextualizaciones históricas, que permiten al lector descubrir cuales de los libros tienen tintes históricos, sapienciales, morales o evangélicos.  Dos mil páginas en 7 meses.  Esa ha sido la cuenta.  Pero en el camino ha habido mucha visita a episodios conocidos, algunos descubrimientos interesantes, y sobre todo, al final, vuelta a releer un mensaje diferente al que pueda el lector encontrar en cualquier otro libro.

Sirva este post para recomendar este ejercicio imprescindible:  leer la Biblia al menos una vez en la vida, ya sea para conocer algunos hechos que modelaron nuestra cultura, hoy que parece que un tsunami procedente del Islam quiere barrer Europa; o para deleitarnos en la calidad literaria de algunos de sus libros;  incluso quién sabe si puede servirnos esta lectura para descubrir una nueva manera de ver la vida.

 

 


Burlarse del pueblo.

abril 27, 2016

Título:  La Señorita de Trevélez.

Autor:  Carlos Arniches.

Editorial:  Salvat.

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Arniches tejió una tragicomedia que bien podría ser metáfora de la situación política de España.

A costa de una poco agraciada señorita entrada en años, una camarilla de golfos trama la burla del enamorado que pretende a la sirvienta de la primera.  Los amiguetes de marras tejen la broma sin sospechar que el hermano de la víctima inocente, toma parte en el equívoco, prolongando y aumentando el posterior sufrimiento del burlado que por no dar el disgusto mayúsculo no sabe como salir del embrollo, y finalmente retado en duelo, acaba por confesar su amor verdadero, dejando a la señorita de Trevélez en una lamentable situación de desamparo y desaliento, al vislumbrar la realidad que durante tantos años ha tratado de esquivar con un autoengaño complaciente:  a nadie importa su destino.

El sociedad española siente hoy en sus carnes la burla y desprecio que ocultan habitualmente los políticos de profesión, que muy políticamente eluden mostrar su naturaleza verdadera para continuar disfrutando el convite del cargo, pero que en estos cuatro meses por fin han manifestado a las claras:  su incapacidad manifiesta para preocuparse del bien del pueblo español.

Esperemos por el bien de todos, que esta novedad desgraciada pase a la historia como catarsis para una venturosa nueva era en España.

 


Jarabe de Ley

marzo 5, 2016

Título:  El Caballero del Hongo Gris.

Autor:  R. Gómez de la Serna.

Editorial:  Salvat.

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En su caballero del hongo grís, Gómez de la Serna nos presenta al prototipo de Español triunfador: con suerte en la vida y gracia para los negocios, usa sus dotes naturales para el engaño y la estafa.

Quién nos iba a decir que aunque el sombrero de hongo cayera en desuso, las malas artes para el beneficio propio serían más actuales que nunca.  La corrupción domina hoy el panorama, y cada cual busca su nuevo amuleto:  a falta de sombrero, bien vale una presidencia, un escaño, alcaldía o lo que se tercie, un carguito que diría Galdós, para ponerse el mundo por montera.

Pero la esperanza de una ciudadanía más consciente y atenta permite hoy lo que en otros tiempos ni soñábamos:  desfile de líderes por tribunales anticorrupción.

Ojalá que superemos esta enfermedad con un buen jarabe de ley.

 

 


Explotando a los hijos

enero 23, 2016

Título:  Almacén de antigüedades.

Autor: Charles Dickens.

Editorial:  Club Internacional del Libro.

1979, BBC

Dickens siempre mostró especial sensibilidad por la infancia.  Sus muy conocidas Oliver Twist o Grandes Esperanzas, muestran las andanzas juveniles de unos protagonistas cuyas fortuitas desventuras o suerte al acecho, según el caso, marcan una vida llena de alegrías o miserias, estas últimas más frecuentes.

Almacén de antigüedades, no por menos conocida, deja de sustraerse a la fórmula, y en un siglo en que una asentada revolución industrial aún mal entendida, creaba masas de pobreza, la joven protagonista es explotada por un anciano sin escrúpulos.  Todo con el más perfecto decoro y tono apto para todos los públicos, sin mancillar su honra pero ejerciendo la mendicidad en su justa medida.

En países que tratan de liberarse del fango de la pobreza, y elevarse con trabajo para alcanzar un desarrollo razonable, los hijos fueron elemento vital de ayuda.  En la España rural de los cincuenta y sesenta, los jóvenes, una vez terminada su instrucción básica, en su incipiente adolescencia, pasaban a formar parte de la cuadrilla familiar, colaborando en el sustento y progreso de la misma, que aparejaba a la vez el de su país.  Y aunque hoy no entenderíamos que a tan tierna edad comenzara la vida laboral de cualquier español, las carencias y sufrimientos de la época justificaban esta norma social.  Pero de ahí a la mendicidad hay un trecho, y tanto entonces como ahora, causaba perplejidad y asco, ver en la puerta de una iglesia una joven de cualquier minoría étnica, que las había entonces y las hay ahora, cuyo único negocio era parir hijos para exhibirlos sin pudor al son de la calderilla removida en un cuenco de porcelana, mientras entonaba el eterno soniquete:  “una moneda, señora”.  La proclive fertilidad de las ninfas, ofertaba al viandante una cara infantil nueva cada año;  qué bien conocían ellas el negocio:  el mozo imberbe siempre renta menos que el harapiento niño de teta.

Hoy, a Dios gracias, y al esfuerzo de muchas generaciones de españoles, cada vez hay menos de esto, al menos con pasaporte patrio.  Son más lo inmigrantes que prosiguen este negocio de la mendicidad pariendo y mostrando.  Que el niño en casa no produce, ni en la guardería, ni en el colegio.  Mejor que se vea.  ¿Hay mayor delito de explotación infantil?

Pues sí que lo hay.  Y aunque es imperdonable, todavía habrá quienes piensen en la pobreza que padecen las que amamantan en las puertas de las iglesias;  la falta de educación, cultura y muchas otras conquistas sociales de nuestro siglo, servirá a muchos para justificar lo injustificable.  Pero ¿Qué hacemos hoy con aquella otra, que con dineros, cultura, guarderías, trabajo, … , en beneficio propio y de su partido muestra al infante y le da la teta delante de los focos sentada en su escaño del congreso de los diputados?

Que Dios nos coja confesados, como diría el castizo, si semejantes ejemplares deben llevar el rumbo de la política del país.  Que ya nos avisaba Don Quijote:  “Cosas verdes amigo Sancho”;  y ¡qué cosas!.