Jazzlessnígenas

abril 7, 2017

Título:  Jazz Instruments.

Autor: Peter Bölke.

Editorial:  Ear Books.

En otra ocasión hablamos de cómo un buen disco o película, complementado con texto que le haga justicia y descubra sus secretos, es dos veces bueno.

Esta especie de audio-libro, que no es tal, permite al lector conocer algunos de los protagonistas de la historia del jazz, agrupados por instrumentos, a la vez que escuchar grabaciones memorables.  Si bien las recopilaciones sonoras dicen que no son la mejor forma de conocer un estilo, y siempre es preferible escuchar los discos tal como se editaron, creo que libros como éste, con 8 CDs que lo acompañan, cada uno dedicado a un instrumento, tampoco debe ser desdeñado, y sería objeto de salvación en la biblioteca de algún loco del jazz aventurado a salvar el mundo de la música actual, que fuera puesta en cuarentena, tal como en nuestro célebre quijote, por algún buen curador musical.

Podemos así encontrar en el primer CD, el dedicado a la trompeta, desde Swahili con Clark Terry hasta Autumn in New York interpretado por Chet Baker;  Doxy de Miles o Night in Tunisia de Lee Morgan, pasando por I Know that you Know con Gillespie, Sonny Rollins y Sitts o Royal Garden Blues de Louis Amstrong.  La selección de estándar y autores no tiene desperdicio, y para cualquier alienígena que aterrize en el planeta del jazz, le permitirá tener una visión del camino que los mejores representantes del estilo trazaron en el pasado siglo.

Igualmente se acompaña el libro con 2 CDs de Saxo, agrupando en uno tenor y alto y en el otro barítono y soprano, con artistas como Mulligan, Parker, Coltrane, Hodges, Bechet, Hawkins, Berry, Webster, Gordon, Getz; que se yo, todo una plétora.

Igualmente tenemos CDs con Clarinete, Trombone, Piano, Bajo y Guitarra y finalmente percusión.  Prueben a pensar en alguno de los grandes, y lo tendremos:  Goodman, Bassie, Ellington, Evans, Christian…

En fin, un libro para disfrutar leyendo y escuchando, y buen regalo para cualquier JazzLessnígena o terrícola pop-alienado.

Y ya puestos, aquí dejamos como banda sonora de este post a uno de los escogidos Clark Terry interpretando StartDust en esta ocasión.

 


Tener y no tener, esa no es la cuestión.

marzo 4, 2017

Título:  1984.

Autor:  George Orwell.

Editorial:  RBA.

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Algunas frases son tan directas, sencillas y claras, que han pasado de la literatura o el cine al acervo popular como por arte de magia.  El “Ser o no ser” de Skespeare en Hamlet, que desafía la duda existencial;  o el “Tener y no tener” de Hemingway llevado al cine con maestría por Hawks, título que apela a corazón del capitalismo con la misma escasez de recursos, pero lógica aplastante que el ser o no ser de Hamlet.

Pues también ésta nueva cuestión, la del “tener o no tener” se dirime hoy en la realidad desnuda de la calle; y en sus autobuses.

Es lamentable que podamos utilizar una misma etiqueta, música, para calificar los trabajos de Mozart, Brahms y a la vez para el ruido blanco, sonidos aleatorios o seriales, y cualquier otro resultado del movimiento ondulante de los átomos de la materia.  Los esquimales utilizan más de veinte términos distintos para referirse a lo que para nosotros no es más que nieve, por razones evidentes:  su supervivencia depende de una correcta indentificación de la calidad de la misma y sus características en el ambiente.  Lo que por estos lares es algo anecdótico, una nevada, es de vital importancia para su día a día.  La simplificación del término en nuestra latitud es producto de su falta de relevancia.  ¿Será que para muchos críticos y aduladores, la música no importa nada, y lo único relevante es el engaño colectivo que les permite ganarse la vida?

No sólo en la música sucede tan pernicioso efecto.  Los museos de arte contemporáneo incluyen basura en sus exposiciones temporales.  Han conseguido al fin el arte supremo de vender basura a precio de oro.  Arte y crítica se alían para sacar tajada del Tener y no tener.

Esta lamentable falta de ética llega a su culmen aupada por grupos de presión que consiguen marginar entre lo políticamente incorrecto a los que defienden la importancia del vocabulario, llamando a las cosas lo que son.

Decía Swift en los viajes de Gulliver que los abogados eran los profesionales reconocidos por su capacidad de decir que lo blanco era negro y lo negro blanco;  no sólo decirlo, sino demostrarlo ante tribunal, y ganar dinero con ello.  Pero la realidad tozuda nos demuestra que este modo de proceder se ha extendido desde entonces, y ya ni el arte, ni la música, ni el matrimonio, por decir algo, son ajenos a esta corrupción lingüística.

Si hay algo que desasosiega en 1984, esta reconocida obra de Orwell que nos sirve hoy de pretexto, en mi opinión no es el Gran Hermano, ni el partido.  Es la capacidad para cambiar hechos, definiciones, la historia en sí misma.  Lo más preocupante de la obra de Orwell es que acierta en mostrar como grandes grupos de presión pueden cambiar no ya la historia, que también se reescríbelo en ocasiones, sino la misma naturaleza de las cosas:  el arte, la música, el bien y el mal, los masculino y lo femenino.

Pronto llegará el día que nos digan que XX y XY son quimera;  incluso podrán plantear operación de cromosomas.  ¿Me cambia una X por una Y?  ¿Podría incluirme una W?   ¿Habrían censurado al famoso autobús del eslogan de marras si en lugar de decir que los niños tienen pene hubieran dicho que los niños son XY?  Quizá quieran reescribir los libros de ciencia, como ya han conseguido transmutar lo que es música o arte.

Llegará el día que busquen operaciones transcromosómicas, para suprimir aquello que dicte el grupo.  ¿Idiotizarán a las masas para convencerla de que es mejor ser haploide?  Llegará el día que la ciencia permita convertir a quién lo desee en ave del paraíso, o en flor  de lis, o en gato, con una sencilla operación en el ADN.  Bastar cortar y reconstruir.  Cada uno será lo que desee.

Terrible camino el que nos dictan al amparo de lo políticamente correcto, consiguiendo que tener o no tener no sea ya la cuestión.


Are you ready?

febrero 27, 2017

Título:  Ready Player One.

Autor:  Ernest Cline.

Editorial:  Nova.

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En ocasiones varias he manifestado mi oposición a ciertas formas de arte y cultura, que aunque aclamadas por la crítica y el establishment, me parecen cualquier cosa menos arte humano.  Quizá una de las razones se deba a esa capacidad desmedida de algunos “artistas” para transgredir la norma, con el único propósito de salirse del terreno de juego buscando la novedad, y de los estudiosos, por ensanchar hasta el infinito el término que los une.  El siglo XX ha sido paradigma de lo anterior.

Pero también es cierto, que la cultura de masas me asquea.  Cuando el objetivo único es complacer a la marabunda, eliminando cualquier atisbo de alimento intelectual, de nuevo, el arte o cultura hace aguas y nos queda en ayunas.

Pues bien, el libro de hoy se inscribe en ese terreno de juego abonado para las masas; es un canto a la cultura Pop de los ochenta.  Pero no a la movida ochentera Madrileña, bien conocida por estos lares, y cuyos supervivientes aún se pasean, un poco entrado en años, por los escenarios del país.  Tampoco se ha fijado en movimientos pop surgidos en otras geografías, no.  El acierto del autor ha sido aquí dar con  el pegamento cultural que une ciudadanos de toda la sociedad occidental, y que precisamente nació en esa época:  los videojuegos.

Si algo distinguió a los jóvenes de los ochenta de todos sus predecesores, fue la posibilidad de utilizar por primera vez los computadores personales y videoconsolas.  De utilizar los videojuegos como una de las principales formas de ocio y relación.  Es fácil encontrar hoy conversación común en los videojuegos.

Hay que decir también que el cine de los ochenta también forma parte de la ruta seguida por el personaje de la obra, y son por tanto los videojuegos y el cine, quienes conectan y guían al lector a través del libro.

Una vez dicho esto, diremos lo demás: la obra entretendrá a lectores del perfil señalado, joven de los ochenta, videojugador y amante del cine.  Pero ahí acaba todo.  No busquemos literatura profunda, que no la hay.  No busquemos comparación con otros autores serios, ni de la ciencia ficción ni fuera de ella.  Nada que ver con Scot Card, Lovecraft o Asimov.  Aunque la novela haya sido ya adquirida por Spielberg para llevarla al cine, con un argumento muy factible para ese medio, y precisamente esto sea motivo de ventas, junto con el boca a boca que también funciona entre las masas, no pasará a la historia de la literatura ni el libro, ni su autor.

 

 

 


Convivencia

febrero 11, 2017

Título:  El Mozárabe.

Autor:  Jesús Sánchez Adalid.

Editorial:  Ediciones B.

El mozárabe es un libro para leerlo de un tirón, con un hilo argumental que no da tregua, y que permite al lector no sólo disfrutar de la lectura, sino entender lo que para muchos hoy es imposible.

Leíamos recientemente en las portadas de los periódicos que España sigue en el punto de mira de los islamista radicales.   Muchos no quieren recordar que hubo otros tiempos en los que la convivencia entre religiones era posible, y la historia del mozárabe precisamente nos cuenta que la cultura del califa gobernante permitió la colaboración pacífica entre musulmanes y cristianos hace ya unos cuantos siglos.

Hace así Adalid en este libro un ejercicio de repaso histórico -por cierto complementado por el propio autor con unas interesantes notas al final del volumen- en el que contrapone educación, cultura, libros, bibliotecas, tolerancia, colaboración entre religiones, con el arte de la guerra y el odio entre las mismas.

Hizo Almanzor bandera del odio, y parace que ese fue el ejemplo que hoy emulan algunos:  no sólo el ISIS, basta echar un ojo a Israel para conocer el aprecio que tienen a sus vecinos árabes.

El consuelo es que el número de guerras ha descendido progresivamente a medida que la historia avanza.  La tragedia, que la tecnología permite acumular más muertos con menos guerras.

Ojalá que libros como este sirva a muchos para saber que la convivencia pacífica es posible hoy como lo fue ayer.

 


Fe en la ciencia.

enero 18, 2017

Título:  El volcán de oro.

Autor:  Julio Verne.

Editorial:  RBA Editores.

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Aprovecha Julio Verne la fiebre del oro, para montar la historia de unos buscadores en pos de lo imposible:  un volcán que mana oro.  Historia ágil con final feliz que deja finalmente a un lado la quimera del volcán para dar paso al más tradicional oficio de zaranda en el río.

Qué tendrá este elemento químico, tan perseguido desde la antigua alquimia.  Hubo un tiempo en que la falta de conocimiento alentaba a los alquimistas en su búsqueda de la reacción perfecta.  Pretendían éstos emular a los modernos “cocineros” que son capaces de generar en los laboratorios drogas artificiales.

Pero no.  Finalmente la persistencia permitió entender a los científicos, que el oro, como otros elementos simples, no pueden generarse mediante mezcolanza alguna.  La Física y la Química triunfaron, y el intelecto humano avanzó de su mano.

Cosa bien distinta a otras áreas notables de la ciencia, en la que la experimentación y posterior generación del marco teórico, aunque han servido para entender lo que muestra la realidad en que vivimos, ayuda bien poco a entenderla.  Un ejemplo:  una reciente encuesta entre los físicos muestra que estos no entienden la física cuántica, aunque sus ecuaciones les permiten utilizar sus efectos, y quién sabe si toda la ciencia del futuro dependa de sus cualidades.  Ya lo decía el propio Feyman.  Tal es así, que mucho renuncian a entenderla.

Otro ejemplo:  la incompletitud de las mátematicas.  Fue Gödel quien destronó a las matemáticas como cumbre del saber humano, demostrando que ni son completas ni nunca lo serán.  Siempre requerirán de axiomas o verdades externas que le ayuden a completar de lo que carecen.  Pero cada nuevo axioma, abrirá un nuevo espacio de incompletitud, que requerirá nuevas verdades, y así ad infinitum.

Resulta pues, que la ciencia aquí converge con la fe:  los propios físicos descubren área que no sólo reconocen como misteriosas, sino a cuyo conocimiento profundo renuncian por imposible.  Se convierten así los científicos en hombres de fe, y dan la mano a los que también utilizan la fe, con otra perspectiva, para entender este mundo que habitamos.

 


Los intermediarios.

enero 1, 2017

Título:  Jazz.

Autor:  Winton Marsalis, Geoffrey C. Ward.

Editorial:  Paidos Ibérica.

Que los líderes actuales del Jazz traten de contar su experiencia de un modo inspirador para las nuevas generaciones no tiene precio.  Tiene mérito que Marsalis trate de dirigirse a las nuevas generaciones contando su experiencia, sus errores, y su modo de ver la vida a través de un caleidoscópico cristal:  el del Jazz.  Y aunque no aspire Marsalis a nobel de literatura, el esfuerzo merece elogio.  Pero hay una segunda reflexión al hilo de esta obra.  Vamos por partes.

Hace ya años, tuve ocasión de compartir con un catedrático de universidad, mi punto de vista sobre las traducciones de literatura especializada.  Este profesor, dedicaba parte de su tiempo a traducir obras del inglés, que se vendía con facilidad por ser obras de refencia en ingenierías técnicas.  Personalmente prefiero siempre el original, que por otra parte ayuda a mejorar las competencias lingüísticas en otro idioma, y así se lo decía; y es lo que algunos de mis alumnos podrán confirmar con desgana.  Pero este catedrático me decía que los emolumentos obtenidos eran un buen complemento cuando aún era titular de universidad.  El dinero, siempre el dinero, aunque debo reconocer que nadie mejor que un experto para traducir una obra de su área.

¿Y todo esto porqué?  Porque no es de recibo, que ponga el traductor en boca de Marsalis, que Coltrane todaba la trompeta, más aún cuando el traductor de marras se permite añadir “notas de traductor” para aderezar los contenidos.  Más valdría un experto en Jazz, o aficionado avanzado con un aceptable nivel de inglés, que un filólogo que no se preocupa de informarse.  Pondría mi mano en el fuego a que fue “horn” lo que motivó el equívoco.  Basta haber leído literatura de jazz en “versión original” para entender las expresiones.

En fin, una pena que sucedan estas cosas, y que probablemente Marsalis ni siquiera sepa lo que sucede con su obra en otros idiomas, por culpa de los intermediarios.  En fin, trataremos de ponerle remedio.

 

 


Su sitio.

diciembre 31, 2016

Título:  La Ciudad de los Prodigios.

Autor:  Eduardo Mendoza.

Editorial:  Seix Barral.

Aunque sabía del autor, conocía su existencia, no había tenido aún oportunidad de leerle.  El reciente premio Cervantes fue la excusa necesaria.

Mendoza tiene una prosa fluida y una capacidad narrativa que permite con facilidad al lector entrar en la trama.  El hecho de utilizar paisaje urbano patrio e historias tejidas al hilo de acontecimientos notables -como son en este caso sendas exposiciones universales celebradas en Barcelona- ayudan a conocer más de cerca nuestra historia reciente.

Dicho esto, tengo que reconocer que prefiero a Galdós o Delibes.  Estilos aparte, que ya son algo, personalmente entiendo que la distancia es un extra:  los casi doscientos años que nos separan de las historias recogidas en los Episodios Nacionales nos acercan a un vocabulario y una estética que  sorprende en cada relato.

Creo que toda la crítica esta de acuerdo en el Cervantes de este año -quizá no tanto con el Nobel-, pero por mi parte dejaré pasar un poco el tiempo para Mendoza,  y adquiera así solera, y un mucho para Bob Dylan -hasta que para bien o para mal, haya acuerdo sobre su poesía.  El tiempo siempre pone las cosas, los escritos y sus autores, en su sitio.