Volando alto

septiembre 18, 2015

Título:  Aeropuerto.

Autor:  Arthur Hailey.

Editorial:  Círculo de lectores.

Podríamos decir que Hailey fue un Crichon de los setenta y ochenta, autor de éxito, con bestsellers tan conocidos como Hotel o Aeropuerto.

Aeropuerto es una perfecta lectura veraniega, que permite engancharse y conocer la dinámica de los grandes “hubs”, la intrahistoria oculta que los viajeros ni siquiera perciben,  aderezada con dramas personales de mayor o menor calado.  Y entre este tapiz humano cuyo telón de fondo es el negocio aéreo, curiosamente destaca una historia que probablemente carezca de trascendencia para muchos lectores, pero que pone el dedo en la llaga en un tema siempre de actualidad:  el aborto.

Hailey se tomó en serio su trabajo:  describir con precisión el trasfondo de un aeropuerto importante.  Pasó tres años recabando información, y ese trabajo se nota:  la logísitica aeroportuaria, el control aéreo, la dinámica de los vuelos y su tripulación, la gestión de catástrofes,…  todo queda reflejado y al día, y la novela sirve no sólo para pasar un rato entretenido, sino para conocer detalles que de otro modo quedan ocultos.

Pero además de esto, refleja Hailey la relaciones personales entre pilotos y tripulación, trasladando al lector una visión triste:  la estadística abultada de abortos y adopciones que ponen el punto y final a la aventuras frecuentes entre compañeros de viaje.   Pero Hailey da un paso más en terreno tan escabroso, y al contrario que en cuestiones técnicas, pone en palabras de un personaje secundario su visión sobre lo que considera un terrible final para una vida humana, evitando argumentos religiosos:  “Para creer en la ética humana, no hay necesidad de tener religión”.

Es una suerte que todavía haya autores con capacidad de raciocinio, más aún cuando escriben novelas para el gran público.  Hoy día basta ser nacionalista para oponerse a la fiesta nacional, y declararse ateo para posicionarse a favor del aborto.  Pocos defienden con razones sus posiciones, y prefieren simplemente rechazar lo que sus opositores aplauden.

Una pena que una visión tan miope impida a muchos volar más alto.


El Príncipe y el Mendigo

marzo 20, 2009

Título: El Príncipe Destronado

Autor:  Miguel Delibes

Editorial:  Galaxia Gutemberg

Francamente, hacía años que no me reía a mandíbula batiente leyendo un libro.  Creo que la última vez me ocurrió en el año 2005, cuando coincidiendo con la celebración del aniversario de la primera publicación de El Quijote, decidí releer lo que en otro tiempo fue una imposición del bachillerato.

Aventuras como los infortunios del buen Alonso Quijano cuando era saludado con peladillas aventadas con tino contra su mandíbula, provocando la perdida de incisivos y molares, o los efectos del famoso bálsamo del Fierabrás, me provocaban entonces sonoras carcajadas.

Creo que desde ese año, 2005, no reía tanto con un libro.  Hasta la fecha:  el príncipe destronado, con su peculiar naturalidad al presentar nimias situaciones de un niño que descubre como su puesto de benjamín es usurpado por un nuevo miembro en la familia, provoca desternillantes aventuras. Es una pena que no siempre las circunstancias y hechos relacionados con la infancia sean tan festivos, y los príncipes o reyes de la creación sean en ocasiones considerados mendigos y tratados como despojos.

Sin ir más lejos, vivimos estos días una polémica situación generada por una propuesta de cambio en las leyes que inmediatamente recuerda situaciones pasadas y que nos hacen conscientes de la debilidad infantil.

La matanza de los inocentes

La matanza de los inocentes

El manifiesto de los 1000 lleva camino de convertirse en documento de muchos más.  En dicho documento, científicos destacados abogan por el derecho a la vida desde el momento de la concepción.  Parece razonable la argumentación científica, que sin llegar tan lejos al concepto de Gen Egoísta de Dawkins -cuyo principio básico es que lo importante serían los Genes, y no las personas que lo transportan- , plantea en el fondo cómo el número de células de una persona no debe decidir su derecho a la vida.

En otras épocas hubo leyes promulgadas que provocaron matanzas de inocentes, véase Herodes, por ejemplo, o el pueblo espartano con su profilaxis extrema;  o más cercano en la historia, las normativas eugenésicas tan positivamente consideradas por ciertos sectores sociales, y que a la postre han sido calificadas como aberraciones de los sistemas socio-económicos presentes en ciertos momentos históricos.

Aquiles y la tortuga

Aquiles y la tortuga

La difícil cuestión sobre el derecho al aborto, y el concepto cualitativo de qué es realmente una persona, y su derecho a vivir, me recuerda la Paradoja de Zenón, cuyos protagonistas fueron Aquiles y una tortuga.  Vamos con el cuento.

Resulta que un buen día decide Aquiles competir en carrera con una tortuga.  Para que tan dispar concurso sea más equitativo, la tortuga parte con unos metros de ventaja.  Y he aquí la cuestión:  Al correr Aquiles la mitad de la distancia que le resta para alcanzar a la tortuga, ésta a su vez avanza lenta pero segura, incrementando un trecho el camino a recorrer.  Cuando Aquiles consigue superar la mitad de la distancia que le resta (mitad de la inicial más la mitad del pequeño trecho que avanzó la tortuga), de nuevo vuelve la tortuga a transitar diligente un nuevo espacio.  Y Aquiles, que continúa su carrera incansable, avanza la mitad de la distancia restante, con nuevo avance de la tortuga….  Así hasta el infinito, lo que en resumen nos plantea que Aquiles nunca alcanzará la tortuga, y esto es obviamente paradójico al comparar la velocidad de Aquiles y la del reptil.

Todo el mundo en sus cabales sabe, sin embargo, que en una carrera real, Aquiles siempre ganaría, y la paradoja se esfumaría tan rápidamente como Aquiles diera caza a la tortuga.  Bien mirado, otro tanto sucede con el aborto.  Porque a la pregunta sobre si el infante recién nacido es o no la misma persona que parte de una célula fecundada, -cuestión que debería hacer reconsiderar argumentos pro-aborto- podemos aplicar el cuento.  A muchos les gustará decir que no hay tal, que la célula inicial no es persona, y que el posible infante recién nacido, considerando su progreso hacia atrás en el tiempo, obviamente es persona justo antes de nacer, y quizá un día antes.  Pero tal como la tortuga, esa marcha atrás en el tiempo implica cambios sustanciales en su constitución, que hacen que se vaya alejando inexorable del concepto de persona que entendemos.  Y si seguimos avanzando día a día atrás en el tiempo, aunque la diferencia de un día a otro no impida calificarle de persona, en el límite del tiempo, en el infinito, o en este caso nueve meses atrás, tal como le sucedía aquiles con la tortuga, lo que allí hubiera o hubiese no es persona, y por tanto carece de lo necesario para que su destrucción conculque cualquier derecho a la vida.  Voto a tal.

Pues craso error:  no hace falta ser un lince para saber, que igual que Aquiles ciertamente alcanzaría la tortuga, en el caso en cuestión el proyectado futuro infante, o príncipe  -como en el libro de Delibes- seguirá siendo la misma persona al principio de su vida, con una, dos o más células, y el aborto no hace más que destronarle de la herencia que los padres le han otorgado, barriéndolo así de la sociedad, cual mendigo infecto.

¿Qué pensarán nuestras futuras generaciones de estas leyes que justifican tan concienzudamente las generaciones actuales?