Are you ready?

febrero 27, 2017

Título:  Ready Player One.

Autor:  Ernest Cline.

Editorial:  Nova.

1427321671_670991_1427326118_sumario_normal

En ocasiones varias he manifestado mi oposición a ciertas formas de arte y cultura, que aunque aclamadas por la crítica y el establishment, me parecen cualquier cosa menos arte humano.  Quizá una de las razones se deba a esa capacidad desmedida de algunos “artistas” para transgredir la norma, con el único propósito de salirse del terreno de juego buscando la novedad, y de los estudiosos, por ensanchar hasta el infinito el término que los une.  El siglo XX ha sido paradigma de lo anterior.

Pero también es cierto, que la cultura de masas me asquea.  Cuando el objetivo único es complacer a la marabunda, eliminando cualquier atisbo de alimento intelectual, de nuevo, el arte o cultura hace aguas y nos queda en ayunas.

Pues bien, el libro de hoy se inscribe en ese terreno de juego abonado para las masas; es un canto a la cultura Pop de los ochenta.  Pero no a la movida ochentera Madrileña, bien conocida por estos lares, y cuyos supervivientes aún se pasean, un poco entrado en años, por los escenarios del país.  Tampoco se ha fijado en movimientos pop surgidos en otras geografías, no.  El acierto del autor ha sido aquí dar con  el pegamento cultural que une ciudadanos de toda la sociedad occidental, y que precisamente nació en esa época:  los videojuegos.

Si algo distinguió a los jóvenes de los ochenta de todos sus predecesores, fue la posibilidad de utilizar por primera vez los computadores personales y videoconsolas.  De utilizar los videojuegos como una de las principales formas de ocio y relación.  Es fácil encontrar hoy conversación común en los videojuegos.

Hay que decir también que el cine de los ochenta también forma parte de la ruta seguida por el personaje de la obra, y son por tanto los videojuegos y el cine, quienes conectan y guían al lector a través del libro.

Una vez dicho esto, diremos lo demás: la obra entretendrá a lectores del perfil señalado, joven de los ochenta, videojugador y amante del cine.  Pero ahí acaba todo.  No busquemos literatura profunda, que no la hay.  No busquemos comparación con otros autores serios, ni de la ciencia ficción ni fuera de ella.  Nada que ver con Scot Card, Lovecraft o Asimov.  Aunque la novela haya sido ya adquirida por Spielberg para llevarla al cine, con un argumento muy factible para ese medio, y precisamente esto sea motivo de ventas, junto con el boca a boca que también funciona entre las masas, no pasará a la historia de la literatura ni el libro, ni su autor.

 

 

 


La tecnología del futuro

septiembre 22, 2012

Título:  El Fin de la Eternidad.

Autor:  Isaac Asimov.

Editorial:  Ediciones Martínez Roca.

Nadie sabe a ciencia cierta que pinta tiene la Eternidad.  Los creyentes confían en ella sin plantearse su principal problemática:  cómo evitar el aburrimiento con tanto tiempo por delante.  Pero hay que reconocer que en la España actual muchos se están entrenando:  piaras juveniles tomando el sol en los parques los días laborables, para llegar frescos a las noches sabáticas con subvención paterna;  fagocitadores incansables de engendros televisivos  que ideados por nuestros gobernantes sirven para drogar las neuronas e impedir un pensamiento crítico de la situación que vivimos.

Gran parte de la Ciencia Ficción hace revolverse al lector ante un panorama siniestro. Aparte de paradojas temporales bien servidas y aderezadas en esta obra, echa uno en falta un plan de pensiones futuro, algo que permita pensar en el siglo siguiente con tranquilidad.  Quizá falta a los autores fe:  fe en el género humano que permita una mejora auténtica de la humanidad;  y falta de fe en Dios que nos consuele en las llanuras eternas ante tanta incapacidad propia.

Ojalá que no lleguemos perder la fe y sigamos esforzándonos, ora et labora, por una mejor sociedad futura.


El hombre y la tecnología

agosto 31, 2012

Título:  Fundación.

Autor:  Isaac Asimov.

Editorial:

 

En un reciente programa de televisión, nos hablaba un reconocido investigador sobre las emociones universales que la música genera:  expuestos por primera vez a música occidental ciertos habitantes del Camerún, todos expresaron  similares sentimientos a los que un Europeo muestra ante diversos fragmentos musicales:  tristeza, alegría, nostalgia…

Igualmente parece suceder ante las visiones del futuro que los escritores de ciencia ficción nos ofrecen:  difícilmente encontraremos paisajes idílicos en islas remotas, campiñas floridas o bosques y montañas.  Las más de las veces nos muestran un mundo gris de acero y cristal, lleno de robots;  paisajes desérticos en lejanos planetas y tecnología que domina la existencia;  por no hablar de desastres ecológicos o guerras nucleares.  Parece universalmente aceptado por los distintos autores, y sus devotos lectores, que el Reino de Dios en la tierra es una quimera.  Buen argumento para los que se aferran al Apocalipsis y sus 144.000.

Dicho todo esto, hay que reconocer que Fundación de Asimov se lee de un tirón.  Que gris, pesimista (o no), llena de intrigas, revoluciones, imperios y fundaciones, la obra atrapa al lector.  Ahora bien, ni un comentario sobre la música del futuro, ni sobre cómo serán las escuelas, hoy que celebramos aniversario de Maria Montessori.  Si es verdad que como buen trabajador del género nos llena de ciencia estadística su propuesta de análisis histórico.  Pero volvamos a la banda sonora.

La música parece a muchos un don de Dios, y quizá por ello fue la iglesia mecenas y escena de la mejor música en gran parte de la historia.  Si el paraiso está lleno de música, coros y bandas, parece razonable la incosciente elección de Asimov y su Fundación:  nada de música en el purgatorio Universal.  Tampoco vi música en otras novelas reconocidas con el premio Hugo.

Casualidad o no, buen momento para tomar nota:  cuidado con poner al hombre al sevicio de la tecnología (y no al contrario);

 

 


A hombros de electrones

agosto 25, 2012

Título:  Yo, Robot.

Autor:  Isaac Asimov.

Editorial: Editorial Sudamericana.

El siglo XXI probablemente sea el de los robots.  Revolución Industrial, Revolución de la Información, Revolución de los Robots… Esperemos que esta última sea en sentido figurado.

La Ciencia Ficción de Asimov es curiosa, y no vamos aquí a descubrir nada nuevo.  La ausencia de ordenadores en sus primeras obras es sorprendente, así como su capacidad de plantear una ecuación difícil de resolver:  ¿Qué sucederá el día que los Robots sean nuestros compañeros de fatiga?


No llega Asimov a presentar robots tipo Nexus 6 (ni el mundo cyberpunk de P. K. Dick);  tampoco plantea problemas relacionados con la consciencia.  Pero pero aún así, sus tres leyes robóticas dan juego para plantear problemas de lógica interesante.  Asimov permite al lector entender que un futuro incierto nos aguarda;  ya no se discute la futura presencia de robots en nuestras vidas: habrá robots, muchos robot, y tanto sus capacidades  “mentales” como las de sus hermanas las computadoras seguirán una progresión ascendente cuyo fin no se vislumbra.

Este es el primer e-book que leeo en un e-reader, y aunque en algunos momentos he podido olvidar el medio, las más de las veces hecho de menos las estímulos sensoriales que el libro de papel “emite”.  El e-reader es una carcel sensorial muy apropiada para este tipo de lecturas.

No tengo claro que este futuro tecnológico sea panacea de mal alguno. La mejora de la sociedad nos ha llevado a hacer el camino a hombros de electrones, computadoras y robots.  Esperemos que no se trate de un callejón sin salida.


Música de cuerda para Big Bang

julio 31, 2009

Título:  Physics of the impossible

Autor:  Michio Kaku

Editorial: Anchor Books

Suponga que un buen día, alguno de sus hijos, o de algún conocido, y estudiante de secundaria, viene del instituto, con el firme propósito de realizar un bonito trabajo para un concurso nacional.  En los tiempos que corren, ya tendría mérito que con la pasividad cultivada por la sociedad actual y sus fantásticos modelos educativos, el chaval en cuestión se planteara semejante reto.  Más aún si el concurso de marras fuera un concurso nacional de ciencias.  Suerte que todavía queda algún que otro profesor motivado.

Universo

Universo

Probablemente, el colmo de su asombro y extrañamiento llegaría a su extremo unos cuantos días después, cuando el jovencito se presentara con el resultado del trabajo realizado: una surrealista foto de partículas de antimateria.  Seguramente, después de la experiencia, y del éxito en el concurso, usted ya sería consciente de que su hijo no iba a ser precisamente futbolista.

Una historia parecida a la anterior es el inicio vital y científico de Michio Kaku, autor del libro de la semana, uno de los físicos teóricos con más proyección actual, e infatigable divulgador científico.

Recordarán muchos el famoso libro de Asimov, que recogía su columna semanal respondiendo a lectores inquietos sobre temas científicos varios:  Las Cien Preguntas Básicas sobre la Ciencia.  Para muchos lectores este fue el libro que les permitió por primera vez atisbar las grandes preguntas y respuestas de la ciencia actual.

Como Asimov, en un estilo sencillo y asequible, muestra Kaku al lector, la ciencia que subyace a los grandes retos que los científicos persiguen hoy día, y clasifica estos retos en 3 niveles de imposibilidad -dificultad- según el grado de desarrollo actual científico tecnológico de nuestra civilización.

Revisando temas tan interesantes como el poder de la mente, el fenómeno UFO, los viajes estelares, los robots y la inteligencia artificial, física cuántica, viaje en el tiempo, etc, va mostrando la historia de la ciencia en cada campo, los logros obtenidos y lo que queda aún por hacer.

De manera muy amena y directa, cuenta en cada caso las diferentes posibilidades.  Pongamos por caso, ¿Cómo podríamos abaratar los viajes espaciales?  Pues nada más mirar unos números por aquí, otras cifras por allá, concluimos que una parte realmente cara es el escape de la gravitación terrestre.  La solución cómoda y barata:  un ascensor espacial.  Curiosamente, cada propuesta tiene su reflejos en la ciencia ficción moderna.  Es difícil no encontrar en las series Star Treck, o Star Wars, o en la propia ficción de Asimov y Orson Scot, alguno de los artilugios propuestos.  Lo que hace Kaku es analizar los pros y contras de cada caso.

Indio en la cuerda

Indio en la cuerda

Volviendo al Ascensor Espacial:  Bastaría colocar una cuerda -o cable- de varios miles de kilómetros desde el suelo terrestre hasta una altura suficiente para salir de la atracción terrestre, cuerda que sería utilizada luego para ascender una nave espacial cualquiera.  Lo curioso del caso es que a cuerdecita en cuestión se sostendría por la propia fuerza centrífuga de la rotación terrestre, neutralizando así la fuerza de atracción que tiraría de la cuerda en sentido contrario.

¿Le pareció alguna vez tongo lo que los faquires hindúes y encantadores de serpientes mostraban con su cuerda mágica sostenida en el aire?  Vean este vídeo y juzguen.

Probablemente no pensó que pudieran ser físicos en sus ratos de ocio. El único problema es que las dos fuerzas contrarias ejercerían una lucha tan titánica que no habría material conocido que aguantara la tensión.  O tal vez sí, y esa es la clave en cada capítulo, Kaku muestra como alguna nueva y ultimísima tecnología podría servir, en este caso los nanotubos de carbono.  Pero esa es otra historia, que viene recogida en el libro.

No se pierdan tampoco, entre otras ideas descritas en el libro, una de las conclusiones científicas más interesantes surgidas de la física cuántica, la existencia de una gran consciencia universal.

No sólo el libro, sino el propio autor, a su vez autor de la teoría de cuerdas que intenta explicar el universo todo, incluido el Big Ban, puedan servir de ejemplos hoy día para nuevas generaciones de silbantes de espíritu adormecidos, que ni vientos  para Big Band ni cuerdas para Big Bang parecen despertar su interés.


La sociedad de la inteligencia

febrero 20, 2009

Título:  The Society of Mind

Autor:  Marvin Minksy

Editorial:  Simon & Schuster

Allá por el 92, año de expos, olimpiadas y crisis en ciernes, escuché hablar por primera vez de Marvin Minksy desde los escaños universitarios que ocupaba en la Avenida Reina Mercedes de Sevilla.  Me llamó poderosamente la atención la anécdota contada por un profesor que entonces nos instruía sobre Inteligencia Artificial (IA).  Decía que Minsky comparaba ésta y la humana concluyendo que lo fácil para una, era hercúlea empresa para la otra y viceversa.

El hombre de hojalata.

El hombre de hojalata.

Pero no fue Minsky el primero en comparar la inteligencia artificial y la humana.  El campo de la Inteligencia mecánica y los robots inteligentes ha sido terreno abonado para la literatura.  Hace más de 100 años, Baum utilizaba la metáfora del hombre de hojalata para hablar de la necesidad de algo más que inteligencia en el ser humano.  Por cierto, la edición anotada del centenario de la publicación, con introducción de Martin Gadner, es un tesoro.  Más recientemente Asimov llevaba la IA y los robots hasta sus límites en sus conocidas series de ciencia Ficción.

Las ideas que abarca la IA han estado presente de un modo u otro en nuestra sociedad desde los inicios de la cibernética, pero fue precisamente Minsky – el autor del libro que nos sirve hoy como pretexto- junto con Papert quienes crearon el término y fundaron el primer laboratorio allá por los años 60 en el MIT.  Es curioso que también Papert, un genio de la aplicación didáctica de la computación, tomara parte en el inicio de esta historia.  El muy utilizado lenguaje LOGO (en la España de los ochenta) surgió de allí, y ha permitido durante varias décadas configurar los cerebros en crecimiento de niños de todo el mundo.  Una pena que haya caído en el cajón del olvido, en esta época en que el aprendizaje basado en el ordenador ha quedado reducido frecuentemente a un mero adorno estético de aulas obsoletas.

The Society of Mind

The Society of Mind

Fue precisamente en la librería del MIT, dónde el pasado Noviembre de 2007 pude adquirir este título que hibernaba en mi “wish list” hace ya muchos inviernos.  Una visita al laboratorio de Minksy, parte del actual Media Lab, y posterior compra de su libro allí es algo que no tiene precio.

La IA ha avanzado mucho desde entonces.  Se ha ensanchado enormemente el campo que labra, aunque quedan aun parcelas vírgenes, en las que los científicos se deleitan encontrando nuevas especies desconocidas, técnicas, ideas y algoritmos que nombran sonoramente, como la propia Sociedad de la Mente de Minsky.

Los investigadores son tenaces y ambiciosos, y siguen persiguiendo infatigables sus objetivos iniciales.  Uno de ellos, quizá el último según muchos, la piedra filosofal de la IA, es llegar a dotar de consciencia al computador (objetivo con resultados ya avanzados por la ciencia ficción en el famoso HAL9000).

Ejército robot.

Fotograma de la película 'Yo, robot'. | Digital Domain

La ficción quizá de nuevo prediciendo un futuro incierto.  Y si no pregunten a los amigos de la marina americana, que evalúan a día de hoy las posibles consecuencias de un ejército de robots inteligentes, y su previsible sublevación cuando comprueben la manifiesta incapacidad y cuestionable inteligencia de los caciques que les mandan hacer la guerra.

Personalmente soy partidario de la IA débil, y aunque posiblemente veremos en el futuro simulaciones precisas de cualquier rasgo superlativo de inteligencia, incluida la consciencia, la mera simulación no indica la existencia real.  Y aunque exista, nadie podrá demostrarlo (como tampoco puede uno aunque lo intente, demostrar a un paisano su propia consciencia, y si me apuran, su pretendida existencia).  Qué será la consciencia que tanto se esconde, y que por mucho que la busquen con ahínco hasta más allá de la física cuántica, como el propio Roger Penrose, se manifiesta testarudamente esquiva (echen un vistazo a su libro, Las Sombras de la Mente, y a un interesante post sobre simulación y consciencia de mi amigo Carlos Cotta:  El Argumento de la Simulación).

Quizá la consciencia de las máquinas, aunque pueda nombrarse y definirse, sea tan esquiva como el famoso “conjunto de todos los conjuntos que no se contienen a sí mismo” de Bertrand Rusell.  No sólo Rusell, sino otros muchos, incluyendo Gödel, nos han hablado desde la ciencia de nuestra incapacidad estructural para llegar al conocimiento absoluto.  Y es que la ciencia es una suerte de “invento”, magnífico, todo sea dicho, creado por el hombre para llegar al conocimiento.  Y seguramente, como cualquier otro instrumento creado por el hombre, los defectos de fabricación nos impiden ver más allá de un límite.

¿Cual será el límite de la IA?