Superar el nombre

diciembre 16, 2011

Título:  Modelos Meméticos cooperativos para la optimización de problemas combinatorios.

Autor:  Jhon Edgar Amaya Salazar

Editorial:  Universidad de Málaga.

 

Ayer discutí con Jhon.  Divergíamos en los nombres y convergíamos en las ideas de fondo:  Los algoritmos meméticos quizá no lo son,  aunque cumplen su misión.  La segunda parte de la afirmación estaba clara, y Jhon se ha asegurado en su Tesis Doctoral de mejorar propuestas anteriores.  La primera, sobre el nombre, es otra historia.  Vamos por partes.

Los Algoritmos Meméticos deben su bautizo a Pablo Moscato, que actuando como padre y padre (de la criatura y cura que oficia ceremonia del bautizo), eligió este nombre para su propuesta de hibridación de técnicas de búsqueda evolutivas + locales.  Y lo de memético lo tomó prestado del conceptó de Meme, oficialmente presentado a la comunidad en el famoso “Gen Egoista” de Dawkins.  No quiero gastar tiempo ni palabras en este Fundamentalista converso, que hizo de su bandera atea arma arrojadiza en estos últimos tiempos.

Jhon, y muchos otros, utilizan actualmente el término, y ahí estuvo la discusión, si el nombre describe la actividad del Algoritmo.  Particularmente pienso que el Algoritmo no hace justicia al nombre, aunque realiza su tarea, y gracias a trabajos como el de Jhon, van mejorando cada día.  Pero el Meme como concepto es otra cosa, su codificación no es genética, y su utilidad en la supervivencia cuestionable.  No obstante, ya algunos, como Yew-Soon en su reciente artículo de revisión para el número especial del IEEE TEC, reconoce que los hay intentando superar la técnica híbrida inicial y acercarse más a la propuesta de Dawkins.

Pero lo más interesante del trabajo de Jhon, en mi opinión, son los ejemplos.  Y no se trata de la elección de benchmarks adecuados -con la supervisión de sus directores y amigos Carlos y Antonio– lo importante aquí, aunque también.  El trabajo de Jhon es una muestra de la superación personal, del trabajo en equipo y de la importancia de la familia, tan cuestionada en la vieja europa.

Jhon es un estudiante que brilla en un ambiente oscuro, que ha sabido superar la evolución computacional y biológica.  Las leyes de Darwin le concedieron una posición de outlier.  La paradójica falta recursos de cómputo en un país rico -su Venezuela natal, fue  suplida por una enorme paciencia con los experimentos secuenciales.  Las capacidades que la naturaleza olvidó regalarle, fueron suplidas con la perseverancia de él y los suyo:  una familia unida en busca de un objetivo, una mente brillante desplegando ideas y unos padres y hermanos que anticipan cada pensamiento actuando en su nombre.

Enhorabuena Jhon y familia -y a los directores de la Tesis-, y que sirva tu trabajo a otros estudiantes en la “media” como ejemplo para superar nombres y capacidades.

 

 

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Caballos de Troya

septiembre 26, 2010

Título:  El Museo de la Inocencia

Autor:  Orhan Pamuk

Editorial:  Mondadori

Con motivo del Día del Software Libre, tuve el viernes 24 la oportunidad de participar en el Parque Científico Tecnológico de Extremadura, en un “encuentro con creativos” moderado por el conocido periodista Paco Lobatón.

Entre otras muchas cosas, se hablaba de software libre, internet, principios filośoficos, éticos y problemas técnicos y de seguridad.  Ética y filosofía se funden con las leyes en las sociedades avanzadas, y lo que perniciosamente afecta en ocasiones al software, virus, caballos de troya y demás fauna, es presentado en otros contextos como ejemplos de valor.  Vamos con un ejemplo.

Caballo de Troya

A nadie se le ocurre hoy buscar una casa, con la que está cayendo, sin seguir los cauces legales, que conllevan notarios, abogados, bancos, hipotecas, firmas, contratos…  Sería más fácil y rápido una mera ocupación de vivienda libre a la vista -como hacen los ocupas- o quizá un choque de manos con un propietario, previo tácito acuerdo económico.  Pero no.  Todos quieren estar cubiertos legalmente: propietarios, compradores, bancos, inmobiliarias y promotores.

En el plano conyugal, sin embargo, aunque bien establecido el procedimiento legal de compromiso matrimonial y fundación de una familia, resultado de una intensa evolución histórica y social en la mayoría de las culturas, los últimos años muestran una tendencia a la simplificación del proceso y renuncia de cualquier firma por parte de los interesados.  Todo esto podría venir aderezado de cualquier suerte de polirelación sentimental, como acostumbran a mostrarnos los guionista hollywoodienses.

También en este libro no cuenta Pamuk en tono costumbrista, la historia de un joven prometido y en vías de matrimonio,  en sus devaneos amorosos con la amante, hecho éste oculto y desconocido por la futura esposa. Aunque en este caso no hay renuncia explícita a la firma legal, si hay ocultación sistemática de la amante fiel.

Nos decía Dawkins en su Gen Egoista, que la biología de las especies explica en sí misma el pernicioso efecto del adulterio, que puede conducir a un interesante problema económico:  progenitor macho invirtiendo sus esfuerzos en un Caballo de Troya, léase consorte fecundada por otro macho.  Justificaba Dawkins el distinto criterio social que se utiliza al juzgar las infidelidades masculinas y femeninas, y derivadas precisamente del criterio económico.  En todo caso, el esfuerzo inversor de un marido en una amante es igualmente conducta Troyana.

Llegamos así a la sociedad en las  últimas décadas, que nos muestra como conductas de éxito la presencia de Caballos de Troya y otros infidelidades virulentas, y que ha simplificado hasta un extremo peligroso los procesos de compromiso conyugal: si la fidelidad garantizada por contrato es fuente de derecho, ¿quién garantizará los derechos a falta del contrato?. ¿Será una oscilación social con los días contados, o tendremos Caballos y Yeguas de Troya para rato?

En todo caso, aún no he terminado la novela, así que veremos qué nos propone Pamuk para desenredar el entuerto.


El Príncipe y el Mendigo

marzo 20, 2009

Título: El Príncipe Destronado

Autor:  Miguel Delibes

Editorial:  Galaxia Gutemberg

Francamente, hacía años que no me reía a mandíbula batiente leyendo un libro.  Creo que la última vez me ocurrió en el año 2005, cuando coincidiendo con la celebración del aniversario de la primera publicación de El Quijote, decidí releer lo que en otro tiempo fue una imposición del bachillerato.

Aventuras como los infortunios del buen Alonso Quijano cuando era saludado con peladillas aventadas con tino contra su mandíbula, provocando la perdida de incisivos y molares, o los efectos del famoso bálsamo del Fierabrás, me provocaban entonces sonoras carcajadas.

Creo que desde ese año, 2005, no reía tanto con un libro.  Hasta la fecha:  el príncipe destronado, con su peculiar naturalidad al presentar nimias situaciones de un niño que descubre como su puesto de benjamín es usurpado por un nuevo miembro en la familia, provoca desternillantes aventuras. Es una pena que no siempre las circunstancias y hechos relacionados con la infancia sean tan festivos, y los príncipes o reyes de la creación sean en ocasiones considerados mendigos y tratados como despojos.

Sin ir más lejos, vivimos estos días una polémica situación generada por una propuesta de cambio en las leyes que inmediatamente recuerda situaciones pasadas y que nos hacen conscientes de la debilidad infantil.

La matanza de los inocentes

La matanza de los inocentes

El manifiesto de los 1000 lleva camino de convertirse en documento de muchos más.  En dicho documento, científicos destacados abogan por el derecho a la vida desde el momento de la concepción.  Parece razonable la argumentación científica, que sin llegar tan lejos al concepto de Gen Egoísta de Dawkins -cuyo principio básico es que lo importante serían los Genes, y no las personas que lo transportan- , plantea en el fondo cómo el número de células de una persona no debe decidir su derecho a la vida.

En otras épocas hubo leyes promulgadas que provocaron matanzas de inocentes, véase Herodes, por ejemplo, o el pueblo espartano con su profilaxis extrema;  o más cercano en la historia, las normativas eugenésicas tan positivamente consideradas por ciertos sectores sociales, y que a la postre han sido calificadas como aberraciones de los sistemas socio-económicos presentes en ciertos momentos históricos.

Aquiles y la tortuga

Aquiles y la tortuga

La difícil cuestión sobre el derecho al aborto, y el concepto cualitativo de qué es realmente una persona, y su derecho a vivir, me recuerda la Paradoja de Zenón, cuyos protagonistas fueron Aquiles y una tortuga.  Vamos con el cuento.

Resulta que un buen día decide Aquiles competir en carrera con una tortuga.  Para que tan dispar concurso sea más equitativo, la tortuga parte con unos metros de ventaja.  Y he aquí la cuestión:  Al correr Aquiles la mitad de la distancia que le resta para alcanzar a la tortuga, ésta a su vez avanza lenta pero segura, incrementando un trecho el camino a recorrer.  Cuando Aquiles consigue superar la mitad de la distancia que le resta (mitad de la inicial más la mitad del pequeño trecho que avanzó la tortuga), de nuevo vuelve la tortuga a transitar diligente un nuevo espacio.  Y Aquiles, que continúa su carrera incansable, avanza la mitad de la distancia restante, con nuevo avance de la tortuga….  Así hasta el infinito, lo que en resumen nos plantea que Aquiles nunca alcanzará la tortuga, y esto es obviamente paradójico al comparar la velocidad de Aquiles y la del reptil.

Todo el mundo en sus cabales sabe, sin embargo, que en una carrera real, Aquiles siempre ganaría, y la paradoja se esfumaría tan rápidamente como Aquiles diera caza a la tortuga.  Bien mirado, otro tanto sucede con el aborto.  Porque a la pregunta sobre si el infante recién nacido es o no la misma persona que parte de una célula fecundada, -cuestión que debería hacer reconsiderar argumentos pro-aborto- podemos aplicar el cuento.  A muchos les gustará decir que no hay tal, que la célula inicial no es persona, y que el posible infante recién nacido, considerando su progreso hacia atrás en el tiempo, obviamente es persona justo antes de nacer, y quizá un día antes.  Pero tal como la tortuga, esa marcha atrás en el tiempo implica cambios sustanciales en su constitución, que hacen que se vaya alejando inexorable del concepto de persona que entendemos.  Y si seguimos avanzando día a día atrás en el tiempo, aunque la diferencia de un día a otro no impida calificarle de persona, en el límite del tiempo, en el infinito, o en este caso nueve meses atrás, tal como le sucedía aquiles con la tortuga, lo que allí hubiera o hubiese no es persona, y por tanto carece de lo necesario para que su destrucción conculque cualquier derecho a la vida.  Voto a tal.

Pues craso error:  no hace falta ser un lince para saber, que igual que Aquiles ciertamente alcanzaría la tortuga, en el caso en cuestión el proyectado futuro infante, o príncipe  -como en el libro de Delibes- seguirá siendo la misma persona al principio de su vida, con una, dos o más células, y el aborto no hace más que destronarle de la herencia que los padres le han otorgado, barriéndolo así de la sociedad, cual mendigo infecto.

¿Qué pensarán nuestras futuras generaciones de estas leyes que justifican tan concienzudamente las generaciones actuales?