Entrelazarse

mayo 16, 2020

Título:  Entrelazamiento.

Autor:  Amir D. Aczel.

Editorial:  Drakontos.

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Una obra más para degustar, ya que entenderlo queda fuera de la humana comprensión, las particular extrañezas del mundo cuántico.

Publicado originalmente en 2002, y en esta magnífica edición española de la serie Crítica de Drakontos en 2004, recoge, si no los últimos avances de la tecnología cuántica, cuyas capacidades en computación empiezan a vislumbrarse, sí alguno de los experimentos más llamativos llevados a cabo hasta esa fecha, tal como la teleportación cuántica.

Este extraño asunto del entrelazamiento, alcanzará este 2020 el imaginario colectivo, a través del hilo conductor de una superproducción dirigida por Christopher Nolan, con 220 millones de presupuesto:  Tenet.

Dicen algunos de los protagonistas de la cinta, que ni siquiera ellos saben lo que está pasando cuando ruedan las escenas.  A nadie debe extrañarle en una trama regida por las leyes de la física cuántica.  Ya veremos si Nolan consigue entrelazar al público con su película.

Aquí va el trailer.

 

 


Dime cuánto, cuándo, cuánto.

mayo 10, 2020

Título:  El laberinto cuántico.

Autor:  Paul Halpern.

Editorial:  Modadori.

Hace ya unos cuántos años, con motivo de la evaluación y entrega de los premios Joaquim Sama al mérito educativo, me tocó compartir mesa y mantel con algunos pocos técnicos, y muchos otros políticos de afición y cargo.  Y en uno de los hilos de conversación tejidos entorno a los platos, hacía chanza uno de estos ilustres personajes públicos, mofándose de un rival político, conocido de todos, por ser creyente en la “Santísima Trinidad”.

Quizá llegue el día en que sea moda en nuestra patria el respeto auténtico a la libertad de credo, como parece que ya lo es el respeto a otras libertades de elección, que aunque en muchos casos son más pose que sentimiento profundo, al menos están logrando erradicar comportamientos detestables.

En aquella tertulia, integrada por gente irrazonablemente formada, se criticaba como digo, la fe en aquello que no se comprende, pues pocos son los misterios mayores que la católica Trinidad.  Y digo irrazonablemente formada, evitando el término razonable, porque hace ya bastante tiempo, que la ciencia, y la razón han convergido reconociendo imposible entender más que por la fuerza de la fe en los números, el mundo en que vivimos.  Y ni siquiera los números nos ofrecen garantías.  Vamos por partes.

Después de la ilustración, el ser humano, con su pizca de orgullo, se sentía tan próximo al conocimiento definitivo de las leyes del universo, que hubo quién a caballo entre el siglo XIX y XX vaticinaba en varias décadas lo necesario para tener todas las ecuaciones que gobiernan el mundo.

Pero hete aquí que llegan Plank, Bohr, Einstein, Godel, Feynman, Schrodinger, Heisnberg, y otros pocos más, y nos dan de bruces con una “realidad” que no existe.  En primer lugar, Gödel ha sido capaz de demostrar que las Matemáticas, base última para las leyes físicas, son incompletas, y es imposible completarlas para tener una verdad universal.  Imposible.  Por otro lado, surge la teoría cuántica, con sus dimes y diretes sobre el cuánto, el dónde, el cuándo, la imposibilidad de conocer simultáneamente varias realidades de las partículas, y las discusiones entre Einstein, que contribuyó notablemente a sus inicios, y el resto de investigadores.

Decía Feymann, de quién este libro da cumplida cuenta, tanto de él como de su director de tesis de doctorado Wheeler,  y colaborador después, que la física cuántica es imposible de entender.  Y quién diga lo contrario miente.  Tan difícil, que Einstein puso a toda la teoría en un brete con su famoso artículo EPR que cuestionaba la famosa “acción fantasmal a distancia”, el entrelazamiento cuántico, y toda la caterva de efectos increíbles que vienen de la mano:  o una de dos, o existe una realidad aún desconocida que nos impide ver lo que realmente significa el “cuánto” y su física, que antes o después podremos mejorar a medida que avancemos en el conocimiento, o la física cuántica es auténtico reflejo de algo que no podemos comprender, y esa “realidad” que parece que modela y a la que nuestra mente se aferra, realmente no existe, es una realidad “irreal”.  Más aún, el artículo EPR y el teorema de Bell que vino después, plantearon como probar cuál de las dos afirmaciones es la correcta.

Y hete aquí que los investigadores más avezados son capaces de realizar el experimento, y éste demuestra que Einstein se equivocaba;  que la Física Cuántica y sus leyes son auténticas, y que no es posible describir una “realidad” cuántica que acepte nuestro intelecto.  No queda más que la fe en esta extraña física que funciona pero cuyo sentido último no podremos entender.

Como la Santísima Trinidad, tal cual.

 

 

 


Los límites de nuestra comprensión

noviembre 17, 2019

Título:  Próxima estación Futuro.

Autor: Ranga Yogeshwar.

Editorial:  Arpa.

futuro

Título adecuado para quienes no siendo aún lectores proclives a la divulgación científica quieran avistar los nuevos territorios que nos depara el avance de la ciencia actual.

La obra se quedará corta sin duda para lectores habituales de ciencia y tecnología, con pocas novedades sobre lo ya publicado, pero al menos plantea una cuestión que hace converger la ciencia, la razón y la teología:  ¿Habremos llegado ya a nuestro límite sobre el entendimiento de las leyes que rigen la naturaleza?  Aunque no menciona los principios de incertidumbre, ni el teorema de Gödel, elementos ambos que dejaron asombrados a los más acérrimos defensores del poder todopoderoso del razonamiento humano, mostrando nuestra incapacidad para conocer con precisión la naturaleza del universo, o las incompletitud demostrada de las matemáticas, sí presenta la física cuántica como ejemplo notable de teoría desarrollada por el intelecto humano, que aún siendo capaz de predecir resultados experimentales impide al homo sapiens entender realmente el “tejido” del universo. Ya lo dijo Richard Feynman.

Así pues llegamos a que la ciencia nos dice lo que hace mucho nos recuerda la teología:  que por naturaleza seremos incapaces de entender algunos misterios profundos del universo en que vivimos.  Y esto nos lo recuerda R. Yogeshwar.

Dicho lo cual, si eres lector habitual de divulgación científica, puedes pasar por alto esta obra.  En caso contrario,  y aunque recomendaría las “100 preguntas básicas sobre la ciencia” de Isaac Asimov para un aterrizaje en primera clase en esta disciplina, quizá este libro pueda servirte como punto de entrada actualizado a un tipo de literatura que no debería faltar en ninguna biblioteca.