El agua y la literatura

septiembre 11, 2009

Título: Huckleberry Finn (The annotated Huckleberry Finn)

Autor: Mark Twain (Comentarios Michael Patrick Hearn).

Editorial: W. W. Norton & Company

Dicen que Samuel Clemens -cuyo nombre de guerra, que diríamos, fue Mark Twain desde que en su juventud navegaba el Misisipi dando medidas de profundidad a bordo de los steamer de la época- nunca perdió la compostura. Su fina ironía le ayudó a sortear las vicisitudes de la vida, incluyendo una bancarrota debida a una inversión nefasta.

Hoy que los inversores miran a los gobiernos buscando su protección cuando llueven chuzos de punta en el terreno económico, a costa por cierto del común mortal contribuyente -¿o acaso creían que los propios gobernantes aportarán su capital para enderezar entuertos?- bien podrían mirar cómo algunos aguantan y capean el temporal, para salir de atolladeros causados por decisiones incorrectas.

Porque Twain, además de ser un genio en la literatura, y origen en parte de la moderna novela americana con esta obra que hoy comentamos fue un monologuista de primera línea, y malaventurado inversor. Su malogrado negocio de editor en ciernes, con un nuevo modelo de imprenta que fracasó, le produjo un colosal agujero financiero. Pero lejos de amilanarse y buscar contactos con que coser tal roto, decidió embarcarse en una gira, llevando su ingenió y haciendo reír al respetable en inolvidables veladas por todo el mundo.

Tom y Huck

Tom y Huck

Y en parte lo hizo con la vida de Huckleberry Finn, amigo inseparable de Tom Sawyer. La vida de Huck y Tom, así como la de su autor nace y crece en el Misisipi, fuente y origen de una parte fundamental de la cultura del siglo XX, y a la vez, portador del agua, fuente de vida de la novela americana: si aquí es el agua dulce del Misisipi la portadora, en Mobby Dick es el mar. Ambas novelas, nacidas del agua, dan principio a la literatura americana moderna.

La edición que hoy traemos es de destacar por varias razones: su cuidada edición la convierten en objeto sino de culto, al menos de regalo, con un magnífico complemento de anotaciones. El libro forma parte de una fantástica serie comentada, cuyas noticias me llegaron a través de El Mago de Oz, adquirido en el Downtown Neoyorquino hace ya varios años.

Esta edición de lujo es el contrapunto perfecto para el innombrable libro que pasó por estos tierras dos semanas atrás, y que por cierto trataba de una música, el Jazz, nacidad de las mismas tierras que Huck y Tom. Cualquier lector ante esta obra comprenderá porqué al libro en papel le quedan largos años de vida.

Volviendo a la novela, es probable que los pertenecientes al baby boom español, conozcan al protagonista por sus peripecias como compañero de Tom Sawyer en la serie de animación que tres décadas atrás compartía las mediodías con los niños de entonces. Tom recorrió mucho mundo, pero fue Huck con su compañero Jim, quienes dibujaron un panorama nuevo en la literatura americana.

Twain demuestra en el libro su dominio de diferentes dialectos del lenguaje. El contemporáneo de Galdós, llega aún más lejos que este cuando en su novela Misericordia daba voz a los desheredados de la sociedad. Si el dialecto del pobre era allí utilizado para hacer literatura, Twain juega hasta con 5 versiones diferentes extraídas de grupos sociales diversos, incluidos los del pobre esclavo de color.

Son Huck y Jim una pareja curiosa, que nos traen a la memoria otra pareja simétrica en cierta medida, compuesta por un idealista y un práctico: Don quijote y Sancho. Huck, aunque paria y desheredado, ha recibido en los últimos años cierto cultivo educativo y espiritual, y pretende trasladar al pobre Jim el mal digerido producto cultural. Y es Jim, como en tantas ocasiones Sancho, quién realmente alerta y protege a su compañero de aventuras, en la búsqueda de un bien supremo: la libertad.

La obra, densa en sus reflexiones, está sin embargo llena de aventuras desternillantes. Buena obra ésta -junto con Tom Sawyer- para jóvenes lectores -y sus familiares- con hambre de sustancia educativa en sus lecturas. Y especialmente memorable edición la aquí presente, para zambullirnos en el Misisipi, en el agua, en la literatura y en una época pintoresca, en la que la lucha por la libertad daba sus primeros pasos en la tierra de las ilusiones.


Un País en crisis

marzo 13, 2009

Título:  Cánovas

Autor: Benito Pérez Galdós

Editorial:  Galaxia Gutenberg

Hace pocos días publicaban en un periódico regional la sorprendente noticia de que la crisis económica no estaba afectando al sector agrícola, y ofrecía datos el diario sobre el crecimiento sostenido del PIB en este sector el pasado año 2008 (ver diario Hoy).   Aunque el sector TIC parece sortear la recesión con la rara habilidad del esquiador de slalom, curtido por las inclemencias invernales y las desiguales pendientes de las cimas de alta montaña, y se hace difícil en el actual mes de Marzo encontrar profesionales de las tecnologías de la información tomando el incipiente sol primaveral en los parques , resulta curioso que el a menudo ruinoso sector primario sea propuesto como ejemplo de negocio refugio.

Porque bien mirado, el sector agrícola tiene en las economías modernas una importancia proporcional al grado de desarrollo del país en que se mide.  Será porque cuando un país tiene hambre, busca en sus tierras el sustento, y cuando el hambre pasa y el tren del desarrollo llega, todos olvidan quién les alimentó en tiempos difíciles.

La portada del periódico en cuestión desató comentarios airados de los sufridos campesinos que cultivan con tesón nuestros viñedos, olivares y campos de cereales, y que viven en una continua crisis desde hace 30 años:  precios del grano estancados, abonos para los campos en las nubes, y siendo víctimas de unas políticas que les imponen el triste papel de pedigüeños que pordiosean las limosnas-subvenciones que pretenden resarcirles de los precios regalados de la materia prima.

Lago Lemán

Lago Lemán

Tuve hace unos años la oportunidad de recorrer en verano las riveras florecientes del Lago Leman en Suiza, jalonadas de cuidados viñedos en miniatura, y surcados por pistas turísticas asfaltadas, que conducen a pequeñas bodegas dónde puede uno reposadamente degustar los caldos de la tierra, acompañados de chacinas tradicionales.  Tan bonito panorama suscita la pregunta sobre la subsistencia de los obreros del campo en tan particular País.  Porque Suiza es un País próspero, con un nivel de vida -precios y sueldos- por encima del que se estila en estos lares;  y el Lago Lemán baña ciudades ribereñas atestadas de tecnología punta:  Ginebra y el CERN, Lausanne y la EPFL

Cuando uno vuelve la vista a casa, comparece atónito al vendaval de noticias sobre dispendios indecorosos realizados por  gobernantes y gestores de leyes y precios que no ayudan mucho a digerir estas crisis crónicas en un sector fundamental:  el que alimenta a nuestros hijos.

Alegoría del Buen Gobierno

Alegoría del Buen Gobierno

Pero no crean que esto es nuevo, no.  Nos referiremos hoy a lo que Galdós ya decía con maestría sobre el buen Gobierno a finales del XIX, que no tiene desperdicio, y sobre el arte de producir o consumir recursos.  Les transcribo aquí lo que en la novela Cánovas, que da cuerpo al segundo volumen de la quinta serie de los Episodios nacionales, decía Galdós:

«En la procesión que ha pasado frente a nuestros ojos, multitud engalanada rebosando satisfacción y alegría, has visto el mundo de los pudientes, de los administradores, mayordomos y capataces de la cosa pública, mecanismo cuyas piezas mueven las cosas privadas y todo el tejemaneje del vivir de cada uno. ¿No lo has entendido, verdad? Pues te lo diré más a la pata la llana. Lo que hemos visto es el familión político triunfante, en el cual todo es nuevo, desde el Rey, cabeza del Estado, hasta las extremidades o tentáculos en que figuran los últimos ministriles; es un hermoso y lucido animal, que devora cuanto puede y da de comer a lo que llamamos pueblo, nación o materia gobernable.

»Sabrás ahora, mujercita inexperta, que los españoles no se afanan por crear riqueza, sino que se pasan la vida consumiendo la poca que tienen, quitándosela unos a otros con trazas o ardides que no son siempre de buena ley. Cuando sobreviene un terremoto político dando de sí una situación nueva, totalmente nueva, arrancada de cuajo de las entrañas de la patria, el pueblo mísero acude en tropel, con desaforado apetito, a reclamar la nutrición a que tiene derecho. Y al oírme decir pueblo ¡oh Casiana mía! no entiendas que hablo de la muchedumbre jornalera de chaqueta y alpargata, que esos, mal o bien, viven del trabajo de sus manos. Me refiero a la clase que constituye el contingente más numeroso y desdichado de la grey española; me refiero a los míseros de levita y chistera, legión incontable que se extiende desde los bajos confines del pueblo hasta los altos linderos de la aristocracia, caterva sin fin, inquieta, menesterosa, que vive del meneo de plumas en oficinas y covachuelas, o de modestas granjerías que apenas dan para un cocido. Esta es la plaga, esta es la carcoma del país, necesitada y pedigüeña, a la cual ¡oh ilustre compañera mía! tenemos el honor de pertenecer».

Son palabras de otro tiempo, pero un fondo común parece impregnar esta novela, y la que hoy vivimos en el siglo XXI, con crisis, códigos de buen gobierno, gastos superfluos, despilfarros, consumo compulsivo, y sector productivo primario muchas veces olvidado.

Qué envidia de las aguas cristalinas del lago Lemán, que tras el deshielo de cada invierno alimenta los campos de su orilla, y a la vez inunda y renueva las ideas y tecnologías de algunos de los más destacados centros de investigación mundial.

Quién sabe si nuestros campos extremeños, con sus viñedos su universidad y sus centros tecnológicos se convertirán un día en referente.


Galdós y el Belén

diciembre 26, 2008

Me tocaba continuar hablando de Stevenson y la isla del tesoro, pero hoy terminé de leer un libro imprevisto:  un error me condujo hasta él.

Los errores se autoinvitan a cualquier hora del día en nuestro quehacer diario, sin ser convocados ni bienvenidos cuando se presentan.  Suelen deslizarse en la rutina a causa de nuestra impericia;  a veces brotan  en terreno abonado por la ignorancia, o labrado por la incomunicación (y sino pregunten a la nasa qué pasó con su satélite Mars Climate Orbiter).  Las menos veces, son sus frutos recibidos con agrado, limpios de espinas.  No hay quién pueda librarse de este convidado de piedra.

Pues sucedió que en mi primer Post hablé de los Episodios Nacionales, y el final de su lectura.  Ya sentía con fuerza la nostalgia de su ausencia cuando fui consciente de mi error:  un día cualquiera del pasado y extraño frío noviembre, a la vuelta del trabajo encontré el primer volumen de la serie quinta de los episodios nacionales, nuevo, sin desembalar.  Craso error el mío, debí haber pensado aquello de que “hasta el rabo todo es toro”.

Galdós

Galdós

Es curioso que la Segunda Novela del volumen se desarrolle en fechas similares a las que vivimos, finales de Diciembre.  En esta época de 1870, nos cuenta Galdós las zapatiestas y trapisondas de nuestros paisanos de la época.  Por boca de Vicentito Halconero, que no halcón, conocemos de primera mano la bien calíficada España Trágica del siglo XIX.  Una pena que la condición humana determine tan funestamente el futuro de una país, y aupe gobiernos y desaloje gobernantes con atroz uso de la violencia.  Pobre resultado los esfuerzos de Prim:  consideraciones aparte de sus posibles razones de estado, y su acierto o fracaso en la solución de traer un rey extranjero, Amadeo de Saboya, es lamentable asistir a través del telescopio del tiempo y la novela, a los intentos de algunos por imponer razones mediante la violencia.

No es momento de hablar de violencia cuando todavía hacemos digestión de los manjares de la Navidad.  Pero si es curioso contemplar como Italia ha influido en una de nuestra tradiciones Navideñas más arraigadas.

Describe Galdós en sus episodios varias estampas Italianas que influyen en nuestra historia:  como llega la Reina Cristina y su familia, como su hija Isabel tiene que emigrar, y en este último acto, la llegada del italiano que viene a ser Rey.

Belén Napolitano del Palacio Real

Belén Napolitano del Palacio Real

Pues de Italia también procede una tradición que llegó para echar raices, y cuyos frutos se extienden y germinan con fuerza hoy, el Belén, también llamado en estos lares Portalito.

En mayo pasado tuve la oportunidad de participar en Nápoles del congreso EuroGP 2008.  Es este un congreso ya consolidado en el panorama internacional, sobre Inteligencia Computacional (puden ver un pequeño resumen sobre estas tecnologías en un programa reciente de Canal Extremadura).  Por segunda vez visitaba esta ciudad, que podríamos calificar como paradigma del caos circulatorio.  Es una experiencia única convertirse en peatón y sortear vehículos para intentar atravesar una vía de la ciudad.  También creo yo que los vehículos disfrutan evitando peatones, adaptando su velocidad al número de viandantes que se ejercita cruzando calles. El caos ha demostrado su belleza en las matemáticas modernas.  Diría que Nápoles es también muestra de la belleza del Caos, con su aroma Español en barrios escondidos, y su magnífica calle de Toledo, atestada de napolitanos y turistas.

Esta belleza mal encarada de la ciudad, con su inmundicia acumulada en cada rincón, también ha sido, por contra,  fuente, saludable esta vez, del belén español.  El belén Napolitano de hoy tiene unas características que lo hacen bien diferente al nuestro.  Si allí ahora se visten las figuras y presentan enteladas, en españa la terracota domina el total de la figura policromada.  Pero es problable que cuando Carlos III llegó a España, varias décadas antes que las recogidas por Galdós en sus episodios, trajera el belén en su forma primigenia.  Todavía hoy pueden verse Belenes Napolitanos antiguos en algunas iglesias y palacios españoles.

Hace ya casi 100 años que Galdós terminó su España Trágica en Madrid, un 19 de marzo de 1909.  Los años curten y envejecen los productos de calidad.  El belén también se ha asentado y convertido en producto navideño propio, español, como el turrón;  y sus figuras siguen siendo esculpidas y cocidadas por artistas y artesanos.  Bonita tradición de más de 300 años, que el pueblo sabe valorar, y que a pesar de algunos, seguirá viva en la navidad de nuestros hogares.