Ese oscuro objeto del deseo

septiembre 18, 2016

Título:  La materia oscura.

Autor:  Alberto Casas.

Editorial:  RBA.

Cada primero de Septiembre, y anticipando las primeras aguas otoñales, se inundan los kioskos de prensa de las nuevas colecciones editoriales.  Hacía tiempo que no veíamos una serie dedicada a la ciencia, y en particular al Universo.

El primero número, que siempre se recibe con agrado por su especial oferta de lanzamiento, está dedicado en esta ocasión a una materia extraña:  la materia oscura.

Conocida sólo por indicios y pruebas circunstanciales, como diría el abogado defensor, hay quién todavía duda de su existencia real.  Pero esas pruebas se acumulan, y señalan en una dirección:  la materia oscura no sólo existe, sino que forma la mayor parte del Universo en que vivimos.

Aunque el tema es escurridizo, el autor sabe dosificar la trama, y aportar las pruebas que a lo largo del tiempo se han ido encontrando, repasando a la vez las teorías más conocidas sobre la creación y evolución del universo, para llegar a la doble conclusión:  la materia y energía oscura, que ambas son caras de una misma moneda, hacen que nuestro universo se expanda hasta el infinito y más allá.

Curiosa conclusión alcanzada el mismo día que la prensa nos sirve una conclusión opuesta de Roger Penrose. Pero así es la ciencia.

Libro apto para todos los públicos.  Ánimos y a por él.

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Desdibujando el principio

agosto 23, 2014

Título:  Brief history of time ilustrated.

Autor: S. Hawkings.

Editorial:  Bantam.

 

Arthur C. Clarke, reconocido autor de ciencia ficción, formuló en su libro “Profiles of the future” tres interesantes leyes sobre el avance científico.  La tercera de estas leyes dice:

    Toda tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia.

Hubo y tiempo en que el fanatismo religioso conducía a los magos a la hoguera.  Hubo otro en que ese mismo fanatismo empujaba a los científicos por el mismo camino.  Hoy los papeles se intercambian, y aunque las brasas y el fuego se transforman en desprecio y humillación, son muchos fanáticos de la ciencia los que pretenden ejercer de jueces y verdugos sobre las personas de fe.  

La frase de Clarke nos invita a revisar la relación entre ciencia, tecnología y la sociedad en que vivimos, y el libro de hoy es otro buen pretexto para ello.

Afortunadamente Hawkings no llega tan lejos como algunos contemporáneos suyos, y no parece que su discurso esté tan desequilibrado.  Basta un ejemplo.  Hawkings reconoce cuando repasa la teoría de la relatividad, el viaje en el tiempo, el mundo cuántico y sus paradojas, que no es necesario pensar que el mundo realmente esté construido por los elementos que las ecuaciones describen.  Esto ya es algo.  

Los que trabajamos en computación sabemos hace tiempo que las máquinas de Turing, un concepto  teórico inventado por el famoso matemático británico A. Turing,  sirven para modelar TODO lo que los computadores pueden hacer, pero esto no implica que los computadores estén físicamente construidos como máquinas de Turing, entre otras cosas porque no tienen memoria infinita.  No, en su lugar los computadores funcionan con electricidad, procesadores… 

Así, la naturaleza del universo está todavía en cuestión, y no sabemos si algún día obtendremos una respuesta última.

Tambien entiende Hawkings que algunas de las conclusiones que las ecuaciones arrojan no quepan en la cabeza.  A decir verdad, en esto de la ciencia moderna, las personas de fe tenemos una ventaja: siempre hemos sido conscientes de nuestras limitaciones y falta de capacidad para entender la naturaleza de un Dios trino.

 

Escher

Me sorprende sin embargo que no sea hasta el final de la obra cuando Hakings cite a Gödel y su famoso teorema que revolucionó el siglo XX:  Hoy sabemos que las matemáticas son incompletas (no pueden contener toda la verdad del dominio en el que trabajan) y además que no existe ninguna posibilidad para salvar ese obstáculo.  Todo el edificio científico se apoya así en pilares inestables.  El Teorema de Gödel junto con el principio de Incertidumbre de Heisenberg (que también muestra la imposibilidad de conocer “todo” sobre el universo en que habitamos) han puesto coto a la pretensión científica última.  Así la ciencia de hoy sabe, aunque muchas veces lo olvide, de su propia incapacidad, y en esto por fin se ha alineado con las enseñanzas de los grandes teólogos.

Hawkings sin embargo pretende hacer un truco final con sus ecuaciones, llegando a la conclusión de que con las teorías que conocemos, no es necesario que el universo tenga un principio ni un fin.  No se da cuenta ahora que eso sólo es posible si el universo realmente se rige por esas leyes que estudia, y que por tanto esas mismas leyes son necesarias primero.  Un origen se puede transformar en otro a base de ecuaciones, pero como en la famosa obra de Escher, en que dos manos parecen dibujarse a sí mismas, todos sabemos de la necesidad del artista y su lápiz para que la obra tomara forma.

Una pena que Hawkings no se de cuenta que su resultado no ha conseguido desdibujar el principio, y que aún es necesario un artista final que modele las leyes que rigen su universo sin principio.

 

 


El Cielo de nuestros padres

junio 12, 2009

Título:  La Divina Comedia

Autor: Dante Allighieri

Editorial: Galaxia Gutenberg

Hace ya varios meses tuvimos ocasión de hablar del perfecto ciclo de círculos  compuesto por Dante en su trilogía ascendente infierno-purgatorio-cielo.  Ese mes quedé a las puertas del paraíso, que hoy retomamos por varias razones, incluyendo haber concluido su lectura en esta edición para coleccionista, y que ya dijimos mereció premio a la calidad editorial el año de su publicación.  Pero no es esta la razón única.

Esta semana se publica un libro esperado por las masas borreguiles devoradoras de bestsellers insípidos, y que algunos editores, labradores de copiosas fortunas, ofrecen a rebaños sin pastor.  Este libro de cuyo nombre no quiero acordarme, incluye Fátima en su título, y probablemente seguirá rayando la mediocridad estilística y narrativa, en línea del anterior de su serie.  Buen momento es para dirigir la mirada a otra Fátima, la cercana ciudad portuguesa, que rodeada de Azinheiras, nos descubre el mensaje transmitido por tres niños,  descripción del bíblico infierno en llamas incluido.

Infierno novelístico para algunos, metáfora bíblica para otros, se convertía en la niñez de Francisco, Jacinta y Lucía en el drama real y terrible de la gran guerra fratricida entre hermanos de la vieja Europa.   Sirvió el mensaje de Fátima como aliento y esperanza de un final cercano para aquel infierno terrenal.

Hablaba Delibes en una de sus novelas, las Guerras de nuestros Padres, de ese drama que se repite y transmite como herencia macabra de padres a hijos.  Lástima, decía, que cada generación tenga su guerra.  En manos del hombre queda la materialización efectiva del cielo o el infierno en la época que le toca vivir.  Miremos hoy al Cielo.

Sitúa la tradición judeo-cristiana la ubicación del paraíso, no el terrenal bíblico, sino el espiritual, en el cielo.   Este cielo es el que describe colorísticamente y con una figuración diluida Barceló en esta edición.  Cielo bien distinto del que Bosco imaginó, lleno de misterio, surrealismo, sensualidad y color.   En todo caso entre el Bosco y Barceló permitánme elegir al primero.

El Jardín de las Delicias

El Jardín de las Delicias

El cielo fue asunto de discusión perpetua en tertulias y cafés desde época inmemorial, cuando el fútbol y la televisión no eran objetos sagrados.

Nuestros padres ancestrales ya miraron hacia el abismal cielo nocturno buscando respuestas imposibles.  Quizá fuera Galileo quién acercó por primera vez ese cielo inalcanzable y evasivo, a la indiscreta mirada del hombre.  Aunque bien mirado, también sirvió su telescopio para colocar en su sitio, eones de por medio, galaxias, estrellas y constelaciones. Ese universo celeste, tan estudiado hoy, ha sido objeto misterioso, codiciado y fabuloso, llegando en la actualidad a convertirse en soporte de nuestros viajes.

La Astronomía moderna quizá piense que todo sobre el cielo será conocido en breve, una vez la ciencia culmine su trabajo.  Torpe ilusión humana.  Aunque podamos encontrar las razones del cómo, imposible será para la ciencia responder al porqué.  Y aún en su propio terreno, aunque las respuestas mecánicas propuestas sean válidas en nuestro universo observable, el universo conocido, quizá estemos inmersos en un ajuste desmesurado de las teorías científicas, que nos impidan observar la verdad general -una especie de overfitting, que tanto gustan nombrar los creadores de algoritmos de optimización.

Buen resumen de la incapacidad humana para encontrar respuestas es parte del título del libro de Lederman y Teresi:  La partícula divina:  Si el universo es la respuesta, ¿Cual es la pregunta?

No está demás cultivar otros aspectos del saber humano:  literatura, arte y música son imprescindibles para un equilibrio vital, y tampoco huelga hacer caso al viejo refranero:  por boca del niño escucharás la verdad.  Una mirada a los niños de Fátima puede tener su recompensa, y quién sabe si su mensaje nos conduzca al cielo.